domingo, 3 de mayo de 2015


EL SECRETO MAL GUARDADO


¿No os ha pasado, alguna vez, que tenéis algo muy valioso y no se lo habéis dicho a nadie?
Es vuestro gran secreto. Nadie lo sabe. Solo vosotros.
Pero claro, siempre estaríais preocupados por si alguien lo descubre.
No hablaríais con nadie, no sea que se os escape alguna palabra y lo descubran.
Pues esto es lo que le pasó a Servus, el protagonista de este cuento.
Servus, era un señor aficionado a saber cosas nuevas. Era tal su interés que se pasaba el día leyendo libros de Historia, Física, Arte, Medicina, Arquitectura, etc.
En fin, quería saberlo todo.
Cada vez que encontraba algo nuevo lo apuntaba en su libro. Ese libro era su gran tesoro.
Llegó un momento en que pensó que ya lo sabía todo, y, todo, lo tenía escrito en su libro.
No hay en el mundo un libro como este, y solo lo tengo yo.”, se decía.
Al pensar esto, tuvo miedo de que alguien más lo supiera, así que cogió el libro, lo escondió en una cámara que había en el piso superior, cerró la puerta y escondió la llave debajo de una baldosa, cerca de su cama.
Servus había perdido la ilusión que tenía cuando investigaba y estudiaba. Ahora vivía nervioso, intranquilo.
Todas las mañanas, nada más levantarse, comprobaba que la llave estaba debajo de la baldosa y luego subía a la cámara para ver si el libro seguía en su sitio.
Antes de salir de casa, miraba por la ventana y esperaba a que  no hubiera nadie cerca de la puerta, pues pensaba que le podían estar espiando.
Le llamo “Servus” porque era “esclavo” de su secreto.
Siempre que se cruzaba con alguien, pensaba: “Seguro que quiere saber mi secreto.” O “¡Cómo me ha mirado! A lo mejor sospecha algo.
Pero en realidad, nadie sabía nada y nadie estaba preocupado por lo que pudiera tener.
La gente vivía tranquila y feliz. Todo eran imaginaciones del pobre Servus.
Él, sin embargo, vivía solitario, nervioso y desconfiado. No era feliz; el miedo a que se descubriera su secreto se lo impedía.
Una mañana salió a dar un paseo, como todos los días, y vio un grupo numeroso de personas que rodeaban a una  chica que, en el centro y de pie, estaba cantando.
Lleno de curiosidad se acercó.
La voz de la chica era maravillosa y sus canciones preciosas, por lo que Servus se quedó a escucharla.
Se veía que la gente disfrutaba con esa voz.
Cuando acabó de cantar, todos la felicitaron y le agradecieron el rato tan agradable que les había hecho pasar.
Servus esperó a que se fueran todos, y cuando se quedó a solas con la chica, le preguntó; “¿Por qué lo haces?
La chica, un poco extrañada, le dijo:
Dios me ha dado esta voz, así que me gusta cantar para que los demás disfruten.”
“¡Los demás!”, “¡Qué absurdo!”, pensó Servus, y se marchó.
Un poco más adelante un grupo de niños y niñas, sentados en el suelo, escuchaban a un chico que les contaba historias.
Servus también se quedó a escuchar.
El chico las contaba tan bien que todos estaban en silencio, como si ellos fueran los protagonistas de la historia.
Al acabar, se fueron tristes porque ya no había más, pero contentos por el rato tan agradable que habían pasado.
 “¿Por qué lo haces?”, le preguntó Servus al chico.
Me gustan las historias -le contestó -, así que se las cuento a los demás para entretenerles.
¡Otra vez “los demás”! “¡Qué absurdo!”, pensó Servus, y se marchó.
Ya estaba un poco cansado y decidió volver a casa.
Poco antes de llegar vio a una señora pintando el retrato de una niña, que posaba sentada.
Pintaba muy bien y el parecido del cuadro con la niña era asombroso.
Servus esperó a que lo acabara.
Cuando así lo hizo, la señora enseñó el cuadro a la niña, y esta no paraba de agradecerla el retrato tan bonito que le había hecho.
Tómalo. Es tuyo.”, le dijo la señora, y la niña se fue llena de alegría  a su casa.
 “¿Por qué lo hace?”, le preguntó a la pintora.
Mire, me han dado el talento de pintar. Si tengo algo bueno lo comparto con los demás y les hago felices.
Estas palabras se clavaron como un rayo en el corazón de Servus.
Ya no se encontró con nadie más, así que Servus llegó a su casa.
Nada más entrar hizo lo de siempre: subió a su cuarto, miró si la llave seguía debajo de la baldosa, subió corriendo a la cámara y comprobó que el libro seguía en el mismo sitio.
Pero algo le hizo sentirse incómodo ante ese miedo por perder su “tesoro”.
Por tres veces había comprobado que las personas eran más felices cuando daban lo que tenían a “los demás”.
Bajó al salón y se sentó en su sillón preferido para repasar su libro, pero, repito, ya no era lo mismo.
Servus no dejaba de pensar en lo que había oído:
Se las canto a los demás y así los hago felices.
Lo hago para que los demás disfruten.
Si tengo algo bueno, lo comparto con los demás. Los hago felices.
Él sabía que desde que decidió guardar su secreto, no era feliz. Cansado de esta situación, se dijo: “Mañana daré el mismo paseo que hoy. A ver si los vuelvo a ver.
Llegó el día siguiente y Servus salió a dar el paseo…. ¡con el libro!
Lo llevaba guardado bajo su capa, pero quería hacer un experimento que en su libro no había escrito porque aún no lo había descubierto.
Vio a la chica, que cantaba para alegría de los demás.
Servus se acercó a ella y, abriendo el libro le dijo:
Mira, en este libro hay canciones muy antiguas, que nadie conoce.
Son tuyas, para que se las cantes a los demás.
Al leerlas, la chica se dio cuenta que esas canciones eran un tesoro de la música, y más aún cuando las cantó.
No sabía cómo agradecérselo.
Tras un momento de silencio le dijo la chica:
Ha sido usted muy generoso. Compondré una canción dedicada a usted, por lo generoso que ha sido.
Pocos días después, la chica cumplió su promesa. ¡Era la canción más hermosa que Servus había oído!
Había descubierto parte de su secreto, pero había recibido más: cariño y gratitud. Ahora, cuando había dado parte de lo que tenía, era más feliz, así que decidió repetir la experiencia visitando a las otras personas que se encontró: el chico que contaba historias y la señora que pintaba.
Encontró al chico contando una de sus interesantes historias.
Chico, le dijo Servus cuando acabó de contar la historia, en este libro hay historias que se refieren a civilizaciones muy antiguas, ya desaparecidas, que te pueden interesar.
Podrás contárselas a los demás.
El chico las leyó con cierta ansiedad.
¡Son increíbles!”, dijo el chico cuando acabó de leer. “¡Muchísimas gracias! No sé cómo agradecérselo.
Ya sé. Escribiré una historia sobre un hombre muy generoso: usted.
Ahora, el chico también contaba a los demás la historia de Servus.
Había revelado otra parte de su secreto y había vuelto a recibir más: cariño y gratitud.
Ya solo le quedaba encontrarse con la señora que pintaba.
Cuando la vio estaba pintando un paisaje.
Perdone que la interrumpa, le dijo Servus. En este libro hay técnicas y materiales con los que hacer nuevos colores; así como cuadros, que le pueden servir de modelo. Tal vez podría hacer nuevos cuadros para los demás.
La señora no salía de su asombro, sobre todo cuando vio lo que Servus le daba.
Muchísimas gracias. Ahora podré hacer cuadros con otro estilo. No sabe cuánto se lo agradezco. Es muy amable.
Y la señora le hizo un retrato a Servus con las nuevas técnicas que aparecían en el libro.
Nuevamente, a Servus le habían dado más de lo que él había dado: cariño y gratitud.
Desde ese día, Servus ya no  buscaba la llave debajo de la baldosa nada más levantarse; ni subía preocupado a la cámara, por si le habían robado el libro; ni miraba por la ventana antes de salir a la calle, por si alguien le espiaba.
Ahora se levantaba alegre; en la calle saludaba a la gente, y, sobre todo, el libro estaba en el salón, a la vista de quien quisiera verlo.
Servus había aprendido la lección:
“Si tienes algo bueno, dáselo a los demás. 
Serás más feliz y recibirás más.”

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos            

1 comentario:

  1. ...każda forma dotarcia do wnętrza stanowi pomost jedyny i w swoim rodzaju,
    ofiarowanie drobiny siebie w swej otulinie tajemnicy to najpiękniejsze wśród nas ... l u d z i , ---- dziękuję autorowi za możliwości zajrzenia w nasze umysły droga i oczami duszy . . . Elżbieta Frost ( Ela K )

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