lunes, 25 de mayo de 2015


CUÉNTAME, PASTOR




Era uno de esos campos que llamaríamos “muertos” pero que el corazón de la naturaleza no olvida.
Ni el suyo, ni el de algunos mortales que descubrieron en ellos el alimento de su vida.
Un día, sin saber de qué artificio se valió, ese campo dejó que sus calladas voces se escaparan y me susurraran su  soledad.
Embrujado por esa misteriosa llamada,  me vi arrastrado hacia ese lugar “perdido” y, casi sin saberlo, me encontré frente a su desnudez, pues eso es lo que vi: un campo que solo era alma.
Una fugaz mirada, sobre esos desiertos páramos, bastó para que conociera cuál era el alimento que sustentaba a aquellos que allí se perdían: la paz.
Fue un encuentro donde mueren las palabras porque todo es sentimiento; pero no un sentimiento de emociones que alteran el corazón, erizan la piel o anuncian una lágrima, no. Era uno de esos, tan íntimos, que te aniquilan las sensaciones y te llenan de espíritu.
 Son instantes en los que lo mejor es abandonarte y que sea él quien te guíe y dicte los pensamientos.
Frente a ese espacio que respiraba eternidad, me sentía un minúsculo punto en el universo y a la vez tenía la sensación de que alma y corazón estaban presentes en cada palmo de ese vasto imperio.
La mirada se perdía, escrutaba cada uno de esos rincones, hasta que divisó, en la lontananza, la imagen de un hombre en medio de una masa de  nubes de lana que se movían lentamente a ras de suelo.
Lejos de que esa inesperada aparición rompiera el hechizo, fue verla y sentir una punzada más intensa de esa paz que me había invadido y, al igual que me arrastró la misteriosa llamada del campo “muerto”, esa figura humana hipnotizó mi voluntad y me dirigí a ella.
Era un pastor al que los pliegues y el color de la piel delataban que se había batido en numerosos duelos con las inclemencias del cielo.
Un viejo morral colgaba de su hombro, y por lo raído y usado que parecía, en él debía haber acumuladas muchas lunas y soles al raso.
Le hice partícipe de mis impresiones y, tras esbozar una sonrisa de asentimiento, dejó escapar sus reflexiones, fruto de esas horas compartidas con esos silencios.
No hizo falta preguntarle, fue él quien abrió el libro de la vida y empezó  a pasar sus páginas, escritas al amparo del frío, del calor, del viento, de la lluvia,  eternas compañeras mientras pastorea su rebaño de nubes de lana, y cada una llevaba la firma de su corazón y el sello de su alma.
Y esas ideas son las que ahora transcribiré; adornadas, sí, pero en su sentimiento y esencia, intactas.
Miramos al cielo, donde el sol ya empezaba a esconderse, y habló del atardecer como el silencio que guarda la naturaleza cuando se dibuja la sangre en la tierra.
La noche, para él, es  una vida que se consume y en la que piensa cuándo volverá a nacer.
La aurora, ese instante en que todo resucita e ilumina nuevos caminos en los ojos que la contemplan.
Y como eran muchos años los que había visto pasar, entre ellos hubo espacio y tiempo para pensar en esos hitos que marcan nuestra existencia: muerte, vida, esperanza, dolor, olvidos y sonrisas.
Y estas son las conclusiones a las que llegó ese viejo pastor:
¿La MUERTE? El marchitar de la vida que deja la semilla de otra nueva.
¿La VIDA? Bella o fea, según el prisma con que el corazón la vea.
¿La ESPERANZA? Desear siempre lo mejor, aunque lo que tengamos ya sea bueno; es decir: soñar.
¿El DOLOR? Amargo cuando nace del rencor, llevadero cuando trae algo mejor; pero siempre: una espina.
¿El OLVIDO? La tumba de los malos recuerdos y, a veces, el silencio de nuestra ingratitud.
¿Una SONRISA? Una esperanza ante el dolor que ha causado el olvido, y que devuelve la vida cuando uno siente la muerte.
 Si llegué a ese campo “muerto” herido por la paz que me ofrecía, lo abandoné muriéndome con él y enterrando, en su desnuda alma, la mía.
No he vuelto a sentir esa paz, y recordarla me causa fiebres de nostalgia que esta vida no apaga.
Esperaré a que sus calladas voces vuelvan a llamarme, me susurren su  soledad y me arrastren hacia ese lugar “perdido” donde una desnuda alma y un viejo pastor me abrieron el “libro de la vida”.


facebook: Abel de Miguel fraguadeversos


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