viernes, 3 de abril de 2015


AL PIE DE LA CRUZ (VIERNES SANTO)


¿Qué musitan, Madre, tus sagrados  labios al pie de esa cruz?
Confidencias donde no cabían las preguntas ni las explicaciones, solo lágrimas y palabras que demostraban cómo el amor puede absorber tanto dolor.
Se cumplió la profecía de la espada y el alma, pero nunca imaginaste que hasta tal punto te la desgarrara ni yo pensé que te pudiera querer más al verte envuelta en ese dolor.
Hiciste propia su Pasión y yo, obligado por el deber filial, pretendí con pobres oraciones curarte esas llagas, arrancarte las espinas y suplir esos clavos por trozos de mi corazón.
Acogiste en tu corazón de madre el dolor de Dios que abarca todo pesar, para que cuando cualquier espina, grande o pequeña, se clave en nuestra vida no nos podamos quejar.
Y allí, al pie de la cruz, quedó frustrado el mal dolor en su intento de robarte la paz mientras el bueno, con los brazos extendidos, ponía a tus pies el Cielo.
Dolor, nadie te quiere, nadie te llama, pero siempre serás fiel compañero de nuestra vida, oculto entre momentos felices para clavarnos tu daga.
Y cuando nos hieras en la carne o en el corazón se asomará a nuestros  ojos tu rostro malo, ese que turba nuestra confianza, pero en ese mismo instante miraré a mi Madre junto a la cruz y me arrancaré, le arrancaré, la espada, porque no hay dolor donde hay amor.
Madre, en ese trozo de tierra donde tus labios musitaron piedad y tus lágrimas bendijeron el suelo quedó un rastro de sangre que os crucificó a los dos.
Ese Cristo clavado proyectó la sombra de la muerte en tu ánima, sombra que se desvanecía cuando a cada punzada respondías con un “fiat”.
Dolor, reuniré todas aquellas espinas que me clavaste en vida y dejaré un espacio en mi alma para las que me tengas reservadas, porque si fuiste capaz de forjar con ellas una espada que osara herir el alma de mi Madre, cuando sienta el débil roce de alguna, y aunque sea infinitamente menor mi dolor, las besaré una a una.
Seguiré mi camino sabiendo que me acompañas, oculto y secreto, esperando tu momento, pero cuando vea tu rostro miraré al de mi Madre junto a la cruz y te pediré, dolor, que me hieras más a cambio del suyo.
¡Cuán poco es el sufrimiento
de vagar con penas, pero vivo,
mientras que Aquél que solo es Vida
yace solitario, en una cruz, muerto!

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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