viernes, 27 de marzo de 2015


SOLEDAD


En el libro de la vida, hay hojas  sin numerar que narran historias anónimas, sin título, y, por lo tanto, ignoradas.
Son aquellas que alguien decidió escribirlas para saborearlas a solas, para que nadie perturbara el silencio de sus sentimientos, alguien que escondió su alma y huyó del mundo para que  no descubrieran sus secretos; o alguien a quien marcaron con el sello del olvido, de la soledad,  y no le quedó más remedio que convivir con ella.
Pero incluso dentro de esos capítulos que responden a una vida con nombre, encontraremos siempre este tipo de páginas, porque ¿quién no ha buscado sentirse, aunque sea un segundo, olvidado, para respirar ese aire tranquilo que proporciona la soledad?
Sí, la soledad es esa compañera de doble rostro, deseada y aborrecida; capaz de arrancar suspiros por disfrutarla un momento o toda la vida, o de dejar heridas en el alma por no poder librarte de ella.
Es vocación o desgracia.
¡Cuántos corazones, no sintiendo que el mundo fuera suficiente para calmar su sed de amor, se refugiaron en rincones silenciosos, ignorados u olvidados, para encontrarse con la discreta naturaleza o con Dios!
Abandonaron, insatisfechos, ese escenario de luces y colores  y fueron al encuentro de un mundo donde no sonara ninguna voz, salvo la del eco de sus almas.
Pero los hay que sienten esa soledad como grilletes que les ahogan el corazón.
Sueñan con una voz; se despiertan con la ilusoria imagen de alguien a su lado; se esfuerzan por recordar quién les dio el último afecto, o cómo era la piel de la última mano que rozaron.
Solo aspiran a ser mirados con ojos de cariño.
Solo quieren que haya alguien que les robe sus suspiros y les regale un poco de su tiempo.
Pero la soledad, más allá de una fuga de este mundo o de verse rodeado de sonrisas y personas, es un sentimiento.
Y cuántas personas, aparentemente satisfechas, al abrirles el corazón, arrastran su sombra.
La soledad es ese vacío que siente el corazón cuando no encuentra el amor que la incendie; y ya puede sentir, ese corazón, cómo el boato del mundo llama a sus puertas; ya puede, ese corazón, sentir el roce silencioso de las alas del viento; se sentirá solitario si nada de eso es capaz de llenar ese vacío por el que suspira su alma.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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