lunes, 16 de marzo de 2015


SUENA EL ALBA


Suena la hora del alba.
La mañana se despierta perezosa  dejando con sus primeros bostezos una lacia luz que baña el valle, salvo a la hambrienta umbría, tierra donde solo se siembra la sombra, donde aún roncan las rocas y la hierba hierve en sueños.
Guardan silencio esas calles calladas que conforman los olivos, a la espera de que se levanten las aguas y dejen en sus recias raíces la risa del río.
El aire desentumece sus huesos y bracea, repartiendo la vida por los más recónditos rincones, mientras abre los ojos a las hojas con suaves caricias.
Anda la mañana con pesados pasos, y apenas ha hecho camino, avanza una nave de nubes en clara amenaza.
Queda el sol solo ante el peligro celando ese cielo.
Ya llega la lluvia que lleva las lágrimas y arrastra su rostro grisáceo llenando de nostalgia la tierra, y la llama para que abra las puertas a sus llamas de agua.
No se sabe por qué recuerdo, pero un cielo atormentado volcó sus remordimientos en rabiosa tormenta y el sol quedó escondido en esa cárcel esperando que el viento o el cansancio rindiera a esas nubes que robaban protagonismo a esa luz matinal.
Tardó ese auxilio en llegar, pero se equilibraron las fuerzas y volvieron a relucir las luces que aún conservaba el alba.
El  alba ya había cumplido su misión, que no era otra que abrir caminos para que la luz viajara por ellos.
Sí, ya llegaría la noche dejando caer su hacha y rompiendo las débiles costuras de una luz agonizante que dejaba sus últimas voces en el ocaso y que la obligaría a firmar un armisticio, pero esa luz, que nació a primeras horas de la mañana, quedaría como ofrenda en el altar de la luna y las estrellas.
Y esa ofrenda no muere, sino que espera en ese altar a resucitar de nuevo cuando  suene la hora del alba.


facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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