miércoles, 29 de abril de 2015


PÉTALOS MENDIGOS


Era una joven tierra donde la  música del agua convivía con  plantas, hierbas y trinos asentados en un viejo árbol.
Me sentía como ese jardinero que ha visto crecer esa armonía de paisajes y sonidos y ahora saborea el momento de contemplarlos.
Pero entre los gorjeos del agua, los trinos de un pájaro y el crepitar de las hojas sobre las que desfilaban en procesión los insectos, flotaba en el al aire un lamento, nota discordante en ese microcosmos donde creía que solo cabían sentimientos de paz.
Era un sonido extraviado, perdido en un entorno que no era el propio para que su voz rasgara el aire.
Era como si una oscura nube irrumpiera en medio de un beso; era una lágrima intrusa en el Cielo; era un aullido que amenazaba a la luna.
Pero, errante o equivocada, esa voz existía, por lo que me acerqué a esa fuente de dolor, cuyo quejido hería el alma.
Al verla me hice preguntas sin respuestas:
¿Por qué, esa belleza, tenía que quedar herida por un llanto?
¿Por qué el dolor no se olvida de quien no ha hecho  nada por buscarlo?
¿Era posible que, bajo esa limpia apariencia, algo se estuviera pudriendo?
Y mientras el silencio me respondía, mi mirada contemplaba una doliente flor.
Sus pétalos diseñaban  un corazón henchido y cada uno de ellos, por separado,  eran labios suplicantes porque el agua los lamiera.
Extrapolándola al amor humano, era como ese corazón que lo tiene todo para amar y ser amado,  pero le mata la nostalgia de un lejano beso y la pena de no sentirlo cercano.
Inexplicablemente, esa flor se vestía de mártir en una tierra donde no había motivos para morir.
Sus verdes hojas eran brazos que se abrían, se ofrecían, a quien quisiera acogerla; pero ¿los extendía a esa mano de agua para que la salvara o se los ofrecía a la propia muerte?
Separarla de su cuerpo sería precipitarla en esos fríos brazos, que ya la esperaban.
¿Por qué el agua la esquivaba sabiendo que su ausencia le arrancaba la piel y descontaba segundos de su vida?
Pero hubiera o no alguna razón, el agua no oyó esos lamentos y era cuestión de tiempo.
En el más increíble acto de sumisión, entre resignada y humilde, aceptando  una muerte con la que ya cruzaba la mirada, la flor mendiga se ocultó en la oscuridad de la tierra.
Inclinó la cabeza hasta que ese corazón henchido descansó en el suelo y sus pétalos besaron la joven tierra dejando, en la noche, su último aroma.
El luto se respiraba en el aire; tan intenso, que el agua silenció esos gorjeos que tiñen de poesía la noche y abandonó su cauce para encontrar la causa que lo hirió de muerte.
Tras serpear las oscuridades y el silencio, llegó al sitio donde un corazón, recién fallecido, aún conservaba sus labios abiertos. 
Bastó esa visión para que al agua se le rompiera el alma.
Sabía que un olvido suyo fue quien arrancó esa vida.
Ya era demasiado tarde para resucitarla, pero la sombra de esa muerte nunca se borraría de su conciencia, por lo que el agua reparó su olvido con un propósito de vida.
Desde entonces, en ese lugar donde una flor murió porque solo encontró la mano tendida de la muerte, siempre hay un remanso de agua que alimenta eternamente a aquellas que quieran descubrir la vida.
Y aunque la naturaleza cierre su vientre de madre, el agua siempre tendrá, allí, una mano tendida para que nunca más  muera nadie.
En esa joven tierra, nunca más se oyó una  nota discordante que rasgara el aire de ese microcosmos donde solo cabían sentimientos de paz.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos            

No hay comentarios:

Publicar un comentario