miércoles, 22 de abril de 2015


ESPEJISMOS


Allí estaba, sentado en una  banqueta de madera, apoyando  la espalda  en ese escudo de piedra y hierba que componían la pared; mientras, su mirada se perdía en el estrellado cielo, donde flotaba el  silbido de “su” canción.
Ya había quedado vacía la taberna.
Solo quedaban las huellas de unos desordenados platos y vasos sobre las mesas, el difuso eco de un alegre enjambre de voces que se iba apagando hasta morir en los brazos del silencio,  un silencio deseado que le permitiría abrir el cofre de las reflexiones.
Él había alimentado la ilusión de verla, de que esa noche pasara ante su puerta o dejara su reflejo entre los candiles que iluminaban el pequeño jardín.
Tenía tan interiorizada su imagen desde la primera vez que la vio, que había creado un aroma especial para ella, fruto de su imaginación, distintivo entre esos olores a barbacoa, flores, hierba recién mojada y gentío, que infundían un sello inconfundible a esa vieja taberna.
Pero, una noche más, ella se había dejado querer y ese deseo había quedado huérfano.
Y así, noche tras noche, la esperaba con la ilusión de volver a verla, no permitiendo que las sombras del desaliento asomaran en ese mundo de luces que él albergaba.
Solo la había visto una vez, pero fue suficiente para que su alma no la olvidara y sus ojos la retuvieran, hasta el extremo de que, abiertos o cerrados, en ellos vivía.
La llamaba “mi ola” porque su fugaz visión fue como la de esas aguas juguetonas que, como caballos,  se levantan encabritadas sobre la superficie del mar y dejan el eco de su relincho para, después,  desaparecer en esa explanada azul.
Pero él presentía que, así como las olas se esconden y vuelven a nacer, también ella volvería a aparecer cuando menos la esperara.
Esa noche, aunque estrellada,  la luna había  cubierto su rostro con el velo rojizo de unos atardeceres que se negaban a morir, y el cielo, ante ese aspecto doliente, callaba.
Su canción no bastaba para maquillar ese hiriente silencio que le invadía las entrañas y que  amagaba con oscurecer los luminosos deseos de verla.
Hasta el aire parecía confuso, y esos típicos olores que flotaban alrededor de la taberna, como niebla en la pradera, parecían haberse disuelto ante el ronco eco que nacía de los pulmones de esa noche.
.Algo inquieto, no paraba de mirar a las estrellas, como si ellas pudieran revelarle, desvelarle, ese anormal comportamiento del cielo.
Y cuando menos lo esperaba se dibujó, entre los atisbos de luz que aún dejaban los candiles, una alargada sombra que parecía hacerle signos evidentes de que le siguiera.
¡La reconoció!
Aunque fuera de noche, aunque fuera sombra, en sus ojos resucitó la blanca imagen que aún conservaba en su recuerdo desde el día que la vio.
Tan pura y de nácar que dudó si era la propia luna vestida de mujer.
El propio impulso de su corazón le hizo abandonar  precipitadamente su solaz descanso y siguió la estela de aquella a quien tanto esperaba.
Víctima de esos secos golpes con los que el amor aturde a la razón de un corazón enamorado, no se detuvo a pensar que lo que perseguía, lo que le había cautivado, era una sombra.
Pero si encontramos aquello que es capaz de acallar los deseos, ¿acaso nos detendremos a examinar los detalles?
En su paroxismo, volvía a ver esa “ola” que se levantaba, se hundía, y volvía a levantarse, en medio de ese mar nocturno y creyó que esos relinchos de agua dejaban, en el aire, la voz de su nombre.
“Vio”  que se desgarraba y, cada jirón, tomaba la forma de dedo hasta conformar una blanca mano que se le ofrecía.
 Se presentó ante él; le “llamó” por su nombre; le tendió su “mano”; ya solo  quedaba darle alcance y abrazarla.
El deseo siguió persiguiendo a la sombra y no pararía hasta tenerla.
En esta persecución de las ilusiones amorosas, la “luna vestida de mujer” se detuvo.
En ese punto en el que frenó su fuga, surgió, de la nada,  en el suelo, una cristalina laguna donde flotaban níveas aguas atravesadas por cárdenos fajines.
Ahora no la miraba, la contemplaba.
Jamás la había tenido tan cerca; jamás tuvo la sensación, como ahora, de poder abrazar un deseo.
Esos tonos rojizos, que no vio la primera vez, su corazón los transformó en los figurados besos que él la daba cuando soñaba con volver a verla.
No era capaz de arrancar su mirada de ese prodigio, hasta que una intrusa, inoportuna y oscura sombra empezó a adentrarse en ese sagrado espacio.
Inconscientemente volvió a mirar a las estrellas, como siempre hacía cuando buscaba una explicación, y vio como una nube cruzaba lentamente sobre el rostro nacarado de la luna y ese velo rojizo de los atardeceres que se negaban a morir.
Llegó un momento en que la traicionera nube cubrió por completo a la luna y… esa laguna cristalina que había nacido en el suelo, esa luna vestida de mujer, esa sombra que se grabó en su alma y en sus ojos, volvió a desaparecer.
Su primer pensamiento fue cuándo volvería a verla, pero esa visión había sido suficiente para alimentar su felicidad.
Volvería a apoyar su espalda sobre ese escudo de piedra y hierba que componían la pared mientras en el aire flotaba el silbido de “su” canción.
Esperaría a que, otra noche, la luna decidiera salir a pasear con sus rebeldes atardeceres, vestida de “ola”.
Esperaría a contemplar su reflejo entre los candiles, a que sus relinchos de agua le llamaran por su nombre, y a que una blanca y tendida mano le invitara a seguirla.

Abel De Miguel Sáenz
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