jueves, 12 de marzo de 2015


Y ME HABLARON


Era un día de esos en los que las  nubes contienen su llanto y amenazan con liberar su pena en cualquier momento, pero también de esos que invitan a un paseo mientras el cielo no llore.
Todas vestían traje oscuro, donde no cabía un alfiler de luz ni un blanco pañuelo.
Luché contra esos negros presagios que parecían debatirse en el cielo, y que me hacían dudar en hacer camino, con las manos vacías, dispuesto a escuchar  esas voces que surgen y se transforman en pensamientos.
Cerca de casa, una vasta extensión de árboles se extendía a mi vista, y como si sintieran que los estaba mirando,  movieron ligeramente sus copas, como si cantaran en coro, invitándome a que me uniera a sus voces.
Ante esa petición, quedó resuelta la duda y, viendo que la amenaza del cielo no se cumplía, decidí aprovechar su bandera blanca para adentrarme en ese bosque de sonidos, sentarme y escuchar las públicas confesiones de esos árboles, de ese cielo, de la naturaleza misma.
No tuve que esperar para sentir sus desnudos sentimientos.
Escuché la quebrada voz de los sauces y dejé que el viento de la mañana silbara en mis oídos; cerrados los ojos, me invadía una amalgama de sonidos, un bello caos polifónico que me hablaba de la vida.
Entre ellos, me pareció oír, o imaginé, un susurro de agua discurriendo entre dormidas piedras, y ese canto del río  me acentuaba una sonrisa, delatora de que esa  naturaleza me estaba tocando el alma, que abría, en mi pecho, ilusorios caminos.
Sentí que ese viaje por las perdidas voces de la naturaleza era un revivir las emociones, desnudar de sombras el corazón, cortar la soga de mi pequeño mundo cuyo  nudo me apretaba en exceso; era, en fin, respirar una paz que nacía y crecía a medida que me olvidaba y entregaba, sin reservas, en esos brazos que me tendía.
Y llegué a pensar que, por un instante, estaba en otro mundo.
¡Era todo tan diferente!
El tiempo se jubiló; las prisas murieron víctimas de su propio agotamiento; esos ruidos que solo nos transmiten urgencia, quedaron silenciados por aquellos que solo comunican paciencia.
Y dejé que todo transcurriera conforme a esas leyes que imperan entre el viento, el cielo y la flora; leyes que traspasan nuestras sensaciones, leyes con destellos divinos que se ofrecen, desinteresadas, a quienes quiera vivirlas.
Sí, al adentrarme en ese bosque, sentí que el cuerpo era un mero testigo de lo que sentía el alma.
Agotado ese tiempo, abrí los ojos para volver a la rutina, pero en el camino de vuelta, y como si quisiera dejarme su último mensaje, una aventurada línea de luz rasgó las pétreas y negras nubes, dejando en el cielo la rúbrica de su blanco vuelo.
Y con esa firma grabada en mi pecho, prometí citarme con ese coro de voces un próximo día, uno de esos días en los que al escuchar esos destellos divinos, sienta que respira el alma.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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