sábado, 28 de marzo de 2015


UN PARTO DE LUZ


Cuando la Nada ocupaba el todo, una  inmensa mancha oscura abrazaba ese espacio vacío.
Ausencia, oscuridad,… silencio.
La luz no existía, no encontraba formas sobre las que proyectar sus haces.
Fuego, tierra, agua y aire, eran cuatro elementos intangibles que no alcanzaban la categoría ni de espíritus, porque si lo fueran, al menos podrían dejar, en esa tierra de nadie, un eco de emociones y sentimientos.
Faltaban esas luminarias que extendieran sus brazos y dejaran un sello de vida.
 La propia Nada suspiraba porque hubiera cuerpos, formas, que se interpusieran en sus desiertos caminos, o gases que, impulsados por el viento, le permitieran respirar unos aires distintos.
Esa orfandad no podía eternizarse. Era imposible que tan vasto espacio tuviera su trono vacío.
Ya se oían los primeros suspiros de esa huérfana Nada; ya empezaba, la oscuridad, a sentirse molesta de que nada irrumpiera en sus infinitos túneles; ya se había cumplido el tiempo de que ese ciego telón se rasgara y diera lugar a que otros seres animaran esa fúnebre obra donde nada pasaba.
Y cuando ya ese alarido empezaba a sonar a desesperación, la Mano que todo lo engendra se posó sobre sus desnudas espaldas.
Lentamente la acarició y, según se desplazaba, iba dejando, en ella, una huella de cuerpos y luces.
La Nada empezaba a parir al Universo.
Y surgieron rutilantes cuerpos, chispas incandescentes de  nieve; fueron las primeras lágrimas que despertaron en el rostro emocionado de la Nada: nacieron las estrellas.
Empezaron a brotar los primeros sentimientos en ese corazón vacío y, en ese instante en el que un amor recién parido necesitaba alimentarse, algunas estrellas, arrastradas por el impulso de la novedad o la belleza, se hermanaron hasta confundirse.
Esos blancos corazones solitarios forjaron una diadema que, en el alma que la vea, deja el mismo sentimiento.
No satisfechas con ser cuna de emociones, forjaron diversas formas para alimentar la imaginación y los sueños: nacieron las constelaciones.
 Ya tenía, la Nada, ese cortejo de damas que alegraran sus silencios y le secaran sus lágrimas, pero esas mismas fuentes de belleza y amor sintieron la nostalgia de alguien que las cortejara.
Hubo un momento en el que se mascó el drama: una de las más hermosas estrellas empezaba a apagarse hasta que dejó caer una lágrima.
Preguntada por la razón de su melancolía, echó una mirada al infinito y suspiró por la ausencia de un varón con el que compartir sus sueños plateados y dejar, en su piel, un beso de luz.
La Mano creadora comprendió esta ausencia.
Las acarició y, alrededor de esos luminosos perfiles, surgieron celestes cuerpos que no apartaban sus ojos de ellas.
Y como el aire que nos envuelve o como esos brazos que nos rodean, esos cuerpos empezaron a rondar el rostro de las estrellas.
Fue un amor al instante, un flechazo en el espacio.
La estrella, que hace poco lloraba, se lavó el rostro y grabó su luz en su amante planeta.
Ya no podía la Nada añorar voces, luces o sentimientos que curaran su orfandad.
Todos ellos se juntaron para dibujar el hermoso mosaico de una galaxia.
Basta que nuestra mirada se pierda en ese espacio y contemplaremos, en un fugaz segundo, una obra maestra del amor que ya no se llama “Nada”.
 Se llama “Universo”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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