domingo, 31 de mayo de 2015


TALAVERA DE LA REINA (Toledo, España)

Basílica de la Virgen del Prado desde el parque de la Alameda


Talavera de la Reina, reina de La Mancha, aunque fue Madrid su cuna, te quedaste con su infancia, esa etapa que muere con los años, pero vive en la memoria.
El Tajo, ya cansado de su largo recorrido, arrastraba la mirada por sus orillas, pero en un punto, impulsado por el amor, dejó en la margen derecha el beso de sus aguas.
Por eso te llamo, Talavera, “hija del suspiro”.
Si tu apelativo es el fruto de que fuiste el obsequio que un monarca hizo a su mujer, sea el mío el de “dichoso” porque pudieron mis ojos contemplarte, aunque solo fuera una vez.
Si esas aguas del río que te amó dejan en el aire el recuerdo de un idilio, esas misma dejan en mi pecho la herida de no haber sido el primero que te besó.
Dejaré que mi corazón pierda sus penas en lentos paseos, y según me acerque a la ermita, en cada paso irá muriendo una, sabiendo que las mira Nuestra Señora del Prado.
Si tu tierra, Talavera, no escatima la presencia de linajes nobiliarios, tampoco quiso el barro resignarse a su condición.
Y arrancó del cielo, las estrellas; del arco iris, su color; de la nieve, su pureza; y del fuego, su pasión.
Así, transformó su pobre materia en rica cerámica que cubre tus paredes de faman, y tu ciudad, de honor.
Yo sigo, Talavera, mi camino acompañando al Tajo y, como él, dejo en sus orillas la nostalgia de tu recuerdo y esa herida en mi alma.
Pero en ella he grabado ese suspiro, y cada vez que la nieve me regale su pureza; el arco iris, su color:
y mi pecho sienta el fuego cuando asomen las estrellas, cada vez que esto suceda, Talavera, sabré que ha quedado tu nombre grabado en el pobre barro de mi corazón.
                                                         

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

sábado, 30 de mayo de 2015


AGUAS  CONFIDENTES



¿Quién te hirió, río?, ¿quién dejó, en tu lecho, tal pena que tus labios orilleros no paran de gemir?
Si fue el desconsuelo de un amor frustrado, ahógalo en tus aguas, pero no lo devuelvas envuelto en lágrimas.
Si es el cielo quien te presta su llanto, sé pañuelo que las absorba, pero nunca su eco.
Y si tu corazón rezuma el amargo sabor de una herida que  una palabra a destiempo pudo dejarte, oculta  esa huella  entre las que te hicieron soñar.
Triste río, no llores más, que tu pena es la mía y yo no quiero llorar.
Yo vengo a contarte mis sueños, esos en los que tú eres experto porque los has visto navegar.
Quiero hablarte de esos sentimientos que bullen en silencio y que cada vez que afloran hacen que ojos y sonrisa se pierdan en un desconocido mundo.
Lo siento, lo noto, sé que vive en mi pecho, pero me falta ponerle rostro.
Y a la espera de que llegue ese momento, vengo a que me cuentes la verdad de ese sentimiento; tú, en cuyas aguas se han escrito poemas de triunfo y derrota.
Dibuja sobre ellas los primeros ojos que dejaron en tu cristalina piel el amor que encerraban.
Cuéntame cómo es esa mirada o qué milagro se esconde tras ella.
Dime, si los secretos de tu alma lo permiten, si es verdad que cuando una persona que ama  te mira, ya solo piensas en esa mirada, ya nunca la olvidas.
¿Y es cierto que cuando su mano hiende tus aguas, tal vez buscando, en ellas, algo parecido a la suavidad que su pecho siente, en el tuyo nace una nueva vida?
Dime, si tus palabras pudieran, si es verdad que al sentirla ya no quisieras desprenderte de ella.
Dicen que una falta en el amor, no es una falta cualquiera.
Que puede llegar a abrir las puertas del infierno en quien la sufre y que a ti se acercan para volcar su fuego entre tus aguas.
¿Es por eso por lo que algunos días enmudecen y no hacen sonar su balada?
¿Y es verdad que cuando nuevamente vuelven a dejar su voz de paz es porque has curado esas heridas del amor, tan dolorosas, pero también las más dispuestas a perdonar?
Me conformaré con imaginarlo, con soñar esos misterios, y dejaré, a los pies de ese amor ideal sin rostro, una lágrima, un suspiro, una sonrisa, algo que indique que en mi alma late un cariño por ella.
Y ahora veo que ha bastado que tus aguas oyeran esa palabra para que dejen de llorar.
No seré yo quien te anime a ello.
Solo quiero dejar, en tu pecho de cristal, esa voz silenciosa que suena en el mío; y cuando encuentre su rostro, vendré a contarte mis sueños, esos que tantas veces has visto navegar.



Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

viernes, 29 de mayo de 2015


SALAMANCA (España)


 Río Tormes y Catedral

A su  paso, el río Tormes deja, en ti, el aliento de la mañana y una capa de nostalgia cubre tus casas y monumentos.
La vieja catedral se refugia a la sombra de la nueva.
Tu Plaza Mayor desentumece su piedra con los primeros rayos del sol mientras arranca destellos de luz en la orfebre decoración de la Universidad.
Si las piedras de Palencia respiran fe, las de Calatayud protegen corazones y las de Valencia suenan a música, las tuyas, Salamanca, respiran el aroma del saber.
Una vez me perdí entre las sombras de tu plaza.
Una vez busqué la paz en el oasis de la Alberca.
Y una vez, en la Peña de Francia, dejé mi alma a los pies de la Virgen Blanca.
Desde sus cumbres te contemplé, Salamanca, pero no supe discernir si eras tierra o una parte del cielo.
Me conformé con ser lazarillo, con que unas migajas de tu arte saciaran mis ojos y mi espíritu; y como buen mendigo, la luz de tu luna bañando las cúpulas me pareció suficiente limosna.
He dejado huellas que el viento robó y se perdieron en el tiempo, pero allá donde esté, allá donde vaya, ese viento me devolverá las que me llevaron a ti, Salamanca.
Pensé que este era el  final, pero me cuesta despedirme así que, entre el oro cardenalicio y la plata de tu luz, quede grabado en el bronce de mi epitafio tu recuerdo, Salamanca.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

jueves, 28 de mayo de 2015


¿QUIERES?


Sé que has venido porque en tu  paseo solitario encontraste un suspiro que te trajo hasta aquí.
Tuve la osadía de dejarlo latiendo en el aire y grabar mi nombre en sus ropajes etéreos porque sabía que, aunque se cruzara con ojos tan bellos como los tuyos, solo tú podrías verlo.
 Yo estoy aquí porque esta afortunada mañana, en la que también buscaba un cómplice de mis sentimientos, he visto una mirada flotando  en el arroyo que acompaña a este camino.
Se había grabado en el lecho y sus ojos me robaron el alma como solo lo hace el amor: espontáneamente y sin aviso.
Si el corazón no me traicionó, ni el arroyo fue cómplice del engaño, creí ver tu  nombre escrito en los espejos de sus pupilas.
Ese fue el instante en el que nació el suspiro que has encontrado y te ha traído.
Pero este encuentro entre tus ojos de agua y mi errante suspiro no es azar, es destino.
Por lo tanto, la primera pregunta que me surge, como rebelde cascada que se precipita al vacío, es:
¿Quieres compartirlo?
En esta tierra, donde los corazones quedan  encerrados en las frías mazmorras del individualismo, bastará que dos de ellos se intercambien una tímida sonrisa para borrar, de esa máscara, su sonrisa de hielo.
Y la siguiente pregunta, como rastro de llamas que dejó el fuego de la primera, es:
¿Quieres que la borremos?
Si yo hubiera cerrado los ojos ante tu mirada o tú hubieras ignorado mi suspiro, nada cambiaría; porque cada vez que pasara ante el arroyo, allí seguirían tus ojos, durmiendo y esperando sobre sus aguas; porque cada vez que cruzaras el camino, allí seguiría ese suspiro, paciente e incansable en su vuelo.
Nacieron para vivir ese instante, por lo tanto, esperarían, esperarían, esperarían,…. y pese a su fragilidad, nunca podrían morir porque el sentimiento que los invade es eterno.
Y nace una nueva pregunta, eco de las anteriores, hija del mismo deseo:
¿Quieres romper esta espera?
No sé desde cuándo tus ojos viven en ese lecho, ni tú sabes en qué momento surgió ese suspiro, pero no importa; ya los hemos visto y nos han arrastrado a este encuentro como luz que se lleva a la niebla camino del cielo.
Y aquí estamos, cautivos de los sentimientos.
Este silencio que nos ilumina pone los corazones al descubierto y se desnudan las sonrisas; las palabras, pocas, se susurran; y solos, cara a cara, tus ojos de agua y mi errante suspiro se abrazan dejando en el aire una pregunta ardiente y desnuda que nace de nuestras almas:
¿Quieres…? 
Y se vio cómo un suspiro amerizaba en el arroyo para continuar su vuelo…. acompañado de unos ojos.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 27 de mayo de 2015


BAILEMOS


Una vez más te elijo, noche, como  compañera.
Déjame que te tome la mano para que, juntos, bailen mis pensamientos y tu silencio mientras fijo mis ojos en tu vestido negro.
Hoy, tu rostro suena a balada y tus brazos son débil aire que inspiran sueños mientras me abrazan.
Hoy, nuevamente, vuelvo a sentir que nuestros suspiros se besan; los que nacen de mi corazón, rendido a tus encantos, y los que brotan de esa luna, embelesada cuando alguien la contempla.
No apresures tus pasos; deja que duerman las horas mientras suena esta silenciosa música que nace de nuestras miradas.
Seamos pasivas flores  que se recrean en esa lluvia donde cada gota es un beso que las enamora.
Seamos destellos de luz que cruzan el cielo dejando que su estela flote para iluminar los mortales sueños.
Así, tú y yo, noche y humano, hagamos que, en este momento,  seamos como esas estelas que flotan en el agua y se dejan llevar por las olas; sean, tu etéreo cuerpo y mi espíritu, centellas fulgurantes paseando entre estrellas.
Sé que la aurora me robará tu mano; que solo quedarán, de ti,  jirones cuando tu vestido negro sea, por las luces del amanecer, desgarrado; pero en ese instante en el que te disuelvas, una parte de mi alma se inmolará contigo y esperaré a que transcurran las horas hasta que, ambos, resucitemos.
Y cuando llegues de nuevo, dejaré que tus brazos de aire me inspiren sueños mientras suena esa balada y se abrazan mis pensamientos y tus silencios.

Abel De Miguel Sáenz
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martes, 26 de mayo de 2015


DESPOSORIOS ENTRE ESTACIONES



Una luz incipiente y vigorosa  esperaba que una madura primavera le ofreciera su lecho de flores y le abriera sus terrosas carnes para cubrirla con sus fecundos rayos.
Era el desposorio entre una dama que estaba en el esplendor de su vida: la primavera, y un joven galán, de rubias melenas y áureo rostro: el verano.
La naturaleza había abandonado ese mortecino y otoñal cielo, se había despojado de esos ropajes de clausura con los que la cubrió el invierno y, ahora, desplegaba toda su belleza envuelta en luz.
Era uno de esos idilios sentenciados, predestinados, de esos que  “nacieron el uno para el otro.
Se intercambiaron las dotes, ofreciendo cada cual lo mejor que tenía,  y conformaron uno de los ajuares más maravillosos que pueda ofrecer la naturaleza.
Había que contemplarlo en su conjunto y dejar que la mirada arrastrara al alma, y  el alma al corazón, mientras una sensación de milagro llenaba los vacíos del silencio.
Fruto de esa unión nacieron esas noches de verano en las que el aire se llena de  pacientes suspiros nacidos de  una luna complacida que dibuja su sonrisa plateada en el cielo.
La primavera sabía que ella ya lo había dado todo, pero esas flores que nacieron en su primer parto, fruto de su matrimonio con la lluvia, debían continuar el camino con sus aromas y colores; y no dudó en entregarlas al sol, un sol que realzaría la belleza con la que nacieron cubriéndolas con sus dorados brazos.
También era hora de que se secaran las fértiles lágrimas que el  agua la dejó.
Fue un llanto feliz, un llanto que engendró vida en esa tierra yacente y muerta heredada del invierno; pero ese tapiz de aromas y colores, que la lluvia bordó en su rostro, era digno de ser rematado por un hilo de oro.
Y así,  el sol se recreó en ese paraíso dejando que sus rayos barnizaran de luz cuanto rozaban.
Era como un compendio de la Creación en su estado primitivo, ese estado virginal en el que  la tierra era un milagro surgido de la nada.
Era un cómplice guiño  a la vida,  un jactarse de la invernal muerte, un apasionado y encendido beso entre pétalos y fuego, entre primavera y verano.
No necesitaba maletas para llenarlas de recuerdos.
Solo fue necesario entrar en ese mundo con el alma vacía y colmarla de esas sensaciones que brindan un lecho de flores, una fértil tierra y unos áureos rayos.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

lunes, 25 de mayo de 2015


CUÉNTAME, PASTOR




Era uno de esos campos que llamaríamos “muertos” pero que el corazón de la naturaleza no olvida.
Ni el suyo, ni el de algunos mortales que descubrieron en ellos el alimento de su vida.
Un día, sin saber de qué artificio se valió, ese campo dejó que sus calladas voces se escaparan y me susurraran su  soledad.
Embrujado por esa misteriosa llamada,  me vi arrastrado hacia ese lugar “perdido” y, casi sin saberlo, me encontré frente a su desnudez, pues eso es lo que vi: un campo que solo era alma.
Una fugaz mirada, sobre esos desiertos páramos, bastó para que conociera cuál era el alimento que sustentaba a aquellos que allí se perdían: la paz.
Fue un encuentro donde mueren las palabras porque todo es sentimiento; pero no un sentimiento de emociones que alteran el corazón, erizan la piel o anuncian una lágrima, no. Era uno de esos, tan íntimos, que te aniquilan las sensaciones y te llenan de espíritu.
 Son instantes en los que lo mejor es abandonarte y que sea él quien te guíe y dicte los pensamientos.
Frente a ese espacio que respiraba eternidad, me sentía un minúsculo punto en el universo y a la vez tenía la sensación de que alma y corazón estaban presentes en cada palmo de ese vasto imperio.
La mirada se perdía, escrutaba cada uno de esos rincones, hasta que divisó, en la lontananza, la imagen de un hombre en medio de una masa de  nubes de lana que se movían lentamente a ras de suelo.
Lejos de que esa inesperada aparición rompiera el hechizo, fue verla y sentir una punzada más intensa de esa paz que me había invadido y, al igual que me arrastró la misteriosa llamada del campo “muerto”, esa figura humana hipnotizó mi voluntad y me dirigí a ella.
Era un pastor al que los pliegues y el color de la piel delataban que se había batido en numerosos duelos con las inclemencias del cielo.
Un viejo morral colgaba de su hombro, y por lo raído y usado que parecía, en él debía haber acumuladas muchas lunas y soles al raso.
Le hice partícipe de mis impresiones y, tras esbozar una sonrisa de asentimiento, dejó escapar sus reflexiones, fruto de esas horas compartidas con esos silencios.
No hizo falta preguntarle, fue él quien abrió el libro de la vida y empezó  a pasar sus páginas, escritas al amparo del frío, del calor, del viento, de la lluvia,  eternas compañeras mientras pastorea su rebaño de nubes de lana, y cada una llevaba la firma de su corazón y el sello de su alma.
Y esas ideas son las que ahora transcribiré; adornadas, sí, pero en su sentimiento y esencia, intactas.
Miramos al cielo, donde el sol ya empezaba a esconderse, y habló del atardecer como el silencio que guarda la naturaleza cuando se dibuja la sangre en la tierra.
La noche, para él, es  una vida que se consume y en la que piensa cuándo volverá a nacer.
La aurora, ese instante en que todo resucita e ilumina nuevos caminos en los ojos que la contemplan.
Y como eran muchos años los que había visto pasar, entre ellos hubo espacio y tiempo para pensar en esos hitos que marcan nuestra existencia: muerte, vida, esperanza, dolor, olvidos y sonrisas.
Y estas son las conclusiones a las que llegó ese viejo pastor:
¿La MUERTE? El marchitar de la vida que deja la semilla de otra nueva.
¿La VIDA? Bella o fea, según el prisma con que el corazón la vea.
¿La ESPERANZA? Desear siempre lo mejor, aunque lo que tengamos ya sea bueno; es decir: soñar.
¿El DOLOR? Amargo cuando nace del rencor, llevadero cuando trae algo mejor; pero siempre: una espina.
¿El OLVIDO? La tumba de los malos recuerdos y, a veces, el silencio de nuestra ingratitud.
¿Una SONRISA? Una esperanza ante el dolor que ha causado el olvido, y que devuelve la vida cuando uno siente la muerte.
 Si llegué a ese campo “muerto” herido por la paz que me ofrecía, lo abandoné muriéndome con él y enterrando, en su desnuda alma, la mía.
No he vuelto a sentir esa paz, y recordarla me causa fiebres de nostalgia que esta vida no apaga.
Esperaré a que sus calladas voces vuelvan a llamarme, me susurren su  soledad y me arrastren hacia ese lugar “perdido” donde una desnuda alma y un viejo pastor me abrieron el “libro de la vida”.


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domingo, 24 de mayo de 2015


VALENCIA (España)

Playa de la Malvarrosa (Valencia)

Y hubo un día en el que el sol, viendo que sus viajes por el universo eran prolongados, decidió levantar una morada que le permitiera un descanso.
Y sin pensárselo, sus brazos de fuego se apropiaron de esta tierra, que tantas veces había sobrevolado, como su refugio deseado.
Alguien piensa que fueron los celos el motivo de su elección, y no les falta razón.
Al sol se le removió el corazón cuando vio que a Valencia siempre la contemplaban unos ojos azules, los del cielo, y los labios salinos del mar besaban continuamente su piel de blancas arenas.
Y si esto no hubiera sido suficiente para convencerlo, un aire vestido de brisa llenó el cielo valenciano de esos suspiros que nacían del amor entre la luz y la tierra.
Ya era suficiente.
El sol clavó, en esas playas, sus picas de fuego y enarboló su ígnea bandera.
Fruto de este idilio entre Valencia y esa fuente de vida, nacieron las flores, las hijas más bellas que puede engendrar el sol.
Y tampoco falta razón a quienes sostienen que son bellas porque su madre es Valencia.
Poco importa que Dios me prive la vista, pues sabría que te he alcanzado cuando la voz de tus aguas, el olor de los naranjos o el tacto de tu arena dejen, en mi alma, el gusto de lo eterno.
Valencia, si en tu mar dejó Dios el sello de la providencia y en tu suelo buscó refugio la flor, tú, agradecida,  hiciste, del fuego del sol, una túnica de colores.
En esas noches falleras, donde la luna se polvorea el rostro con luces de fiesta y la noche siente, por unas horas, que es día, queda grabada, en el cielo, tu alma.
Valencia, tierra de arrozales y paella, cuando me aleje de ti me perseguirá tu brisa marina y mi corazón irá robando sus suspiros, esos que, un día, nacieron del amor entre el sol y tus blancas arenas.
                                                         

sábado, 23 de mayo de 2015


DICCIONARIO DE UN ENAMORADO

Apolo y las musas”, de Simón Vouet

Alas: Brazos que planean sobre el campo de otro cuerpo dejando una sombra de paz.
Besos: Sentimientos que queman en los labios porque no aguantan su presidio y quieren huir.
Caudal: Vírgenes aguas de un río que acogió sueños, solitarios o compartidos, y engulló los suspiros.
Días: Aquellos que no murieron al llegar la noche porque siguen viviendo en el recuerdo.
Espejos: Metáfora de tus ojos cuando los acaricia una luz.
Felices: Dícese de los segundos que la vida regala a quienes se aman cuando están juntos.
Gotas: Lágrimas de  amaneceres que traspasan la ventana para recordarme que existes.
Hojas: Residuos del otoño que pisan los enamorados  bajo un cielo de nostalgia y poesía.
Infinito: Cualidad del tiempo cuando mi alma descansa en tus manos,  y del espacio cuando lo atravesamos.
Juventud: Etapa de la vida que derraman tus ojos cuando clavan su mirada en quien te  mira.
K: Letra ignorada por los sentimientos.
Simboliza a aquellos desconocidos que nacen cuando te besan o acarician por primera vez.
Luna: Alma que nació en el cielo de la noche cuando nuestros labios dibujaron un beso.
Música: Armonía de pasiones que vibran en mi ser cuando tu pensamiento lo roza.
Nunca: Única respuesta que cabe cuando me preguntan en qué momentos te olvido.
Ñ: Letra  imprescindible para construir la bóveda del amor: los sueños.
Ola: Espasmos del mar cuando siente que, abrazados, lo miramos.
Parto: Instante en el que, tras fundirse dos corazones, nace uno nuevo.
Quejido: Saeta que nace del pecho cuando siente tu ausencia.
Racimo: Conjunto de emociones, penas y alegrías cuyo tallo son dos almas.
Siempre: Duración de tu recuerdo en mi memoria.
Tú: “Segunda persona” del singular, pero en la escala de mi vida, siempre estarás delante de mi yo, y ambos construiremos un “nosotros”.
Ungir: Momento en el que, en esos pechos, entra a cohabitar el beneplácito de Dios.
Volátiles: Nuestros pasos por esta tierra. Nuestros cuerpos cuando soñamos.
W:. La unión de las iniciales de dos experiencias forjó esta letra: Verte y Vida.
X: Valor perteneciente a  la ecuación: corazones + almas + X= AMOR. Donde X= Misterio.
Yema: Pequeña cueva que albergaba nuestros destinos hasta que los sentimientos rompieron sus hojas.
Zafiro: Con esta azulada piedra vistieron tus ojos, y con ella los esculpieron en mi corazón.

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viernes, 22 de mayo de 2015


ERES…


Una nube  solitaria en el cielo.
Un eco  perdido entre montañas.
La luna  flotando en las azules aguas.
El rocío en el amanecer de tu mirada.
Todo esto, más aquellos sentimientos que no encuentran palabra,
es tu lágrima.
Aurora que rompe las sombras.
Agua corriendo entre peñas.
Abanico de colores en mi vida.
Aire nuevo en los rincones de mi alma.
Todo esto, más aquellos sentimientos que no encuentran palabra,
es tu sonrisa.
Aves que van dejando una estela de paz.
Suave brisa que alimenta los deseos de amar.
Silencios que despiertan sueños.
Lluvia en el huérfano desierto.
Todo esto, más aquellos sentimientos que no encuentran palabra,
son tus manos cuando acarician.
La alegre espuma de las olas.
Pétalos abiertos que descubren el pecho de la flor.
Baladas que enamoran.
Ladrones, soñadores, felinos, hechiceros…
Todo esto, más aquellos sentimientos que no encuentran palabra,
son tus ojos cuando miran.
Nieve que despierta la pureza de la infancia.
Blanca paloma entre halcones.
Niña que sueña.
Fuego que purifica las pasiones.
Todo esto, más aquellos sentimientos que no encuentran palabra,
es tu alma.
Brasa incendiaria de campos que estaban muertos.
Mar donde mueren las penas y resucitan las alegrías.
Bosque de aromas y sonidos.
Umbral de tierra sagrada, donde habitan los sueños.
Todo esto, más aquellos sentimientos que no encuentran palabra,
es tu corazón cuando me llama.
Eres ese elenco de impronunciables sentimientos que se escapan a la razón.
Eres metáfora, imagen de ideas que solo habitan en quien ama.
Eres la causa por la que vivo, la razón por la que amo.
Eres esos momentos en los que los que la vida se reduce a una lágrima, a una sonrisa, a unas  manos que me sobrevuelan, a una  mirada, o a un corazón atado al alma.
Eres todo esto,… más aquellos sentimientos que no encuentran palabra.



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jueves, 21 de mayo de 2015


¿POR QUÉ?

Bastará  que ella deje su mirada ensoñadora volando en busca de tus ojos para que tú la transformes en sal que busca tus heridas.
Y cuando, temblándole la voz por miedo a tu respuesta, diga que te quiere, la despreciarás porque eso es signo de flaqueza.
¿Quién te hizo sentirte dueño de esa vida que se abandonó en tus manos?
¿No ves que es el amor la causa de esa entrega?
¿De qué especie es esa herida que se abre en tu alma y hace que veas en el amor que ella te da, una obligación, y en quien te ama, una sierva?
¿Por qué sientes que una caricia o un beso son incompatibles con tu piel?
¿Por qué una lágrima no te apiada y hace que la ira te consuma entre sus llamas?
¿Por qué piensas que amar por amar no tiene sentido?
¿Por qué cuando ella busca hacer, juntos, el camino tú vas borrando esas huellas?
¿Por qué si ella te ofrece todo el cielo que cabe en su pecho, tú compartes con ella tu propio infierno?
Alguien tuvo que robarte el alma o a alguien tuviste que venderla para negarte a respirar esos aires que rejuvenecen, para que tu endiosado corazón transforme ese desvivirse en sumiso esclavo.
Tuviste que cerrar, hace tiempo, esa puerta por la que entran los afectos y llegaste a odiarte; por eso no comprendes que alguien ame a cambio de nada.
Pero ella nunca perderá la esperanza de quebrar esa piedra que te envuelve.
Ella abonará con el sufrimiento y sus calladas lágrimas ese espacio en el que vivís, porque así es el amor y porque ella lo ha conocido aunque tú no lo comprendas.
Ella seguirá soñando con esa tierra prometida, esa misma tierra que tú te empeñas en quemar.
Y aunque conviertas sus sueños y su corazón en cenizas, de ellas resucitará continuamente, cada vez que la golpees, cada vez que la desprecies, esa fuerza inquebrantable del amor que la anima a levantarse para seguir luchando y viviendo.
Sin embargo, tú, cada vez que la hieras, seguirás echándote sal en tu propia herida y vivirás, bajo esa apariencia de dominio, como amargado esclavo de ese odio que te tienes a ti mismo.
No, lo tuyo no es amor, lo tuyo es dominio, sometimiento, fuerza; es decir, confundiste los términos y te equivocaste de sentimiento.
Mírate a los ojos cuando estés a solas y rememora tu “obra” dejando que el silencio reviva sus súplicas, sus lágrimas, sus heridas y sus sufrimientos.
¿No te sientes monstruo o no sientes, en tu conciencia, ni un débil eco?
Nadie podrá entender por qué al amor se le paga con venganza.
Y aun sabiendo que eres digno de desprecio, intentaré buscar, en tu paupérrima alma, una luz;
en tu vendido corazón, una esperanza; bajo tu piel de odio, un noble sentimiento. 
Por ello, mira cómo te mira, cómo te ofrece su desnuda vida, cómo te busca para darse.
Deja de ver, en ella, ese enemigo que llevas dentro, deja de luchar contra ti mismo y ojalá resuene en tu conciencia un bienvenido “¿Por qué...?”

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 20 de mayo de 2015


SEÑALES DE TRÁFICO


Desde que nacemos, somos una  ventana que se abre al mundo que la rodea, para que los sentidos lo engullan, el corazón lo interiorice, el alma lo trascienda y, así, todo nuestro ser se convierta en mano pedigüeña que recoja esos sonidos, luces, gestos y colores que nos ofrece la vida.
Todo lo sometemos al juicio o al prejuicio y, tras pasar por el laboratorio de la experiencia, nacen esos sentimientos que nos acompañarán el resto del camino.
Pero he huido de esa información evidente que delata las emociones (una lágrima, una sonrisa, un beso, una enfermedad o una caricia)  y me he fijado en esas señales, nacidas de la mano humana, que nos previenen y alertan cuando conducimos.
He querido ver que esa carretera sobre la que hacen guardia, es la vida; y ese coche que se cruza con ellas, nuestro corazón y alma.
CEDA EL PASO:
Evoco esos días en los que las nubes, reservadas para el cielo, se salen de su papel y, vestidas de niebla, quieren ocupar la tierra; pero llega la aurora y le ceden el paso a sus flechas de luz, que hieren el orgullo  de esas nubes que quisieron apropiarse de un trono que no les correspondía..
Y habrá momentos en los que nuestro ego deba ceder el paso a lo que nos viene impuesto, aunque nos siente como sal en la herida.
.SEMÁFORO ROJO:
Recuerda esos momentos en los que un amor prohibido o frustrado te dejó una sombra de sangre y pintó, en tu corazón, el crepúsculo.
Son esas hojas de calendario que quisieras que el viento arrancara y que nunca más volvieran.
Esa luz te anuncia el umbral de lo prohibido; esa tierra que nunca debes pisar porque anuncia peligro.
SEMÁFORO VERDE:
¿No has sentido, en ocasiones, que el sol despertaba  la esmeralda de los prados y tu mirada aprovechaba para plantar, en medio de esa magia, esas flores que colorearon tus ilusiones?
Pues esa luz verde es quien te permite adentrarte en esos campos, en esos días por los que suspiraste, por los que te robaste horas de sueño para crear otros nuevos.
LÍMITE DE VELOCIDAD:
En cuántas ocasiones quiso un río acelerar su llegada al mar y, en esa loca carrera, acabó cayendo al vacío para morir en otro lugar.
No quieras precipitar lo que en su tiempo llegará. No dejes que el deseo te ciegue, no sea que pases por encima de esos detalles que solo se ven cuando se saborea la vida; esos que, si se olvidan, duele.
OBRAS:
Son esa lluvia inesperada que, por buena que sea, no eligió bien el momento en el que hizo acto de presencia.
Las “obras” son esos incomprendidos momentos a los que nunca invocamos y por eso mismo no entendemos por qué llaman a nuestra puerta.
Pero, otras, somos nosotros mismos quienes debemos hacerlas para reparar una ofensa, coser un desgarro en esa alma a la que herimos, o repintar el amor con esos colores con los que vio la vida.
Molestas, pero necesarias, ayudan a sostener los pilares del corazón y el alma.
ANIMALES SUELTOS:
No podremos evitar que se crucen, en nuestra vida, personas a las que no buscamos y nos dejen una sombra o una herida.
Pero sabedores de este riesgo, iluminemos los caminos con la luz de la prudencia, esa que discierne el interés, de la amistad; la aventura, del peligro. 
SUELO RESBALADIZO:
Quién no ha sentido la tentación de querer conocer los ocultos secretos que encierra la noche.
Y en la vida, más osados, nos hemos atrevido  a desafiar a esos territorios de arenas movedizas por el mero hecho de saborear el riesgo.
¿No fue la causa de que una amistad se quebrara o de que un corazón se sintiera dolido, el que, insensatos, nos adentráramos en terrenos que, bajo sus mieles, ocultaban el fango? 
PRÓXIMA SALIDA:
Ya sentimos que la vida se acaba, que las pocas horas que quedan se pelean por ver quién será la última en despedirse.
Entraremos en esa fase en la que el ocaso anuncia a la inminente noche, esa noche que todos intuiremos en el umbral de nuestra vida.
Sabemos que esa “próxima salida” es la última y que, aunque no queramos, la vamos a tomar.
CALLE CORTADA Y ÁREA DE DESCANSO:
Es el final de este viaje que empezamos al nacer.
Habrá quienes se hayan saltado las  señales y hayan dejado vidas rotas en la cuneta, corazones destrozados o almas inocentes mancilladas. Esos, serán los que encuentren, en  la “próxima salida”,  un oscuro callejón sin salida, donde no hay retorno ni dicha.
Sin embargo, estarán aquellos que, no estando exentos de errores, lucharon por cumplirlas.
Y quienes desearon que la felicidad fuera madre de todos, encontrarán esa área de descanso donde empieza otra carretera que no necesita de señales porque no existen peligros y la felicidad es eterna

Abel De Miguel Sáenz
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martes, 19 de mayo de 2015


UNA CHOZA Y LA LUNA


Si,  muriéndome, me miraras y tu última palabra fuera una lágrima; si la primera luz que dejara la aurora fuera  un beso de tus labios; si postrado por el dolor, verte fuera mi único bálsamo; si en cada instante en que la vida se rebelara, surgieras, en cualquiera de tus matices, como mano salvadora, no dudaría en repudiar esa vida libre de penurias, pero sin verte, y abrazar aquella en que sienta, a la vez,  la guadaña del peligro y a tus ojos en continua vela.
Y sería egoísta si dudara, porque prefiero vivir en  una choza, sometida al puño de la tormenta pero acompañado, que en el balneario de una vida regalada, pero con tu ausencia.
Hoy he visto la luna en el brillo de tus ojos cuando a los míos los cubría una noche sin estrellas, e impulsado por ese milagro, he pedido a esa ladrona de corazones que se dibujaba en tu mirada, que haga, de ella, su morada eterna.
Le he pedido, a la vida,  que saliera a mi encuentro y le he robado una parte de su tiempo, un suspiro de imágenes que resuciten esos misterios que solo sondean aquellos corazones que hacen, de un amor, el sustento de esas horas cuando lo tiene lejos.
Y cuando llegue ese momento en el que sienta haber revelado todas mis confidencias, o cuando esta lluvia de emociones deje de golpear el fondo de mi alma, quisiera que en la tuya despertase un coro de ilusiones cuyas voces te hicieran sentir que tu corazón es  demasiado pequeño para  amar todo lo que quisiera.
Quisiera que vibraras como gota temblorosa al rozarla el viento; que ese viento te acercara mi recuerdo como el mar entrega sus olas a la arena; y, en esa arena, escribir nuestros nombres para que el sol los grabara con su fuego.
Quisiera sorber los posos de tu alma,  que siempre serán más brillantes que el mayor de mis sentimientos.
Son deseos que necesito escribirlos para liberar, de sus prisiones, estas voces que nacieron desde nuestro  primer encuentro.
Así, pido, quiero y deseo  esa choza en la que pueda compartir tu lágrima en mi agonía, tu beso en el alba,  el bálsamo de tus ojos en mi dolor, y, sobre todo, como ahora, contemplar la luna y, a la vez, tus ojos, esos ojos que ella eligió como su morada eterna.

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 18 de mayo de 2015


OCASIÓN PERDIDA


Y el polvo del olvido ciñó tu  corona, si es que queda algo de ella, porque no fueron suficientes tus obras para dejar ni una línea en el libro de los buenos recuerdos.
Estos ojos que te miran, ¿qué contemplan?
Una tumba.
Y esa capa bermeja que cubría tus hombros, y a la que ni el viento osaba molestar en las grandes batallas, ahora lucha indefensa contra los insectos, que la faltan el respeto mientras tus huesos mendigan una tregua.
Tuviste en tus manos el poder para hacer y deshacer.
Bastaba tu palabra para que tu voluntad se ejecutara.
Tus deseos no eran relámpagos que cruzan frente a la ventana y solo duran el instante que la vista los contempla.
No.
Colmaste tus apetencias con el simple pago de tu rango.
Tuviste la osadía de enfrentar tu trono contra el tiempo.
Pensaste que lo terrenal era eterno y trataste a la muerte como vasalla de tu séquito.
Ahora duermen para siempre, juntas, tu inconsciencia y atrevimiento.
Solo queda, como perfecta imagen de tu corazón, la dura piedra que te cubre, adornada con tu nombre y unas fechas.
Pero bajo esa losa solo yace un cuerpo sin obras.
Y al pasar la gente junto a ella, la besan, pero no con labios amorosos, sino con compasivos suspiros que dejan, sobre tu tumba, oraciones por tu alma.
No se dibujan en los rostros ni la admiración ni la envidia, y eso te mortifica.
Pero tal vez, un día, esa caridad ajena arranque tu alma de ese campo de batalla en que ahora se encuentra.
Duerme, pobre, el sueño de los mortales donde hay un mismo trono para todos: la tumba; y un único estrado: la tierra.
En realidad, sigue durmiendo, porque así pasaste por esta vida.
Hiciste de ella un rastrero sueño, olvidándote que al despertar te esperaba lo eterno.


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domingo, 17 de mayo de 2015


CORAZÓN EMBARAZADO

"Creación de Eva", Miguel Ángel (Capilla Sixtina)

Y un día descubrí que dentro de mi  vida latía otra.
Había permanecido silente, desapercibida a los ojos del corazón y del alma, aunque bien es verdad que había momentos en los que parecía  que ambos hablaban con una voz que no era la mía.
La supuse una locura transitoria derivada de los sueños; agradable, sí, pero rápidamente olvidada.
Y, sin embargo, vivía en mí desde la eternidad, lo mismo que yo vivía en ella…aunque no lo supiera.
Y tuvo que ser el destino quien la conservara en mi pecho, aunque la ignorara, esperando ese momento en que Dios la resucitara de las cenizas de mi corazón.
Vivían  al compás, sufrían los mismos síntomas, y tan perfectamente acopladas, que no distinguía sus suspiros, sonrisas y latidos, de los míos.
Era como si dos seres me habitaran; como si la luna viviera dentro del sol y este la desconociera.
Ahora me doy cuenta que cuando oía hablar del amor, las emociones se redoblaban.
Ahora entiendo por qué cuando la tristeza me clavaba su venenosa daga, siempre sentía una voz de consuelo.
Ambas contemplaban el paso del tiempo, aunque, para ellas no pasaba porque lo habían hecho parar. Sus vidas eran como esas noches en la que la luna para su curso para platear las sienes de quienes se besan bajo ella.
Vivían como esas auroras en las que el sol parece detener su carro para coronar de oro las praderas.
Y así iban viviendo sus respectivas sensaciones en una sola carne,  porque uno solo era el sentimiento.
Y llegó ese día en que tus azules ojos se cruzaron con los míos.
Llegó esa hora en que esa silente vida decidió salir de  su escondite y yo decidí saber quién era.
Y como era designio de Dios que nos acabáramos encontrando, no podía vivir por más tiempo ese secreto.
Desde entonces, sigo sintiendo lo mismo que cuando vivías en los secretos pasillos de mi corazón, salvo que ahora te veo.
Y si tú, mis manos buscaras; si yo, tu alma tuviera; si tú, por mí rezaras; si yo, a ti te quisiera; si hiciéramos, de nuestras vidas, una frenética carrera en la que venciera el que más diera, entonces, llegaríamos juntos a la meta y no importarían las penas, porque cuando dos personas se aman, no hay sufrimiento, salvo el de pensar que un día te perdiera.
Así es el amor: designio de Dios donde no existen los secretos; donde cada pecho guarda, a veces sin saberlo, el corazón del otro; donde una vida silente late esperando que un día la descubras.
Sí, ahora sé que, en esos momentos en que te sentía sin verte, tenía el corazón embarazado y solo era cuestión de tiempo que nacieras.


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sábado, 16 de mayo de 2015


SE NECESITABAN


Se aferró al árbol del que había  caído.
Logró engañar a un despistado  viento, aunque con la tristeza de ver cómo se perdía la estela de aquellas con las que había convivido; de aquellas que, como a ella, habían expulsado del balcón de las ramas para conocer la aridez del suelo.
Pero su pesar no era el único.
Los desnudos brazos del árbol también gemían a la vez que el dolor los inclinaba lenta y penosamente.  También, al árbol, le habían robado una parte de su vida.
Una hoja huérfana y extraviada, frente a un corazón de madre a quien le habían expropiado el alma, se miraban ofreciéndose compasión y pidiendo consuelo.
Una, ya sin vida, quería volver a subirse a ese balcón desde el que sintió la luz del alba y los fríos besos de la noche, para dejar sus cenizas en esas ramas deshabitadas.
Pretendía revivir un pasado que ya había muerto.
Quería que naciera fuego, de las heladas aguas.
Pero esos deseos eran los mismos que habitaban en el afligido árbol.
¡Cuánto daría por sentir el roce de esa hoja, aunque ya no tuviera vida, y recordar esos días en los que sus ramas eran alegre guitarra!
Pretendía que el tiempo volviera atrás  su mirada.
Quería que las sombras brillaran.
Pero tenía que llegar la hora en la que sus mustias sonrisas abandonaran sus tristes ropajes y colgaran, en el atrio de sus labios, los primeros rayos de luz.
No  importaba que la fortuna las hubiera abandonado, que no las rozara con sus dedos, o que sus sueños, como las otoñales hojas, huyeran al sentir el primer viento.
En esa situación, en la que solo divisaban un ejército de negras nubes viniendo en auxilio de las que ya se marchaban, bastaba que se abriera una grieta en esa rocosa capa que las envolvía para que sus almas dejaran de sentir el asfixiante puño de la desgracia.
No eran suficientes las amables palabras que pudiera decirse; se agradecían, sí, pero no les quitaban la carga, solo las animaban a llevarla.
Ahora, frente a frente, se les abría un horizonte del que salían dos caminos: sumar sus pesares y agrandar su duelo, o escenificar una obra en la que dos fallecidos actores interpretaban el papel de la vida.
Eran muchos los motivos que tenían para optar por el segundo.
Una vez que en ambos había nacido este deseo, descubrieron, al mirarse, esa grieta que rompía su oscuro cielo.
Las ramas, hasta ahora inclinadas por el dolor, acabaron por besar a esa hoja que yacía en el suelo, la cual no dudó en subirse a sus desiertos lomos, a ese balcón en el que transcurrió su vida.
Tal vez una despistada mirada observara con tristeza esa postal de una aislada hoja durmiendo en una desnuda rama, pero si pudiera penetrar en los corazones de ambas, descubriría que el ambas eran felices.
Una, porque le permitía recuperar la sensación de tener una hija entre sus brazos; la otra, porque había encontrado se balcón desde el que la luz del alba la acariciaba y la luna la besaba.
Las dos eran tumba, pero una tumba de oro, porque hasta cuando te despojan de todo, basta que una grieta rompa esa negra coraza, para sentir la felicidad.

Abel De Miguel Sáenz
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viernes, 15 de mayo de 2015


COMETAS


Se había desnudado y un leve viento  acariciaba su piel azul a la vez que empujaba a las últimas nubes que, perezosas y resignadas, les costaba abandonar  el páramo celeste.
Finalmente quedó tan diáfano que una irresistible atracción invitaba a contemplarlo sin medir el tiempo.
Pero si su desnudez ofrecía un mudo diálogo, su amante, el viento, despertó las infantiles ilusiones.
Sus leves soplidos eran como una mano tendida  que les invitaba a que abandonaran sus cometas en sus etéreas manos para que él las hiciera bailar. Y como un relámpago, sus deseos se hicieron realidad.
Una multitud de mariposas de papel tiñeron de infinitos colores el cielo quedando a merced de los brazos del viento.
Era un maravilloso mar en el que cada una era una elegante ola que se mecía sobre las nubes;  subían y bajaban en armoniosa marea y se cruzaban dejando un silencio de vivos colores.
Rendidas, desmayadas, se abandonaban en los invisibles brazos  de su galante pareja sin importar a dónde las llevara; les bastaba sentirse cerca de él.
Al contemplarlas, qué lejanos parecían esos días en los que el cielo muestra una mustia sonrisa.
Ahora parecía que había colgado, del balcón de sus labios, multiformes y variados rayos de luz.
Tras un tiempo contemplando los diversos arabescos que trazaban, dejé que mi imaginación atribuyera un sentimiento a cada una de ellas, en función de sus colores y su vuelo.
Y me fijé en una que parecía hija del arco iris.
Las manos de Eolo la sustentaban y, en un ritmo ascendente, parecía que  el dios del viento la llevaba al altar del Olimpo dejando, a su paso, el festival de colores que la cubría.
Su rumbo parecía ajeno al de sus compañeras, como si surcara otro cielo, y la llamé la “cometa de los sueños”.
No lejos de ella, pero en un nivel inferior, otra intentaba seguir su estela, pero más parecía que lo hacía con la mirada que con el vuelo.
Sus apagados colores, atravesados por unas finas bandas de otros más vivos, respiraban un cierto aire de melancolía salpicado de esperanza; y el contraste de su cromatismo era paralelo al de su vuelo.
Ascendía y descendía como si atravesara esos caminos donde el viento se torna caprichoso, haciendo que sus esfuerzos resultaran baldíos.
Pese a todo, no perdía de vista a la “cometa de los sueños”, por lo que la llamé la “cometa de la vida”.
Curiosamente, y pese a que en ese infinito campo, que es el cielo, había suficiente espacio para cada una, había dos que trazaban el mismo vuelo, a la misma altura, y continuamente sentían el roce de sus alas de papel.
Sus colores se complementaban, pero una visión conjunta de las dos las confería un tono cárdeno, semejante al del crepúsculo.
Y casualidad o destino, cuando se fundían en el cielo semejaban la figura de un corazón.
 Era inevitable que las llamara las “cometas enamoradas”.
Una a una, podría repasar todo el elenco de sentimientos que experimentamos en la vida.
Al principio creí que esa ilusión infantil quebraría mi deseado momento de silencio, pero finalmente agradecí, a ese ejército de mariposas de papel, que dibujaran, en el cielo, todas las emociones y vivencias que anidan en el alma.
¿Qué más podía pedir?
Había visto con mis propios ojos a los “sueños”, a la “vida” y al “amor”; y los había visto en el cielo, unidos a los transparentes brazos del cielo,  bailando sobre su piel azul.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 14 de mayo de 2015


LOS DOS LO SABÍAN


Siempre estuvo junto a su sombra, salvo cuando ya no podía acercarse más porque era ella misma.
Sobrevolaba su vida como si fuera aire.
En la distancia, escuchaba sus pensamientos como si fuera alma.
Y, en todo instante, desde su corazón le tendía un invisible puente de plata, libre de barreras, para que lo cruzara con el único salvoconducto del amor.
Pero esta vivencia la sentía cada uno sin que el otro lo supiera.
Se habían creado ese mágico mundo porque pensaban que solo así, en el aire,  podrían abrir las puertas de ese sueño; un sueño que, si tocaba tierra, se desvanecería.
Era el caso de un ilusorio amor, que creían imposible, y, sin embargo, habría bastado que susurraran sus nombres para que esas puertas se abrieran.
Ese sueño se traslucía en sus ojos, cuya mirada delataba que, cuando él pensaba en ella, o ella, en él, vivían en otro mundo y este que pisaban no existía.
Pero también se reflejaba cuando esos mismos ojos suspiraban porque, teniéndolo tan cerca, no podían, no se atrevían, a tocarlo.
Ya habían resuelto que, en sus pechos, ella y él serían secretos; serían esa ilusión que mortifica por no poderla vivir, y que consuela por poderla soñar.
Pero las raíces de sus corazones necesitaban un verdadero alimento, y esas ilusiones eran una imagen del agua, bella, grandiosa, pero que no las regaba.
Se iban secando lentamente porque necesitaban, no un sueño, sino que el amor las rozara para que pudieran beber de sus aguas.
Si  el miedo a un “no” los atenazaba a cruzar ese puente de plata, sería la compasión, esa hija del amor que no entiende de prejuicios, quien lo atravesara.
Si el temor, disfrazado de silencio, amordazaba las palabras, sería la desinhibida caridad la que golpeara esas puertas a las que el amor no se atrevía a llamar.
Y bastó que un lastimero suspiro se perdiera en el aire para que él, ignorante de los labios que lo parieron, sintiera, al oírlo, que un corazón se moría.
Se olvidó de su propia muerte, de que sus raíces se estaban secando, y acudió a salvarlo.
¡Oh Dios!, realmente no hacían falta las palabras para expresar lo que se amaban.
Se encontraron cara a cara, se cruzaron, en silencio, las miradas, y esos invisibles puentes de plata se vistieron de brazos y se buscaron.
El sueño había pisado la tierra y, lejos de desvanecerse, engendró otros miles que nacían en cada beso que se daban.
Vivieron al borde del abismo, pero era imposible que cayeran porque el miedo al fracaso nunca podrá vencer el mutuo deseo de amar y ser amado.


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¿SERÁ HOY?


Esperaba que la dadivosa Fortuna, la misma que regaló, a mis labios, tu beso sincero, volviera a abrir sus manos y, generosa, me permitiera revivirlo.
Fue uno de esos momentos en los que el tiempo se para, para esculpirlo en la memoria, y el corazón se acelera, como queriendo vivir, en esos segundos, todo lo que le quede de vida.
¿Será hoy?
Le he pedido, al viento, que rescate aquellos ecos que sus brazos dispersaron por un oscuro mar.
Fue una noche en la que, asomado a la borda de un barco, la memoria revivía esas imágenes en las que, por primera vez, nuestras manos y miradas se cruzaron, y el corazón dejaba escapar ese himno silencioso dedicado a la alegría.
A esos ecos me refiero.
Nunca los he olvidado, pero me gustaría que sonaran como si ese ayer resucitara y volviera a ser el primer momento.
¿Será hoy?
He vuelto a recordar esos desnudos campos, vacíos de huella humana, desnudos de ruidos, salvo el del viento, pero en los que bastaba una fugaz mirada para que te atraparan el alma.
Añoro  ese silencio que acrisola los sentimientos, depura sus pasiones y los recluye en esa celda donde se conserva el amor bajo el hábito de lo íntimo y lo sagrado.
Campos, abandonad, aunque sea un momento, vuestro claustro de soledades e invadid mi agitado mundo.
Os espero.
¿Será hoy?
He soñado que llegaría el día en que se abrieran los portones que celaban a la aurora y, al verla despertar de su obligado sueño, descubría una sonrisa que llenaba el horizonte y su luz se adentraba en los corazones que sufrían.
¿Será hoy?
He recordado esas lágrimas con las que la vida hirió, y cómo el tiempo fue curando su dolor.
Pero también he recordado aquellas que brillaron a la luz de la emoción y cómo el tiempo las ha esculpido para que entendamos que no todo es dolor.
Y sobre el vasto campo de la memoria, he dibujado un paisaje en el que las primeras encontraron un pañuelo solidario que las secara; y las segundas, otros ojos compañeros que las compartieran.
¿Será hoy?
Y no sé si este  desatado oleaje de buenos deseos es fruto de una enfermiza euforia, pero tengo el presentimiento de que a cada cual le llegará un día en el que  un beso le invadirá de silencio, sentirá que se abren las puertas de su corazón y ve una sonriente aurora en la que no existen las lágrimas.
¿Será hoy?

Abel De Miguel Sáenz
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