lunes, 2 de marzo de 2015


UNA SONRISA EN LA NOCHE


Era una noche de invierno, de esas en las que el  frío impone el silencio al aire, y ese mismo aire cubre las calles con su mordaza.
Esa quietud, teñida de soledad, invitaba a que la mirada se perdiera en las alturas, donde las estrellas parecían, también, haber huido en busca de una noche más templada que alimentara su luz.
Son esos momentos en los que disponemos de un cielo desierto para cubrirlo con nuestros pensamientos y poder dibujar, sobre ese lienzo desnudo, todos esos sueños que brotan de nuestra imaginación.
En estas circunstancias, una niña, a la que la vida le había regalado, aún, pocos años, pero que empezaba a ser consciente de la belleza de la Naturaleza,  contemplaba la orfandad de luces y preguntó a su madre si el cielo siempre era así.
En la respuesta latían, más que la realidad, esos sueños que la madre estaba dibujando en el desierto lienzo de la noche, y le habló de las estrellas, pero dejó caer, de entre todos ellos, una especial ilusión: tenía el presentimiento de que alguna noche una de esas hijas de la luna brillaría de especial manera para ellas; y sería una estrella pequeña que, sin saber cómo, la distinguirían entre los millones de luces que decoran el cielo.
La niña, arrebatada por ese deseo, preguntó si sería esa noche cuando la vieran.
Y la madre siguió dibujando, en el cielo y en la mente de su hija, esa invisible estrella, pero nadie asomaba por esa estepa negra.
“Mamá, -dijo la niña- a lo mejor no hay estrellas porque el viento se las lleva. Cuando no haya viento volverán todas y la veremos, ¿verdad?”
La madre se dio cuenta de que su personal sueño se había transformado en deseo en su pequeña hija, y su entretenida ilusión, en esas desiertas noches, se había transformado en necesidad para que el corazón de su hija no se sintiera defraudado.
El rostro materno se volvió grave y sus ojos ya no dibujaban ilusiones en el cielo sino que lo llenaban de súplicas para que apareciera esa pequeña estrella.
Pero mientras la desesperanza invadía ese corazón de madre, la hija, ajena a esos sentimientos y convencida de su sueño, compensaba esa preocupación con su alegre mirada, que no paraba de buscar ese brillo en el vacío.
Pasó un tiempo, el suficiente para que la madre fuera a decir a su pequeña que tal vez mañana vendría a verlas, cuando la niña dijo: “Mira, mamá,  se para el viento. A lo mejor vuelven las estrellas.”
Efectivamente, el frío dio una tregua tirando de las riendas de ese desbocado aire, pero la soledad y ausencia seguían presidiendo el cielo.
Esta inesperada novedad aumentó el brillo de la sonriente mirada de la niña, a la vez que el pesar de la madre porque su hija no viera ese sueño, hizo que,  en su rostro, asomara una lágrima de pesar.
No sé si fue esa la causa, pero en ese instante en que lágrima materna y filial sonrisa coincidieron se dibujó en el cielo un punto de luz, semejante, por su brillo y tamaño, a un suspiro del sol o a una lágrima del alba.
“¿Ves, mamá? Sabía que vendría.”
 Y la madre no pudo contener un llanto, esta vez de emoción, y besó a su hija.
Si te parece,-dijo la madre- pondremos un nombre a esa estrella: la llamaremos María.”
La niña era la más feliz del mundo. ¡Una estrella que llevaba su nombre!
Y aunque el amor materno bautizó a ese punto de luz con el nombre de su hija, no es menos cierto que se hizo justicia, pues fue esa infantil ilusión la que mantuvo la esperanza, la que consiguió que en una noche austera de invierno apareciera una sonrisa en la noche.

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