sábado, 30 de mayo de 2015


AGUAS  CONFIDENTES



¿Quién te hirió, río?, ¿quién dejó, en tu lecho, tal pena que tus labios orilleros no paran de gemir?
Si fue el desconsuelo de un amor frustrado, ahógalo en tus aguas, pero no lo devuelvas envuelto en lágrimas.
Si es el cielo quien te presta su llanto, sé pañuelo que las absorba, pero nunca su eco.
Y si tu corazón rezuma el amargo sabor de una herida que  una palabra a destiempo pudo dejarte, oculta  esa huella  entre las que te hicieron soñar.
Triste río, no llores más, que tu pena es la mía y yo no quiero llorar.
Yo vengo a contarte mis sueños, esos en los que tú eres experto porque los has visto navegar.
Quiero hablarte de esos sentimientos que bullen en silencio y que cada vez que afloran hacen que ojos y sonrisa se pierdan en un desconocido mundo.
Lo siento, lo noto, sé que vive en mi pecho, pero me falta ponerle rostro.
Y a la espera de que llegue ese momento, vengo a que me cuentes la verdad de ese sentimiento; tú, en cuyas aguas se han escrito poemas de triunfo y derrota.
Dibuja sobre ellas los primeros ojos que dejaron en tu cristalina piel el amor que encerraban.
Cuéntame cómo es esa mirada o qué milagro se esconde tras ella.
Dime, si los secretos de tu alma lo permiten, si es verdad que cuando una persona que ama  te mira, ya solo piensas en esa mirada, ya nunca la olvidas.
¿Y es cierto que cuando su mano hiende tus aguas, tal vez buscando, en ellas, algo parecido a la suavidad que su pecho siente, en el tuyo nace una nueva vida?
Dime, si tus palabras pudieran, si es verdad que al sentirla ya no quisieras desprenderte de ella.
Dicen que una falta en el amor, no es una falta cualquiera.
Que puede llegar a abrir las puertas del infierno en quien la sufre y que a ti se acercan para volcar su fuego entre tus aguas.
¿Es por eso por lo que algunos días enmudecen y no hacen sonar su balada?
¿Y es verdad que cuando nuevamente vuelven a dejar su voz de paz es porque has curado esas heridas del amor, tan dolorosas, pero también las más dispuestas a perdonar?
Me conformaré con imaginarlo, con soñar esos misterios, y dejaré, a los pies de ese amor ideal sin rostro, una lágrima, un suspiro, una sonrisa, algo que indique que en mi alma late un cariño por ella.
Y ahora veo que ha bastado que tus aguas oyeran esa palabra para que dejen de llorar.
No seré yo quien te anime a ello.
Solo quiero dejar, en tu pecho de cristal, esa voz silenciosa que suena en el mío; y cuando encuentre su rostro, vendré a contarte mis sueños, esos que tantas veces has visto navegar.



Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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