domingo, 24 de mayo de 2015


VALENCIA (España)

Playa de la Malvarrosa (Valencia)

Y hubo un día en el que el sol, viendo que sus viajes por el universo eran prolongados, decidió levantar una morada que le permitiera un descanso.
Y sin pensárselo, sus brazos de fuego se apropiaron de esta tierra, que tantas veces había sobrevolado, como su refugio deseado.
Alguien piensa que fueron los celos el motivo de su elección, y no les falta razón.
Al sol se le removió el corazón cuando vio que a Valencia siempre la contemplaban unos ojos azules, los del cielo, y los labios salinos del mar besaban continuamente su piel de blancas arenas.
Y si esto no hubiera sido suficiente para convencerlo, un aire vestido de brisa llenó el cielo valenciano de esos suspiros que nacían del amor entre la luz y la tierra.
Ya era suficiente.
El sol clavó, en esas playas, sus picas de fuego y enarboló su ígnea bandera.
Fruto de este idilio entre Valencia y esa fuente de vida, nacieron las flores, las hijas más bellas que puede engendrar el sol.
Y tampoco falta razón a quienes sostienen que son bellas porque su madre es Valencia.
Poco importa que Dios me prive la vista, pues sabría que te he alcanzado cuando la voz de tus aguas, el olor de los naranjos o el tacto de tu arena dejen, en mi alma, el gusto de lo eterno.
Valencia, si en tu mar dejó Dios el sello de la providencia y en tu suelo buscó refugio la flor, tú, agradecida,  hiciste, del fuego del sol, una túnica de colores.
En esas noches falleras, donde la luna se polvorea el rostro con luces de fiesta y la noche siente, por unas horas, que es día, queda grabada, en el cielo, tu alma.
Valencia, tierra de arrozales y paella, cuando me aleje de ti me perseguirá tu brisa marina y mi corazón irá robando sus suspiros, esos que, un día, nacieron del amor entre el sol y tus blancas arenas.
                                                         

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