martes, 26 de mayo de 2015


DESPOSORIOS ENTRE ESTACIONES



Una luz incipiente y vigorosa  esperaba que una madura primavera le ofreciera su lecho de flores y le abriera sus terrosas carnes para cubrirla con sus fecundos rayos.
Era el desposorio entre una dama que estaba en el esplendor de su vida: la primavera, y un joven galán, de rubias melenas y áureo rostro: el verano.
La naturaleza había abandonado ese mortecino y otoñal cielo, se había despojado de esos ropajes de clausura con los que la cubrió el invierno y, ahora, desplegaba toda su belleza envuelta en luz.
Era uno de esos idilios sentenciados, predestinados, de esos que  “nacieron el uno para el otro.
Se intercambiaron las dotes, ofreciendo cada cual lo mejor que tenía,  y conformaron uno de los ajuares más maravillosos que pueda ofrecer la naturaleza.
Había que contemplarlo en su conjunto y dejar que la mirada arrastrara al alma, y  el alma al corazón, mientras una sensación de milagro llenaba los vacíos del silencio.
Fruto de esa unión nacieron esas noches de verano en las que el aire se llena de  pacientes suspiros nacidos de  una luna complacida que dibuja su sonrisa plateada en el cielo.
La primavera sabía que ella ya lo había dado todo, pero esas flores que nacieron en su primer parto, fruto de su matrimonio con la lluvia, debían continuar el camino con sus aromas y colores; y no dudó en entregarlas al sol, un sol que realzaría la belleza con la que nacieron cubriéndolas con sus dorados brazos.
También era hora de que se secaran las fértiles lágrimas que el  agua la dejó.
Fue un llanto feliz, un llanto que engendró vida en esa tierra yacente y muerta heredada del invierno; pero ese tapiz de aromas y colores, que la lluvia bordó en su rostro, era digno de ser rematado por un hilo de oro.
Y así,  el sol se recreó en ese paraíso dejando que sus rayos barnizaran de luz cuanto rozaban.
Era como un compendio de la Creación en su estado primitivo, ese estado virginal en el que  la tierra era un milagro surgido de la nada.
Era un cómplice guiño  a la vida,  un jactarse de la invernal muerte, un apasionado y encendido beso entre pétalos y fuego, entre primavera y verano.
No necesitaba maletas para llenarlas de recuerdos.
Solo fue necesario entrar en ese mundo con el alma vacía y colmarla de esas sensaciones que brindan un lecho de flores, una fértil tierra y unos áureos rayos.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

No hay comentarios:

Publicar un comentario