viernes, 24 de abril de 2015


NECESITO VESTIROS



Buscaba una salida a todo ese mundo que bulle en el interior, llamado emociones o sentimientos.
No quería limitarlos a las estrechas paredes del pecho y convertirlos en charcas donde las aguas, estancadas, se pudren.
Quería hallar ese cauce por el que pudieran huir; transformarlos en ríos que saltaran al vacío, cataratas que dejaran, en el aire, el estruendo de su eco.
Y no hallé otro medio que revestirlos de palabra y dejarlos por escrito.
Mortificaba el pensamiento con el fin de encontrar aquellas que les dieran voz, pero solo hallaba un erial desnudo, de cuyo seco vientre nada podía nacer.
La memoria palpaba el silencio de los recuerdos y resonaba el grito lastimero de esos sentimientos que reclamaban que les pusiera nombre, que les diera vida, que no los limitara a la simple manifestación de una lágrima, de un golpe en el corazón o de un suspiro.
No querían quedar encarcelados en la piel o en el corazón, querían ser protagonistas, salir de la corpórea cárcel y escribir sus propias historias.
Pero una densa nube ocultaba esas palabras con que vestirlos, y cuando asomaba la tristeza por no encontrarlas, decidí quitar todo ropaje y escribir con la desnuda sobriedad, dejarlos en carne viva para que aquel que los viera, los bautizara con sus propias palabras.
Mantenía la esperanza de que, en un momento dado, aparecería  un horizonte que heriría con su luz a las durmientes palabras e iría, una a una, despertándolas de su sueño, desgarrando esa niebla que las cubría, y poder ir vistiendo, con ellas, cada uno de los desnudos sentimientos.
Todo era una lucha donde el deseo quedaba envuelto en una nube de presagios.
Sentía que esas emociones, que ardían en mi pecho, serían tumbas hasta que no encontraran el verbo que las resucitara.
Eran, los sentimientos,  jóvenes vidas dispuestas a ofrecer su rebosante amor, deseosas de entrar en nupcias con alguien que lo compartiera; les faltaba esa palabra que los fecundara para parir el amor.
Y cuando llegara ese instante en que esas nubes, heridas por la luz, huyeran, cuando sentimientos y palabras hicieran, de su encuentro, felices esponsales, entonces, brotarían verdes destellos en sus tumbas, se quitarían el vendaje del corazón y respirarían el aire de nuevos caminos bajo la cristalina coraza del alma.
Y a la espera de que se produzca ese parto, a la espera de que encuentren esas palabras que los fecunden, pensaré que ya han salido de esta cárcel y que viajan al encuentro de ese vacío donde dejen el estruendo de su eco.
Sí, necesito sentir que los sentimientos no son prisioneros, sino cataratas.

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