miércoles, 11 de marzo de 2015


REGRESO A CASA


Hubo un día en el que el viento de la vida le arrancó las raíces del lugar que le vio nacer.
En su equipaje llevaba la esperanza en lo que le esperaba, la nostalgia de los recuerdos y algunas heridas.
Tal vez fueron estas últimas la causa de su particular exilio, pero qué importan los motivos que le obligaron a huir si, a cambio, encontraba una felicidad perdida, un olvido, o un cielo que, al mirarlo, no le ofreciera esas nubes que latían en su corazón.
Sí, el tiempo todo lo cura, pero cuánto tardan en caer algunas costras.
De vez en cuando sentía que esos oasis de paz que la lejanía de su nuevo hogar le ofrecía, eran turbados por esas puntuales erupciones que nacen de un corazón al que le cuesta apagar las llamas que, un día, lo incendiaron de dolor.
Ese volcán seguía vivo aunque las nuevas y tranquilas aguas lo amansaran.
No había duda de que su diáspora fue la mejor opción, porque antes que mirar a los ojos de la tormenta y dejar que punzara lentamente la piel de su alma, era mejor huir, aunque el recuerdo de esa tormenta cubriera, ocasionalmente, su corazón con un oscuro cielo.
Pero cuando esas heridas las causan aquellos que son parte de tu sangre, o se entregaron hasta tal punto que lo son de tu alma, se establece una lucha fratricida entre el dolor, el resentimiento y ese resorte inmortal que nace del corazón, siempre dispuesto a disculpar y perdonar aunque le hayan clavado la espada.
Y pasó el tiempo, un tiempo en el que convivieron todas estas sensaciones.
Pero llegó la hora del regreso; de volver a encontrarse, cara a cara, con esas heridas que le obligaron a huir.
Había pasado el tiempo, sí, y en su corazón solo quedaban mínimas sombras de esos amargos recuerdos, pero el temor le atenazaba.
¿Qué temor hacía que su alma y corazón temblaran como hoja de otoño?
No sabía si en aquellos corazones que le obligaron a huir aún relucía esa espada o, por el contrario, la esperaban con una bandera blanca.
Pero la mejor manera de resolver ese drama era adentrarse en el escenario y mirarlo a los ojos.
Y se produjo el encuentro.
Fue un instante donde el tiempo y los sentimientos sacaron a relucir el filo de esas espadas que un día se cruzaron, pero, tal vez, fueron solo un testimonio del pasado que, fugaz, lo barrió el viento, el viento de esas miradas en cuyo fondo latía un pesar por el dolor causado y un brillo de perdón y arrepentimiento.
Y su plateado metal se fundió, dando por pasada la lucha que entablaron.
En ese instante, se cayeron las últimas costras, se disiparon esas resistentes nubes y en cada corazón se levantó un nuevo camino donde solo habría nuevas huellas que borraran las pasadas
Las heridas y los malsanos recuerdos quedaron en el equipaje de ida; en este de vuelta, solo cabían el olvido, el perdón y la esperanza.
Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos
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