jueves, 30 de abril de 2015


ETERNA SAMARITANA


¿Por qué siento que al pronunciar  tu nombre 
la misma tierra abre su pecho
y llena el aire, de  melodías
que creí reservadas para el Cielo?

¿Por qué esos corazones, que desprecian todo afecto
y  piensan que, en el mundo, solo hay heridas,
se convierten en emotiva pluma
cuando lo rozan tus besos?
¿Por qué se dibuja una sonrisa
en la noche de sus labios
cuando tus manos los acarician?
¿Será porque lo mortal se rinde
al sentir las sombras de lo eterno,
y tu corazón esconde ese milagro
que cura los sentimientos?

Madre, siempre sentirás que el tuyo  es demasiado pequeño,
incapaz de albergar todo el amor que quisieras.
Siempre lo irás ofreciendo, en tus desnudas  manos,
porque solo así tendría sentido tu vida.

Madre, una noche en la que dormías,
me asomé para vigilar tu sueño
y vi cómo una blanca luz traspasaba tu pecho.
Vi un cielo sin horizonte, un mar sin orillas,
en el que una invisible brisa
teñía de amor cuanto rozaba.
Ese viento que se escondía como si no existiera,
pero que, a su paso, despertaba ilusiones,
eras tú, ¿verdad?

Siempre serás feliz en tu cárcel de amores.
 Ni el dolor, ni el desaliento, ni el olvido, ni la ofensa,
podrán romper la coraza de tu pecho,
nunca podrán herir tu virginal sentimiento.

Solo una nube cruza este cielo
en el que vivo cuando te recuerdo:
Que llegue ese día en el te nieguen la vida.
Pero aun así, seguiré sintiendo tus vientos,
seguiré escuchando esas reservadas melodías
naciendo de tus labios,
y mi alma siempre sentirá el roce
de tus desnudas manos.


Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 29 de abril de 2015


PÉTALOS MENDIGOS


Era una joven tierra donde la  música del agua convivía con  plantas, hierbas y trinos asentados en un viejo árbol.
Me sentía como ese jardinero que ha visto crecer esa armonía de paisajes y sonidos y ahora saborea el momento de contemplarlos.
Pero entre los gorjeos del agua, los trinos de un pájaro y el crepitar de las hojas sobre las que desfilaban en procesión los insectos, flotaba en el al aire un lamento, nota discordante en ese microcosmos donde creía que solo cabían sentimientos de paz.
Era un sonido extraviado, perdido en un entorno que no era el propio para que su voz rasgara el aire.
Era como si una oscura nube irrumpiera en medio de un beso; era una lágrima intrusa en el Cielo; era un aullido que amenazaba a la luna.
Pero, errante o equivocada, esa voz existía, por lo que me acerqué a esa fuente de dolor, cuyo quejido hería el alma.
Al verla me hice preguntas sin respuestas:
¿Por qué, esa belleza, tenía que quedar herida por un llanto?
¿Por qué el dolor no se olvida de quien no ha hecho  nada por buscarlo?
¿Era posible que, bajo esa limpia apariencia, algo se estuviera pudriendo?
Y mientras el silencio me respondía, mi mirada contemplaba una doliente flor.
Sus pétalos diseñaban  un corazón henchido y cada uno de ellos, por separado,  eran labios suplicantes porque el agua los lamiera.
Extrapolándola al amor humano, era como ese corazón que lo tiene todo para amar y ser amado,  pero le mata la nostalgia de un lejano beso y la pena de no sentirlo cercano.
Inexplicablemente, esa flor se vestía de mártir en una tierra donde no había motivos para morir.
Sus verdes hojas eran brazos que se abrían, se ofrecían, a quien quisiera acogerla; pero ¿los extendía a esa mano de agua para que la salvara o se los ofrecía a la propia muerte?
Separarla de su cuerpo sería precipitarla en esos fríos brazos, que ya la esperaban.
¿Por qué el agua la esquivaba sabiendo que su ausencia le arrancaba la piel y descontaba segundos de su vida?
Pero hubiera o no alguna razón, el agua no oyó esos lamentos y era cuestión de tiempo.
En el más increíble acto de sumisión, entre resignada y humilde, aceptando  una muerte con la que ya cruzaba la mirada, la flor mendiga se ocultó en la oscuridad de la tierra.
Inclinó la cabeza hasta que ese corazón henchido descansó en el suelo y sus pétalos besaron la joven tierra dejando, en la noche, su último aroma.
El luto se respiraba en el aire; tan intenso, que el agua silenció esos gorjeos que tiñen de poesía la noche y abandonó su cauce para encontrar la causa que lo hirió de muerte.
Tras serpear las oscuridades y el silencio, llegó al sitio donde un corazón, recién fallecido, aún conservaba sus labios abiertos. 
Bastó esa visión para que al agua se le rompiera el alma.
Sabía que un olvido suyo fue quien arrancó esa vida.
Ya era demasiado tarde para resucitarla, pero la sombra de esa muerte nunca se borraría de su conciencia, por lo que el agua reparó su olvido con un propósito de vida.
Desde entonces, en ese lugar donde una flor murió porque solo encontró la mano tendida de la muerte, siempre hay un remanso de agua que alimenta eternamente a aquellas que quieran descubrir la vida.
Y aunque la naturaleza cierre su vientre de madre, el agua siempre tendrá, allí, una mano tendida para que nunca más  muera nadie.
En esa joven tierra, nunca más se oyó una  nota discordante que rasgara el aire de ese microcosmos donde solo cabían sentimientos de paz.

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 27 de abril de 2015


FANTASÍAS BAJO LA LLUVIA


Era una noche lluviosa.
Me acerqué a la ventana con la ilusión de contemplar  el mágico momento  en el que una farola ilumina esas gotas descendiendo desde el cielo y revivir, en ese baile de luz y agua,  toda la fantasía que puede encerrar la noche o que, al menos, a mí me sugería.
Empezaba a sentir la gratitud de ese silencio, salpicado por las débiles voces de la lluvia, cuando dos amantes se detuvieron bajo esa luz.
Y me atrevo a llamarles amantes porque bastaba ver sus miradas, cómo sus manos entrelazadas, en medio de la lluvia, se buscaban con mayor ansiedad, como si así se sintieran al cubierto de las lágrimas del cielo.
No sé explicarlo, pero solo con verlos podía asegurar que se amaban.
Esos femeninos labios, temblorosos, desnudos de intereses, se abrieron como pétalos agradecidos bajo la lluvia y, dirigiéndose a ese desconocido afortunado, pronunciaron una palabra.
La fantasía que encierran la noche y el agua empezó a surtir efectos.
No pude oír esa misteriosa palabra que nació de unos trémulos labios, pero empezó a revolotear, por mis entrañas, un sentimiento que iba dejándome una voz que anunciaba su nombre.
Mi mirada aún tiene grabada esa escena; en mi alma, aún resuena esa voz y solo deseo poner rostro a esa hechicera palabra.
Desde entonces, quiero saber si aún vive esa palabra, y si lo hace, en qué rincón del alma se esconde, para liberarla.
Desde aquella noche, su eco vaga por los rincones misteriosos de mis sentimientos y va dejando destellos de  luna en esas noches en las que el corazón busca; va robando nubes al cielo; va limpiando, de olas, el mar; y todo se convierte en ausencia para que solo viva ella.
Suena un latido, corre la brisa, brilla una luz, se dibuja  una sonrisa; todo esto sucede cuando esa palabra se viste de melodía y deja su voz.
Es como esa canción que un día nos robó el corazón y los sueños, llevándoselos a un mundo donde solo habitábamos dos.
Inmerso en ese mundo de sueños, cuando suena, un suave viento me roza e, inconscientemente, el corazón se emociona y parece apretarse contra el pecho, como esas manos que se buscaron bajo la lluvia.
Y mientras todos estos pensamientos discurrían contemplando  el baile de la luz y el agua, desperté de ese recuerdo en el que tú y yo estuvimos, una noche lluviosa, abrazados a la luz de una farola; desperté de ese recuerdo en el que tus trémulos labios pronunciaron esa palabra que aún viaja por mi pecho despertando ilusiones.
Desde entonces, encontré ese rincón del alma en el que se escondía esa palabra.


Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 25 de abril de 2015


DIQUE Y LA SIRENA


Llovía mucho y el señor abrió su paraguas mientras en la calle, llena de charcos, los niños jugaban a saltar en ellos.
Las nubes descargaban su furia en forma de diluvio y los mortales suplicaban una tregua a esa guerra que había iniciado el cielo.
Neptuno arengó a todas las aguas, celestes y terrenas, a que se armaran de valor y furia para la batalla final.
¿Por qué el dios del mar declaró una guerra exterminatoria  a los mortales?
La razón  es la siguiente:
Había un joven al que llamaban Dique “el soñador”, pues su mirada siempre se abstraía en perdidos pensamientos.
Este joven poseía el corazón de una de las sirenas más apreciadas por Neptuno, corazón que ella mismo le entregó, en un rapto de amor, una de esas noches en las que Dique se asomó al balcón del mar para fundir sus sentimientos con las aguas.
Pero ese mitológico corazón poseía la maravillosa cualidad de que sus latidos eran capaces de componer las más maravillosas melodías que jamás se hubiera oído.
Todas las mañanas, al salir el sol, Dique se sentaba en la arenosa playa a contemplar la infinitud  del mar y saborear ese silencio, que solo rompía el esporádico diálogo de las gaviotas.
Dique sacaba una cajita de cuero, en cuyo interior se hallaba el corazón de su sirena, y la abría como quien abre el alma.
Una hermosa melodía tiñó de amor el silencio y las aguas salieron de su letargo transformando el mar en  fuegos artificiales, en inmensos castillos de luces formados por olas..
Todo el mundo marino quería escuchar el latido de ese corazón y Neptuno era consciente de que él ya no era dueño de la situación. Una fuerza superior dominaba el mar.
Su orgullo herido fue la causa por la que decidió humillar la arrogante intolerancia de un joven humano que osó arrebatarle su amor.
En apariencia era una lucha desigual: el poder del Olimpo, el señor de todas las fuerzas vivas e inertes del mar, contra una música y un joven cuyas únicas armas eran sus pensamientos de amor.
Pero ese supuesto desequilibrio no cuenta cuando las fuerzas que se miden son espíritus.
Mientras a Neptuno le invadía la ira, Dique era gobernado por la paz, esa herencia que deja un amor desinteresado y sincero.
Ya no era una guerra entre las poderosas fuerzas del mar guiadas por un dios,  y la música de un joven enamorado, abanderado por sus sentimientos.
No, era la guerra de  la Ira contra  el Amor.
Neptuno no entendía cómo, ante esa desproporción de fuerzas, el resultado le era tan adverso así que apeló a Zeus, el dios padre que trata a todos por igual, y Zeus dejó que un relámpago brillara sobre la frente del dios del mar. La astucia, esa cualidad del mal, despertó en su mente.
Si la armonía del corazón de la sirena dominaba el mar, había que evitar que el mar escuchase ese latido que le infundía paz.
El cielo desató la ira que se encerraba en el corazón de Neptuno y un ensordecedor ruido ensombreció la Tierra. Se abrió, nunca mejor dicho, la caja de los truenos.
Dique, como mortal que era, no contaría con el apoyo del Olimpo  mientras un dios estuviera en esa pelea.
La furia marina era tal que, más rápido que la luz, el caos se extendió entre las huestes marinas.
Me he expresado mal, porque estoy hablando de una guerra entre dos y la realidad demostraba que era una guerra de Neptuno contra sí mismo.
El odio genera odio; el odio, maldad; pero el odio y la maldad no distinguen la amistad, así que los elementos marinos gobernados por Neptuno empezaron a enfrentarse entre ellos y cada vez con más violencia según aumentaba la ira de Neptuno.
Nadie discernía quién era aliado o enemigo, solo les movía una irracional furia cuyo único objetivo era aniquilar.
Dique no contaba con los favores de los dioses; su único aliento podría ser el consuelo que las musas del Parnaso dieran a su lírica alma, pero tampoco lo necesitaba.
Ante ese grotesco espectáculo donde el odio (Neptuno) parecía devorar a su propia criatura (el mar) como hizo Saturno con sus hijos, Dique se apiadó y estrechó piadosamente la caja donde conservaba el corazón de la sirena, contra su corazón.
El Mal es poderoso, pero no invencible.
Fue tal la compasión sincera que demostró Dique, que el mundo terrestre y marino se paralizó.
Un silencio sepulcral lo ocupaba todo hasta aparentar que todo había muerto.
La Naturaleza quedó expectante, inmóvil. Toda la tensión flotaba en el aire, pero no se manifestaba.
Dique seguía apretando el corazón de su sirena contra el suyo hasta casi dejarlo grabado en su pecho, porque Dique sabía cuál era la solución a ese caos.
En medio de la quietud, un pequeño remolino empezó a dibujarse sobre la superficie de las aguas.
Se presentía que algo trascendente iba a suceder.
Dique levantó la mirada y la dirigió hacia el remolino. Unas fugitivas lágrimas brillaban en su rostro, donde se mezclaban la emoción y la tragedia, porque Dique intuía ese final.
Un rayo de una intensa luz salió del centro del remolino y se expandió como ramas de árbol cubriendo toda la superficie del mar.
A continuación, emergió de las aguas la vida, el milagro, la ilusión que colmó el corazón de Dique.
Sí, rodeada de sirenas que portaban en sus cuellos collares de perlas y ceñían sus frentes unas coronas de algas, apareció ella, el ser que había complementado su vida.
En su pecho aún se dibujaba el hueco que había quedado tras entregar su corazón a Dique.
Dique aguantó la mirada, pero era una estatua, porque su vida y su alma ya no estaban en él.
En cuanto la vio, volaron a su encuentro y Dique hubiera deseado que el remolino los arrastrara, a la sirena y a él, a las profundidades del mar y, allí, durmieran para siempre sus dos mundos.
Pero ambos sabían que el desenlace no sería el que habían dibujado sus sueños.
Ella, en la cumbre de la emoción, desde la atalaya de las olas, extendió su brazo  con la mano abierta ofreciéndosela a Dique.
En ese sublime instante un nuevo rayo de luz iluminó el hueco grabado en el seno de la sirena
¡Oh, Dios!, Dique sabía qué significaba ese gesto: Había llegado el momento de la renuncia y la entrega, pero también el del final de esta tragedia.
Dique separó lentamente el corazón que mantenía apretado contra su pecho, y a medida que lo hacía es como si le fueran quitando, poco a poco, la vida.
La señal era clara: debía devolver el corazón a la sirena y ella debería destruirlo  para aplacar la ira de Neptuno.
El Amor de dos a cambio de la Paz de todos. Ese era el pacto.
Dique cerró los ojos, no quería ser testigo de su propio final, y dejó caer el corazón en esas aguas que, si antes le dieron la vida, ahora se la robaban.
Nada más caer al mar, las sirenas que la acompañaban se acercaron a recogerlo y, llevándolo en alto, se lo entregaron a ella.
La sentencia ya estaba dictada; ahora llegaba el momento de su ejecución.
Ella cogió su corazón y, antes de destruirlo, lo volvió a poner en ese hueco que dejó en su pecho para que lo ocupase el amor de Dique.
Así como lo hicieron sus vidas, sus miradas se cruzaron y con ellas el dolor de lo irremediable.
Un deber mayor nos obliga, pero nuestros sentimientos serán eternos.”
La sirena empezó a arrancar pequeños trozos de su corazón y los lanzó al cielo, donde se perdieron entre las lágrimas de los mortales, la satisfacción de Neptuno, el réquiem de la Naturaleza y la indiferencia del Olimpo.
Esa lenta destrucción del corazón de la sirena era la lenta muerte del alma de Dique.
Llegaba el momento en  que la sirena se desprendería del último trozo, que es como si dijéramos que a Dique le quedaba un segundo de vida.
Lo lanzó al cielo y, en ese instante, la figura de la sirena se desvaneció entre la luz, el mar y el silencio.
Sobre la orilla del mar quedó proyectada su sombra en el mismo punto donde un Dique soñador, con la mirada abstraída en perdidos pensamientos, no sabía si existía o él también era sombra.
Neptuno, satisfecho, aplacó su ira y a la Tierra volvió la paz, pero fue su precio el sacrificio ajeno.
Ahora bien, ¿qué sentido tiene esa renuncia si el fruto es la victoria del orgullo de un dios envidioso?
¿Qué fue de Dique?
Dique abandonó esas tierras y vagó errante arrastrando su dolor y consolándose con la nostalgia y el recuerdo. Pero todo sacrificio por los demás tiene premio.
¿Recordáis esos trozos de corazón que se perdieron en el cielo?
Pues bien, el capricho del viento, o de la divina naturaleza, quiso que cada uno de ellos fuera a parar a las aguas de esos ríos que decoran la piel de la tierra y allí, en las profundidades de cada río, nació, de cada trozo de corazón, una ninfa, esa divinidad que llena de ternura las aguas e inspira el amor a quien las visita.
Dique, en su deambular, sintió la necesidad del descanso y decidió hacerlo a la sombra de un sauce que crecía a las orillas de un río.
Fijaba su mirada en las tranquilas aguas cuando un  golpe en el corazón le devolvió la vida: un pequeño remolino empezó a dibujarse en medio de la quietud.
¡Oh, Dios!, renació en Dique el sentimiento perdido.
La imagen de ella apareció en la superficie del río. En su rostro se dibujaba una sonrisa que parecía la hubiera esculpido Afrodita, y esa mano que, antes le tendió para que le entregara el corazón, ahora le señalaba su pecho, donde aún permanecía ese hueco que solo podría ocupar Dique.
De esta manera, Dique supo que su sacrificio desinteresado tendría la recompensa eterna de que en cada río que visitara encontraría ese sentimiento por el que estuvo a punto de perder la vida.
Así que si alguna vez, a la orilla de un río y acompañados de un ser querido, sentís que la felicidad os invade, sabed que el espíritu de Dique y la sirena os acompañan.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos         

viernes, 24 de abril de 2015


NECESITO VESTIROS



Buscaba una salida a todo ese mundo que bulle en el interior, llamado emociones o sentimientos.
No quería limitarlos a las estrechas paredes del pecho y convertirlos en charcas donde las aguas, estancadas, se pudren.
Quería hallar ese cauce por el que pudieran huir; transformarlos en ríos que saltaran al vacío, cataratas que dejaran, en el aire, el estruendo de su eco.
Y no hallé otro medio que revestirlos de palabra y dejarlos por escrito.
Mortificaba el pensamiento con el fin de encontrar aquellas que les dieran voz, pero solo hallaba un erial desnudo, de cuyo seco vientre nada podía nacer.
La memoria palpaba el silencio de los recuerdos y resonaba el grito lastimero de esos sentimientos que reclamaban que les pusiera nombre, que les diera vida, que no los limitara a la simple manifestación de una lágrima, de un golpe en el corazón o de un suspiro.
No querían quedar encarcelados en la piel o en el corazón, querían ser protagonistas, salir de la corpórea cárcel y escribir sus propias historias.
Pero una densa nube ocultaba esas palabras con que vestirlos, y cuando asomaba la tristeza por no encontrarlas, decidí quitar todo ropaje y escribir con la desnuda sobriedad, dejarlos en carne viva para que aquel que los viera, los bautizara con sus propias palabras.
Mantenía la esperanza de que, en un momento dado, aparecería  un horizonte que heriría con su luz a las durmientes palabras e iría, una a una, despertándolas de su sueño, desgarrando esa niebla que las cubría, y poder ir vistiendo, con ellas, cada uno de los desnudos sentimientos.
Todo era una lucha donde el deseo quedaba envuelto en una nube de presagios.
Sentía que esas emociones, que ardían en mi pecho, serían tumbas hasta que no encontraran el verbo que las resucitara.
Eran, los sentimientos,  jóvenes vidas dispuestas a ofrecer su rebosante amor, deseosas de entrar en nupcias con alguien que lo compartiera; les faltaba esa palabra que los fecundara para parir el amor.
Y cuando llegara ese instante en que esas nubes, heridas por la luz, huyeran, cuando sentimientos y palabras hicieran, de su encuentro, felices esponsales, entonces, brotarían verdes destellos en sus tumbas, se quitarían el vendaje del corazón y respirarían el aire de nuevos caminos bajo la cristalina coraza del alma.
Y a la espera de que se produzca ese parto, a la espera de que encuentren esas palabras que los fecunden, pensaré que ya han salido de esta cárcel y que viajan al encuentro de ese vacío donde dejen el estruendo de su eco.
Sí, necesito sentir que los sentimientos no son prisioneros, sino cataratas.

jueves, 23 de abril de 2015


TE ESPERABA


¡Qué  pronto se fue tu sombra!
¡Qué raudo  fue tu paso por los pasillos de mi alma!
Fue verte y quitarme esa máscara compungida  que colgaba en mi rostro por el amor no hallado,
pero   tuve que volver a vestirla porque fuiste viento al  pasar a mi lado.
¿Por qué, al verme esperándote al borde del camino, no hiciste un alto y te sentaste conmigo?
¿Por qué continuaste el vuelo y no dejaste que tus alas, que apenas me rozaron, dieran sombra al desierto de mi pecho?
Te envolvía bajo el velo de “dulce”,  “misteriosa”, “esperada”, “deseada”…,
Soñé con tu beso y rocé la gloria, pero nunca imaginé que ese beso fuera  “efímero” o “pasajero”, que me dejara el sabor del tormento al ver que tus fugaces labios huían y no quedaban, en los míos, sellados.
Tu sueño ha llegado a descansar en mis brazos.
Te he tenido entre ellos como si fueras definitiva.
Tan cerca he sentido tu mirada, hipnótica y hechicera, que entiendo  por qué, ahora, no puedo vivir sin ella.
Si sabes que te amo, ¿por qué no te sientas conmigo?
Si sabes que te sueño, ¿por qué no detienes tus alas o invitas a las mías a que, juntos, volemos?
¿Por qué no rendimos, en nuestros brazos, nuestras voluntades y deseos y dejamos que descansen bajo los secretos de nuestras miradas,  bajo el silencio de un beso?
Al ver que tu sombra se alejaba se abrió la herida que creí, para siempre, cerrada y por mis venas corrieron los pesares.
Tan rápido fue todo que no sé si fue visión; y tan profunda es la huella de este lamento que no sé si vivo o muero.
Pero según me adentraba en la garganta del dolor, según me sumergía en las profundidades donde habita el desaliento, volvieron a asomar tus  blancas alas, volvieron a dejar su sombra en el desierto de mi pecho.
No te fuiste, ni fue tu paso una mortificante ilusión que me encendió el fuego del amor y, a las primeras llamas, lo apagaste.
Esta vez tomaste asiento y me cubriste con la mirada mientras robabas el amargo sabor de mis labios con un eterno beso.
Sabías que estaba sufriendo mientras creí que tu ausencia no tendría regreso.
Sabías que lamentaba tu fugaz paso, tu efímero vuelo.
En el fondo, sabías que te amaba y aunque aparentaste huir, querías cerciorarte de que, más allá de ti, en mi alma no había nada; querías comprobar que allá donde hubieras ido, yo te esperaba.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 22 de abril de 2015


ESPEJISMOS


Allí estaba, sentado en una  banqueta de madera, apoyando  la espalda  en ese escudo de piedra y hierba que componían la pared; mientras, su mirada se perdía en el estrellado cielo, donde flotaba el  silbido de “su” canción.
Ya había quedado vacía la taberna.
Solo quedaban las huellas de unos desordenados platos y vasos sobre las mesas, el difuso eco de un alegre enjambre de voces que se iba apagando hasta morir en los brazos del silencio,  un silencio deseado que le permitiría abrir el cofre de las reflexiones.
Él había alimentado la ilusión de verla, de que esa noche pasara ante su puerta o dejara su reflejo entre los candiles que iluminaban el pequeño jardín.
Tenía tan interiorizada su imagen desde la primera vez que la vio, que había creado un aroma especial para ella, fruto de su imaginación, distintivo entre esos olores a barbacoa, flores, hierba recién mojada y gentío, que infundían un sello inconfundible a esa vieja taberna.
Pero, una noche más, ella se había dejado querer y ese deseo había quedado huérfano.
Y así, noche tras noche, la esperaba con la ilusión de volver a verla, no permitiendo que las sombras del desaliento asomaran en ese mundo de luces que él albergaba.
Solo la había visto una vez, pero fue suficiente para que su alma no la olvidara y sus ojos la retuvieran, hasta el extremo de que, abiertos o cerrados, en ellos vivía.
La llamaba “mi ola” porque su fugaz visión fue como la de esas aguas juguetonas que, como caballos,  se levantan encabritadas sobre la superficie del mar y dejan el eco de su relincho para, después,  desaparecer en esa explanada azul.
Pero él presentía que, así como las olas se esconden y vuelven a nacer, también ella volvería a aparecer cuando menos la esperara.
Esa noche, aunque estrellada,  la luna había  cubierto su rostro con el velo rojizo de unos atardeceres que se negaban a morir, y el cielo, ante ese aspecto doliente, callaba.
Su canción no bastaba para maquillar ese hiriente silencio que le invadía las entrañas y que  amagaba con oscurecer los luminosos deseos de verla.
Hasta el aire parecía confuso, y esos típicos olores que flotaban alrededor de la taberna, como niebla en la pradera, parecían haberse disuelto ante el ronco eco que nacía de los pulmones de esa noche.
.Algo inquieto, no paraba de mirar a las estrellas, como si ellas pudieran revelarle, desvelarle, ese anormal comportamiento del cielo.
Y cuando menos lo esperaba se dibujó, entre los atisbos de luz que aún dejaban los candiles, una alargada sombra que parecía hacerle signos evidentes de que le siguiera.
¡La reconoció!
Aunque fuera de noche, aunque fuera sombra, en sus ojos resucitó la blanca imagen que aún conservaba en su recuerdo desde el día que la vio.
Tan pura y de nácar que dudó si era la propia luna vestida de mujer.
El propio impulso de su corazón le hizo abandonar  precipitadamente su solaz descanso y siguió la estela de aquella a quien tanto esperaba.
Víctima de esos secos golpes con los que el amor aturde a la razón de un corazón enamorado, no se detuvo a pensar que lo que perseguía, lo que le había cautivado, era una sombra.
Pero si encontramos aquello que es capaz de acallar los deseos, ¿acaso nos detendremos a examinar los detalles?
En su paroxismo, volvía a ver esa “ola” que se levantaba, se hundía, y volvía a levantarse, en medio de ese mar nocturno y creyó que esos relinchos de agua dejaban, en el aire, la voz de su nombre.
“Vio”  que se desgarraba y, cada jirón, tomaba la forma de dedo hasta conformar una blanca mano que se le ofrecía.
 Se presentó ante él; le “llamó” por su nombre; le tendió su “mano”; ya solo  quedaba darle alcance y abrazarla.
El deseo siguió persiguiendo a la sombra y no pararía hasta tenerla.
En esta persecución de las ilusiones amorosas, la “luna vestida de mujer” se detuvo.
En ese punto en el que frenó su fuga, surgió, de la nada,  en el suelo, una cristalina laguna donde flotaban níveas aguas atravesadas por cárdenos fajines.
Ahora no la miraba, la contemplaba.
Jamás la había tenido tan cerca; jamás tuvo la sensación, como ahora, de poder abrazar un deseo.
Esos tonos rojizos, que no vio la primera vez, su corazón los transformó en los figurados besos que él la daba cuando soñaba con volver a verla.
No era capaz de arrancar su mirada de ese prodigio, hasta que una intrusa, inoportuna y oscura sombra empezó a adentrarse en ese sagrado espacio.
Inconscientemente volvió a mirar a las estrellas, como siempre hacía cuando buscaba una explicación, y vio como una nube cruzaba lentamente sobre el rostro nacarado de la luna y ese velo rojizo de los atardeceres que se negaban a morir.
Llegó un momento en que la traicionera nube cubrió por completo a la luna y… esa laguna cristalina que había nacido en el suelo, esa luna vestida de mujer, esa sombra que se grabó en su alma y en sus ojos, volvió a desaparecer.
Su primer pensamiento fue cuándo volvería a verla, pero esa visión había sido suficiente para alimentar su felicidad.
Volvería a apoyar su espalda sobre ese escudo de piedra y hierba que componían la pared mientras en el aire flotaba el silbido de “su” canción.
Esperaría a que, otra noche, la luna decidiera salir a pasear con sus rebeldes atardeceres, vestida de “ola”.
Esperaría a contemplar su reflejo entre los candiles, a que sus relinchos de agua le llamaran por su nombre, y a que una blanca y tendida mano le invitara a seguirla.

Abel De Miguel Sáenz
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martes, 21 de abril de 2015


ESPADA  Y  PLUMA


Quiero salir al paso de esos rumores que va dejando el viento, de esos suspiros que suenan entre las ramas como si nadie nunca hubiera amado.
¿Por qué, viento, susurras penas y haces pensar, con tus quejidos, que solo existe el eco de los corazones heridos o atormentados?
¿Es que solo te paseas entre los oscuros rincones del desamor o entre esas vacías cavernas que quedan en el alma cuando un amor ha huido?
Cuando tus aullidos desgarran el silencio de la noche  vas sembrando el dolor de alguien que ha sufrido  el amargo filo de la espada de la traición o del olvido.
No olvides, viento, que aunque otros no hayan sentido esa herida, al escucharte son sensibles a ese dolor, porque la esencia del corazón es el sentimiento, y aunque duela más el propio, no se olvida del ajeno.
¿Por qué no visitas las estancias de aquellos donde los sueños y la vida se funden, donde las espadas se ausentan y, en su lugar, solo hay manos tendidas y desnudas?
Entra allí y pasea entre esos lienzos de naciente luz.
Abre tus brazos, recoge las voces que escuches, abraza esos sentimientos y, después, emprende el vuelo por aquellos rincones donde hayas dejado tu oscura voz.
Despliega tus alas, acalla tus melancólicos suspiros, transforma el cuchillo de esas voces en blanca pluma, y deja que tus vaporosas  manos escriban palabras de esperanza en los que están heridos.
Viaja entre esas penitentes almas, entre esos cirineos corazones, y deja que escuchen el eco de la brisa de los que aman.
Porque, así como el corazón que sueña quiebra su sonrisa ante tus aullidos, un corazón que sufre, al saber que aún vive el amor,  puede secar una lágrima.
.Acerca esa naciente luz a la tierra, levanta el luctuoso velo de esas almas y haz que, en ese encuentro entre la luz y la tierra, tus aullidos queden sepultados entre las voces de la brisa.
Volveré, cada día, a escuchar tus voces, viento, pero antes quiero dejar  una última mirada en ese beso de luz que tus etéreos labios sellaron; quiero sentir esa brisa que lucha contra los aullidos y saber que siempre tendrás palabras de esperanza aunque en tus brazos convivan la espada y la pluma.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos   

lunes, 20 de abril de 2015


IGNORADO PERO ETERNO


Serán  nuestras almas 
eslabones  de ilusiones y sueños 
que  unas veces se verán cumplidos
y, otras, se quedarán en deseos.

Pero solo importa ese  hoy
en el que puedo estar a tu lado;
solo importa que somos almas
rompiendo las barreras del tiempo
a la vez que nos amamos.

Será pequeño este mundo en que vivimos,
pero basta que quepan dos corazones
y una mínima frontera para mirarse.
No se necesita más espacio
para convivir con el idilio.

Y sumidos en este sueño,
para el resto del mundo, pequeño e ignorado,
seguiré descubriendo la vida
cuando vea el mar de tus ojos;
y sobre ese estela de luz
navegarán tu alma y  la mía
dejando la estela de lo eterno.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos          

lunes, 13 de abril de 2015


PALOMAS MENSAJERAS


Palomas  mensajeras que cruzáis los confines de la tierra en busca de un destino que os espera.
En vuestras líneas se encierran los más diversos sentimientos: agua o fuego.
Podéis saciar la añoranza, mitigar la ausencia, curar las heridas del olvido, ser mano extendida que acorta las distancias, lumbre que enciende, con apenas unas letras, las hojas secas de un corazón herido, o daga que rasga las cortinas del feliz teatro de nuestra vida.
Misioneras de ilusiones o desencantos, pero, sobre todo, la voz del silencio, luz de esos sentimientos que no se atreven a vestirse de palabras.
Y, así, viajáis por el mundo sembrando ilusiones o desesperanza, pero siempre una ventana abierta por la que discurre vuestra voz apagada.
Llamaréis a las puertas y os abrirán, ilusionados o resignados, para dar cobijo al dulce o amargo sabor de vuestras letras.
Formáis parte de esos días anónimos, esos días olvidados, en los que la lluvia o el frío nos invitan a tomar la mano de la nostalgia, a encontrarnos con vuestra piel de papel amarillenta que, un día, cruzó el cielo para hablarnos.
Y os volvemos a leer para recordar, para resucitar esos sentimientos que una mano escribió para nosotros.
Sois esas palabras tras las que se esconde un rostro, y al leeros me imagino unos trémulos labios, una encendida sonrisa, una furtiva lágrima, acompañando vuestro parto en el papel.
Sois el eco, hecho letra, que nació de los misteriosos rincones de un alma y viajasteis, ignorando los vientos,  hasta dejar, en quien os espera, una estela de destellos, como rayo de luna que se asoma y esconde entre las sombras de la noche.
Cartas, según vamos descifrando vuestros mensajes, un castillo de lamentos o esperanzas surge en nuestro pecho, y en ese proceso siempre os acompaña el rostro de quien os dio la vida.
Cuando descansáis en nuestras manos, suena la silenciosa melodía de la lectura.
Y mientras nuestros ojos viajan entre vuestros renglones, los sentimientos van desnudando el alma mientras la imaginación pone rostro a esas palabras.
Pero siempre la cautiváis con ese aroma de misterioso atractivo que encerráis, hasta formar patrimonio de nuestros recuerdos.
Y porque sois, cartas, despensa donde se nutre la nostalgia, fuente que riega, de sentimientos, esas anónimas horas, siempre hallaréis, en mi alma, un rincón donde resuene el eco de vuestras letras, donde surja, como rayo de luna, ese rostro que os acompaña.

Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 11 de abril de 2015


PETICIONES


Si le pidiera un regalo a la vida,  extendería mis manos vacías y  dejaría en las tuyas una súplica:
¡Que la tuyas fueran mías!
Y una vez que las sintiera, que experimentara la felicidad que te puede producir el simple tacto de tu piel, no me importaría que la vida me ofreciera el umbral donde ella acaba si, a cambio, allí me recibieran tus labios para darme un beso de despedida.
Y no siendo suficiente ese amor, deseoso de saciarme en el último instante, le robaría un segundo a esa vida que se va; me bastaría ese fugaz momento, necesario y suficiente, para ver tus ojos y, en ellos, a mi alma despidiéndose, diciéndote adiós desde el fondo de tus pupilas.
Sería como un náufrago que se precipita a la muerte, pero náufrago que muere, no en un mar sin piedad, sino sumergido  entre tus azules ojos y el cielo.
Y si fuera noche, pues que siempre lo sea.
Tú serías luna; yo, estrella; los dos dibujaríamos esa armónica imagen que es capaz de iluminar los corazones entre las penumbras; los dos seríamos esa brisa, ese aliento de vida cuando todo duerme
Si le pidiera a la vida un sueño, sería el de ser hoja de otoño y que tú fueras su viento; ser suspiro en tus labios y lágrima en tu mejilla; ser  hoy tu pensamiento, y mañana, tu recuerdo.
Son peticiones, deseos, necesidades, urgencias, que nacen del alma; y cuando el alma pide algo, no son caprichos pasajeros, no son efímeros sentimientos: son esos hilos que sostienen su vida, son esos puentes que la unen con la felicidad que necesita para seguir respirando, para sentir que sigue amando.
Cuando, de estos labios, nacen estas palabras, te estoy diciendo que, sin ti, la vida no tiene sentido; te estoy diciendo que te amo.

Abel De Miguel Sáenz

viernes, 10 de abril de 2015


NUEVA ETAPA


Llegó la hora de que anunciara su  adiós a esa primavera en que vivió, y ahora, como hoja de otoño, la piel mudaba su juvenil manto y fruncía su ceño.
No llores, juvenil belleza, porque se marche tu época dorada o aquella que tú crees fue la mejor, porque esa que el tiempo te roba la suple otra mejor.
Y aunque sientas tu ropaje raído, ahora te visten las telas de esa felicidad que va tejiendo el corazón con el paso de los años.
Y aquello que tú piensas que murió, era una simple dama que abría camino a otra superior.
Deja que te cubran los años, no temas perder ese brillo, simple oropel; y esa lágrima, belleza, que anuncia tu tristeza por lo que atrás dejó, será una sonrisa en tu piel cuando sienta que ahora, en lugar del caduco brillo de la juventud, aflora la vida en su plenitud.
Reconozco que duele despedirte y no encuentro la palabra que exprese el sentimiento que el tiempo nos ha permitido vivir.
Cansado de buscar expresiones o frases ornamentadas, le he pedido al corazón que desempolve la caja donde guarda, no los recuerdos, sino esos valores que me enseñaste, juventud, a vivir.
Y allí he encontrado estos: miradas, palabras compartidas, sueños en silencio....
Aunque sientas, en este momento, que los ojos te brillan y la piel quiere participar de esta emotiva despedida contenida tantos años, da gracias a Dios por permitir que tu pecho evoque la memoria de esos años.
A ti, juventud, mi palabra más dura siempre será “gracias”.
Ya que la vida te concede saborear estas nuevas mieles, date un momento para pensar si es sueño o realidad.
Rompe esas sombras de nostalgia, cruza ese puente que te lleva a un nuevo mundo, y brinda por el paso del tiempo, ese tiempo que te permite ver nuevos caminos a los que muchos suspiran llegar.
Tal vez, por un tiempo, sientas que esas voces juveniles perviven y cómo lentamente se apagan.
Pero quiero decirte que hoy, al abrir los ojos, te esperaba, entre un cielo gris o azul, no importa, el nuevo rostro de la vida para que cruzarais las miradas.
Y ese “cielo” es el hoy.
Por eso, da las gracias, porque sentirás que la mañana, o sea, la vida, te ofrece un nuevo lienzo con distintos colores.
Juventud, creímos, por un momento, tenerte, mas cuando vimos perderte te llevaste  un jirón de nuestra alma.
Pero ese robo queda compensado por la felicidad de saber que vuelves, con otro ropaje, sí, pero sea cual sea el rostro que me enseñes, siempre sentiré que me ofreces un camino en el que encontraré una nueva felicidad.


Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 5 de abril de 2015


VICTORIA  ANUNCIADA


La Muerte se rasgó ese velo de luto que siempre la cubría, acalló los tristes ecos que 

la acompañan, enmudecieron sus aullidos y barrió todos los restos de dolores que 

quedaban en su casa.

Alguien llamaba a su puerta; Alguien que la hizo renunciar a sus valores y la obligó a 

maquillar su rostro, de luz, y a trocar su negro sayo por una nívea túnica.

Jamás pensó que su reinado tuviera fin, que nada ni nadie la podría arrebatar esas 

cadenas con las que subyugaba a la Vida, pero ese día, hoy, se resquebrajaron sus 

pilares y esa misma Vida le asestó un golpe de muerte en el alma.


No pudo impedir que las puertas de su esclavo refugio se abrieran ante Quien 

llamaba.

Cristo la miró a los ojos y la muerte tembló como hoja ante el viento de otoño, que 

sabe que tiene sus horas contadas; dejó que unos aullidos desesperados resonaran 

por última vez y una luz desconocida inundó esas tinieblas.

Fue un fugaz instante, un relámpago en la noche, un parpadeo de Dios que bastó 

para enterrar a la propia Muerte.

Desde entonces, la Muerte se consuela recordando su pasado, pero todo es 

nostalgia teñida de melancolía porque ya nunca más podrá hacer sonar sus aullidos.

Dejará ecos pasajeros, enrabietados zarpazos que hieren los mundanos 

sentimientos, pero son fugaces vientos que, desesperados, mueren porque saben 

que ya no tienen licencia eterna.

Desde ese día en que Cristo entró en su casa, la Muerte, ¡quién lo diría!, se ha 

convertido en la antesala de la Vida.


Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 4 de abril de 2015


BASTA UNA MIRADA


Nunca olvido que, para conocer tus  sentimientos, me basta abrir tu alma y pasear por sus blancos pasillos pisando la roja alfombra con que la cubre tu corazón.
Y para acceder a ese refugio tan íntimo, a ese coto reservado para ti y tus silencios,  basta que te mire a los ojos y, como viento que sortea las montañas, los míos serán llaves que abran el nido de tus secretos.
No apartes tu mirada. Dame tiempo a recrearme en ese paraíso que se esconde tras tu pecho; déjame que, al verlo, vayan naciendo los recuerdos, esos momentos en los que sentimos que un segundo puede ser eterno, que una gota puede ser un mar, o que un beso es suficiente para llenar de amor el universo.
Y es que tus ojos son el resorte de mi alegría.
Basta que sienta su roce, que los intuya, para que los labios de mi  corazón dibujen esa media luna que forma la sonrisa.
Una continua brisa viaja entre nuestras miradas y va recitando esos versos sin letras que escribimos con la invisible pluma del amor, versos que quedaron grabados, para siempre, en el fondo de nuestras pupilas, esas ventanas por donde escapa el alma.
Y al  sentir ese aire, sonreímos.
Cuando te miro en silencio, siento leer las “Memorias” de nuestra historia, historia que empezó ese día en que oímos cómo el silbo de una flecha, esas que lanza, el Amor, para herir a los mortales, se cruzó entre nuestras vidas; la perseguimos hasta imponernos en su camino, hasta convertirnos en diana para que se clavara en nuestros pechos.
A partir de ese momento, enterramos esos monólogos nocturnos, en los que cada uno nos perdíamos, para contarle a la luna nuestros solitarios suspiros y lamentos.
Desde que sentimos la punzada de esa flecha solo hay tiempo para cruzar nuestras miradas y cerciorarnos de que este mundo que pisamos no está hecho con falsos sueños, sino con el recio muro de unos deseos dispuestos a inmolarse antes que ser destruidos.
Y aunque la noche nos robe la luz y pretenda apagarnos los ojos, siempre nos quedará esa mirada que intuye el sentimiento, esa mirada  que es capaz de leer los versos invisibles que, un día, escribió, en nuestros corazones, la pluma del amor.
Deja que te mire, deja que abra los cerrojos de tu alma con la simple llave de mis ojos, y descubra esos secretos, secretos de cristal cuando es otro corazón enamorado quien los mira.

Abel De Miguel Sáenz
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viernes, 3 de abril de 2015


AL PIE DE LA CRUZ (VIERNES SANTO)


¿Qué musitan, Madre, tus sagrados  labios al pie de esa cruz?
Confidencias donde no cabían las preguntas ni las explicaciones, solo lágrimas y palabras que demostraban cómo el amor puede absorber tanto dolor.
Se cumplió la profecía de la espada y el alma, pero nunca imaginaste que hasta tal punto te la desgarrara ni yo pensé que te pudiera querer más al verte envuelta en ese dolor.
Hiciste propia su Pasión y yo, obligado por el deber filial, pretendí con pobres oraciones curarte esas llagas, arrancarte las espinas y suplir esos clavos por trozos de mi corazón.
Acogiste en tu corazón de madre el dolor de Dios que abarca todo pesar, para que cuando cualquier espina, grande o pequeña, se clave en nuestra vida no nos podamos quejar.
Y allí, al pie de la cruz, quedó frustrado el mal dolor en su intento de robarte la paz mientras el bueno, con los brazos extendidos, ponía a tus pies el Cielo.
Dolor, nadie te quiere, nadie te llama, pero siempre serás fiel compañero de nuestra vida, oculto entre momentos felices para clavarnos tu daga.
Y cuando nos hieras en la carne o en el corazón se asomará a nuestros  ojos tu rostro malo, ese que turba nuestra confianza, pero en ese mismo instante miraré a mi Madre junto a la cruz y me arrancaré, le arrancaré, la espada, porque no hay dolor donde hay amor.
Madre, en ese trozo de tierra donde tus labios musitaron piedad y tus lágrimas bendijeron el suelo quedó un rastro de sangre que os crucificó a los dos.
Ese Cristo clavado proyectó la sombra de la muerte en tu ánima, sombra que se desvanecía cuando a cada punzada respondías con un “fiat”.
Dolor, reuniré todas aquellas espinas que me clavaste en vida y dejaré un espacio en mi alma para las que me tengas reservadas, porque si fuiste capaz de forjar con ellas una espada que osara herir el alma de mi Madre, cuando sienta el débil roce de alguna, y aunque sea infinitamente menor mi dolor, las besaré una a una.
Seguiré mi camino sabiendo que me acompañas, oculto y secreto, esperando tu momento, pero cuando vea tu rostro miraré al de mi Madre junto a la cruz y te pediré, dolor, que me hieras más a cambio del suyo.
¡Cuán poco es el sufrimiento
de vagar con penas, pero vivo,
mientras que Aquél que solo es Vida
yace solitario, en una cruz, muerto!

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 1 de abril de 2015


¿QUIÉN FUE?


¿Qué te pasa, tierra, que tus  labios parecen cansados y ya no cantan esos secretos que visten, de amor, los nuestros?
¿Quién puso en tus ojos, sol, esa perpetua venda de nubes que te privó de libertad e impide a nuestros sueños buscar refugio en tu luz?
Dime, molino, si lo sabes, por qué el aire no mece tus brazos y ha convertido tus aspas en estatuas.
¿Qué flecha traspasó, chopos, vuestras copas para que vuestras ramas enmudezcan y dejen, en el aire, la sorda partitura del silencio?
¿Quién ahogó la voz de la naturaleza, hasta el punto de hacerla parecer carne viva con corazón doliente?
Pero eran preguntas a las que la misma naturaleza, herida, se negaba a responder.
Busqué la causa perdiéndome entre esos rincones por donde, antes, el agua fluía, las plantas teñían, de fragancia, el ambiente, o la hierba doblaba su espalda para que la pisaran.
Pero  fue como pasear por un jardín donde las flores fueran de cera; el agua, una silente lámina de cristal; y la hierba, una sintética alfombra.
Guardaban la fría belleza de la apariencia, pero les habían robado el alma.
¿Quién adormeció esas vidas?
Inmerso en esa tragedia, escuché un suspiro, raptado por el aire para traerlo a mi presencia.
Su débil sonido, melancólico, apagado, como preso que huye, pero que es más triste en su libertad que en su cárcel de amor, amilanaba cualquier intento de mirar al cielo o de pensar en algo positivo.
Y la hierba, las plantas y el agua me miraron como diciendo: ¿”Ahora entiendes?”
Sí, lo comprendía, pero no me resignaba a padecerlo.
Ahora bien, ¿qué podía hacer para trocar ese lamento, esa mortal flecha que se clavó en el corazón de la naturaleza, en flecha de Cupido que le devolviera la vida?
Busqué ese suspiro, para borrarlo de ese corazón y cambiar su triste eco por el de un trino.
Y siguiendo, con esfuerzo, la estela de ese sonido, llegué a los pies de un árbol lamido por el río.
Ahí, una joven sostenía en sus manos una carta; y digo sostenía porque difícilmente podrían leerla sus verdes ojos, ocultos por el llanto, como si la lluvia cegara, con sus gotas, un campo de esmeraldas.
En la propia carta, la tinta se dispersaba, se confundía, con esos restos de lágrimas.
Mis pasos quebrantaron su llanto, se hizo un tenso vacío entre ese coro de lamentos, y clavó su triste y sorprendida mirada para saber quién interrumpía sus doloridos secretos.
Esa carta le anunciaba que su amado retrasaría su regreso, volatilizando esa cuenta atrás que ella, día a día, llevaba, preparándose para el encuentro, contando esos segundos como si fueran los que faltaban para devolverle la vida. Y ahora, tenía que prolongar esa cuenta, que era como prolongar su presidio.
Solo pude decirla que era pasajero, aunque sé que las ausencias, cuando se ama, no entienden de tiempo.
La sugerí, como si esa ansiada flecha de Cupido se hubiera clavado en mi imaginación, que soñara, durante ese tiempo de espera, con aquellos felices momentos que vivió junto a él y que dibujara, en su corazón, esos nuevos que viviría.
Que la tristeza era un solapado enemigo que engaña al corazón para lamentarse de uno mismo, pero que nada soluciona.
Que pensara en el rostro de su amado cuando se vieran.
Que imaginara su sonrisa, sus abrazos, sus besos, sus caricias,…
Y según la iba dibujando otro cielo, se acallaban los ecos de los suspiros; las lágrimas detenían su curso hasta secarse en su rostro, y esos ojos esmeraldas lucieron todo el potencial bajo el brillo de la esperanza.
Y la tierra abrió sus labios; el sol rasgó esa venda que le cegaba; los molinos volvieron a agitar sus brazos; los chopos hicieron sonar la primera balada; el agua dejó sus primeros murmullos de vida; las plantas rompieron el frasco de las esencias y la hierba, más sumisa que nunca, se postró en el suelo.
La naturaleza quedó curada.
¿Quién fue?
Solo un alma entregada y un corazón enamorado, pudo herirla de esa manera.
Solo un alma y un corazón esperanzado pueden curarla.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos