sábado, 25 de abril de 2015


DIQUE Y LA SIRENA


Llovía mucho y el señor abrió su paraguas mientras en la calle, llena de charcos, los niños jugaban a saltar en ellos.
Las nubes descargaban su furia en forma de diluvio y los mortales suplicaban una tregua a esa guerra que había iniciado el cielo.
Neptuno arengó a todas las aguas, celestes y terrenas, a que se armaran de valor y furia para la batalla final.
¿Por qué el dios del mar declaró una guerra exterminatoria  a los mortales?
La razón  es la siguiente:
Había un joven al que llamaban Dique “el soñador”, pues su mirada siempre se abstraía en perdidos pensamientos.
Este joven poseía el corazón de una de las sirenas más apreciadas por Neptuno, corazón que ella mismo le entregó, en un rapto de amor, una de esas noches en las que Dique se asomó al balcón del mar para fundir sus sentimientos con las aguas.
Pero ese mitológico corazón poseía la maravillosa cualidad de que sus latidos eran capaces de componer las más maravillosas melodías que jamás se hubiera oído.
Todas las mañanas, al salir el sol, Dique se sentaba en la arenosa playa a contemplar la infinitud  del mar y saborear ese silencio, que solo rompía el esporádico diálogo de las gaviotas.
Dique sacaba una cajita de cuero, en cuyo interior se hallaba el corazón de su sirena, y la abría como quien abre el alma.
Una hermosa melodía tiñó de amor el silencio y las aguas salieron de su letargo transformando el mar en  fuegos artificiales, en inmensos castillos de luces formados por olas..
Todo el mundo marino quería escuchar el latido de ese corazón y Neptuno era consciente de que él ya no era dueño de la situación. Una fuerza superior dominaba el mar.
Su orgullo herido fue la causa por la que decidió humillar la arrogante intolerancia de un joven humano que osó arrebatarle su amor.
En apariencia era una lucha desigual: el poder del Olimpo, el señor de todas las fuerzas vivas e inertes del mar, contra una música y un joven cuyas únicas armas eran sus pensamientos de amor.
Pero ese supuesto desequilibrio no cuenta cuando las fuerzas que se miden son espíritus.
Mientras a Neptuno le invadía la ira, Dique era gobernado por la paz, esa herencia que deja un amor desinteresado y sincero.
Ya no era una guerra entre las poderosas fuerzas del mar guiadas por un dios,  y la música de un joven enamorado, abanderado por sus sentimientos.
No, era la guerra de  la Ira contra  el Amor.
Neptuno no entendía cómo, ante esa desproporción de fuerzas, el resultado le era tan adverso así que apeló a Zeus, el dios padre que trata a todos por igual, y Zeus dejó que un relámpago brillara sobre la frente del dios del mar. La astucia, esa cualidad del mal, despertó en su mente.
Si la armonía del corazón de la sirena dominaba el mar, había que evitar que el mar escuchase ese latido que le infundía paz.
El cielo desató la ira que se encerraba en el corazón de Neptuno y un ensordecedor ruido ensombreció la Tierra. Se abrió, nunca mejor dicho, la caja de los truenos.
Dique, como mortal que era, no contaría con el apoyo del Olimpo  mientras un dios estuviera en esa pelea.
La furia marina era tal que, más rápido que la luz, el caos se extendió entre las huestes marinas.
Me he expresado mal, porque estoy hablando de una guerra entre dos y la realidad demostraba que era una guerra de Neptuno contra sí mismo.
El odio genera odio; el odio, maldad; pero el odio y la maldad no distinguen la amistad, así que los elementos marinos gobernados por Neptuno empezaron a enfrentarse entre ellos y cada vez con más violencia según aumentaba la ira de Neptuno.
Nadie discernía quién era aliado o enemigo, solo les movía una irracional furia cuyo único objetivo era aniquilar.
Dique no contaba con los favores de los dioses; su único aliento podría ser el consuelo que las musas del Parnaso dieran a su lírica alma, pero tampoco lo necesitaba.
Ante ese grotesco espectáculo donde el odio (Neptuno) parecía devorar a su propia criatura (el mar) como hizo Saturno con sus hijos, Dique se apiadó y estrechó piadosamente la caja donde conservaba el corazón de la sirena, contra su corazón.
El Mal es poderoso, pero no invencible.
Fue tal la compasión sincera que demostró Dique, que el mundo terrestre y marino se paralizó.
Un silencio sepulcral lo ocupaba todo hasta aparentar que todo había muerto.
La Naturaleza quedó expectante, inmóvil. Toda la tensión flotaba en el aire, pero no se manifestaba.
Dique seguía apretando el corazón de su sirena contra el suyo hasta casi dejarlo grabado en su pecho, porque Dique sabía cuál era la solución a ese caos.
En medio de la quietud, un pequeño remolino empezó a dibujarse sobre la superficie de las aguas.
Se presentía que algo trascendente iba a suceder.
Dique levantó la mirada y la dirigió hacia el remolino. Unas fugitivas lágrimas brillaban en su rostro, donde se mezclaban la emoción y la tragedia, porque Dique intuía ese final.
Un rayo de una intensa luz salió del centro del remolino y se expandió como ramas de árbol cubriendo toda la superficie del mar.
A continuación, emergió de las aguas la vida, el milagro, la ilusión que colmó el corazón de Dique.
Sí, rodeada de sirenas que portaban en sus cuellos collares de perlas y ceñían sus frentes unas coronas de algas, apareció ella, el ser que había complementado su vida.
En su pecho aún se dibujaba el hueco que había quedado tras entregar su corazón a Dique.
Dique aguantó la mirada, pero era una estatua, porque su vida y su alma ya no estaban en él.
En cuanto la vio, volaron a su encuentro y Dique hubiera deseado que el remolino los arrastrara, a la sirena y a él, a las profundidades del mar y, allí, durmieran para siempre sus dos mundos.
Pero ambos sabían que el desenlace no sería el que habían dibujado sus sueños.
Ella, en la cumbre de la emoción, desde la atalaya de las olas, extendió su brazo  con la mano abierta ofreciéndosela a Dique.
En ese sublime instante un nuevo rayo de luz iluminó el hueco grabado en el seno de la sirena
¡Oh, Dios!, Dique sabía qué significaba ese gesto: Había llegado el momento de la renuncia y la entrega, pero también el del final de esta tragedia.
Dique separó lentamente el corazón que mantenía apretado contra su pecho, y a medida que lo hacía es como si le fueran quitando, poco a poco, la vida.
La señal era clara: debía devolver el corazón a la sirena y ella debería destruirlo  para aplacar la ira de Neptuno.
El Amor de dos a cambio de la Paz de todos. Ese era el pacto.
Dique cerró los ojos, no quería ser testigo de su propio final, y dejó caer el corazón en esas aguas que, si antes le dieron la vida, ahora se la robaban.
Nada más caer al mar, las sirenas que la acompañaban se acercaron a recogerlo y, llevándolo en alto, se lo entregaron a ella.
La sentencia ya estaba dictada; ahora llegaba el momento de su ejecución.
Ella cogió su corazón y, antes de destruirlo, lo volvió a poner en ese hueco que dejó en su pecho para que lo ocupase el amor de Dique.
Así como lo hicieron sus vidas, sus miradas se cruzaron y con ellas el dolor de lo irremediable.
Un deber mayor nos obliga, pero nuestros sentimientos serán eternos.”
La sirena empezó a arrancar pequeños trozos de su corazón y los lanzó al cielo, donde se perdieron entre las lágrimas de los mortales, la satisfacción de Neptuno, el réquiem de la Naturaleza y la indiferencia del Olimpo.
Esa lenta destrucción del corazón de la sirena era la lenta muerte del alma de Dique.
Llegaba el momento en  que la sirena se desprendería del último trozo, que es como si dijéramos que a Dique le quedaba un segundo de vida.
Lo lanzó al cielo y, en ese instante, la figura de la sirena se desvaneció entre la luz, el mar y el silencio.
Sobre la orilla del mar quedó proyectada su sombra en el mismo punto donde un Dique soñador, con la mirada abstraída en perdidos pensamientos, no sabía si existía o él también era sombra.
Neptuno, satisfecho, aplacó su ira y a la Tierra volvió la paz, pero fue su precio el sacrificio ajeno.
Ahora bien, ¿qué sentido tiene esa renuncia si el fruto es la victoria del orgullo de un dios envidioso?
¿Qué fue de Dique?
Dique abandonó esas tierras y vagó errante arrastrando su dolor y consolándose con la nostalgia y el recuerdo. Pero todo sacrificio por los demás tiene premio.
¿Recordáis esos trozos de corazón que se perdieron en el cielo?
Pues bien, el capricho del viento, o de la divina naturaleza, quiso que cada uno de ellos fuera a parar a las aguas de esos ríos que decoran la piel de la tierra y allí, en las profundidades de cada río, nació, de cada trozo de corazón, una ninfa, esa divinidad que llena de ternura las aguas e inspira el amor a quien las visita.
Dique, en su deambular, sintió la necesidad del descanso y decidió hacerlo a la sombra de un sauce que crecía a las orillas de un río.
Fijaba su mirada en las tranquilas aguas cuando un  golpe en el corazón le devolvió la vida: un pequeño remolino empezó a dibujarse en medio de la quietud.
¡Oh, Dios!, renació en Dique el sentimiento perdido.
La imagen de ella apareció en la superficie del río. En su rostro se dibujaba una sonrisa que parecía la hubiera esculpido Afrodita, y esa mano que, antes le tendió para que le entregara el corazón, ahora le señalaba su pecho, donde aún permanecía ese hueco que solo podría ocupar Dique.
De esta manera, Dique supo que su sacrificio desinteresado tendría la recompensa eterna de que en cada río que visitara encontraría ese sentimiento por el que estuvo a punto de perder la vida.
Así que si alguna vez, a la orilla de un río y acompañados de un ser querido, sentís que la felicidad os invade, sabed que el espíritu de Dique y la sirena os acompañan.

Abel De Miguel Sáenz
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