lunes, 29 de junio de 2015



LA GUERRA: HIJA DE OTRA GUERRA
 "El coloso", de Goya

Nunca habrá palabras que suplan a aquellas que ya no podrán salir de unos labios muertos, ni consuelo que acalle la dolorida voz o cure las inmortales heridas que una guerra deja.
Y aunque aquellos que sobrevivan vuelvan a sentir el recuerdo de  momentos felices, estos nunca podrán derribar el vuelo de esa amarga sombra.
Quien alimenta la guerra nunca tendrá razones suficientes, pues no hay razón más poderosa que la de la vida.
En realidad, la guerra es hija de otra guerra: la que se dirime  en el alma de quien sueña con ella.
La guerra es el espejo de ese monumento al odio que  ha levantado en su corazón; es el último peldaño de una escalera que nace de amargada alma y  no descansará hasta inmortalizar su obra.
Por ello no le importa arrancar vidas como  si fueran tréboles o cercenar sus felicidades como rastrojo que se consume en el  fuego; porque solo conoce lo que él padece; solo quiere, para los demás, lo que él vive.
Cuando en el corazón se ha engendrado tanto odio, solo encuentra en la muerte el camino de su vida.
Cuántos de los que mueren, inocentes, ya se habrían arrancado el corazón para entregárselo a lo amado, o estarían a punto de hacerlo, o no les dieron tiempo ni a mostrarlo.
Si algo que nació para amar se utiliza como espada vengativa que vaya dejando el sello del dolor, solo cabe arrancarlo para que el odio deje de correr por sus venas y robarle esos macabros sueños de campos humeantes, lágrimas que no encuentran sentido a tanta desgracia, o cuerpos mutilados con sus propios sueños.
Sí, ya sé que, de esos labios  muertos, nunca más volverán a nacer palabras o un primerizo llanto ni que estas les devolverán la vida.
Pero tras esa cortina de humeante odio que cubre ciudades y campos, sobre ese cúmulo de cadáveres, como estela inseparable de los que huyen, latirá y viajará con ellos nuestros compasivos pensamientos,
aunque, ya lo sé, nunca será suficiente para acallar sus doloridas voces  o curar esas inmortales heridas que una guerra deja.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

sábado, 27 de junio de 2015


PRIMERA COMUNIÓN


Era una mañana en la que el cielo  se vistió de gala como solo podía hacerlo en esos días en los que se encuentra, por primera vez, alguien con lo amado.
Era un día en el que Dios cruzaría, por primera vez, los vírgenes corazones de una niña y un niño, de una blanca flor y de un joven marinero.
Había llegado el momento en el que esas inocentes vidas sentirían el roce de Dios en sus almas.
Ante ellos, estaba el mismo Dios bajo el aspecto de Sagrada Forma y sería pobre escribir cualquier metáfora como la de que se sintieron más cerca que nunca de la luna.
En ese instante no existían palabras entre ellos.
Se miraron fijamente y el niño y la niña, como si no sintieran la tierra, le hablaron con la mirada, el único sentido que podía expresar lo que guardaban en sus almas.
 Dios, suspenso en el aire bajo su aspecto de pan, no se apartaba de esos infantiles ojos llenos de fe que, antes de que descansara en sus labios, ya lo consumían con la mirada.
La blanca flor de lis se recogió el vestido y juntó las manos como si la flor cerrara sus pétalos.
El joven marinero estiró su chaqueta azul como si el mar se extendiera, y también las juntó como olas que se aprietan.
Y sus labios se abrieron.
La niña, bajo su aspecto de blanca flor de lis, se asemejaba al día final en el que la tierra se abre para dar paso a Dios.
El niño, con apariencia de mar, simuló el instante en el que las aguas se apartaron  para que las cruzara la columna de Dios.
Todo era eterno en ese instante en el que Dios y los niños se fundieron.
Tan eterno, que aún vive ese recuerdo en el que dos hermanos vieron a Dios cara a cara; aún siento ese día en el que Dios, por primera vez, roza las almas.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

jueves, 25 de junio de 2015


ENCRUCIJADA


Al mirarte a los ojos, siento que  aún sigue viva esa herida.
¿No puedes enterrar la espada que te clavé y aceptar mis disculpas, mi mano desnuda de ofensas y cargada de arrepentimientos?
Pero si crees que mi falta es digna del infierno, ábreme sus puertas, prepara mi patíbulo, y me despediré de tu vida con la mácula de haberte hecho daño, pero con la paz del arrepentido.
Si fue mi ofensa tan alta que crees que el único pago es que tú también me hieras, te ofrezco mi alma, que es donde más duelen las penas, para que redobles, en ella, tus heridas.
 Si mancillé la blanca pluma que habitaba en tu pecho, si derrumbé los pilares que sostenían tu felicidad, si te robé los sueños, dame la oportunidad de limpiarla, de reconstruirlos, de devolvértelos.
Pero si es tan amargo mi recuerdo, entonces, no te preocupes, seré mero humo que se disipe entre los aires de tu vida.
Ahora, en tus labios descansan dos palabras: muerte o vida.
En tu alma, lo sé, hay una lucha: justicia o perdón.
Y en tu corazón, ya lo siento, dos sentimientos: amor y herida.
En estas guerras, siempre hay vencedor y vencido; nunca quedan en tablas, porque, o vence el olvido, o mueren los sueños.
Sé que es más fácil decir “lo siento”; a veces tan fácil como el hecho de herir.
Sé que cuesta más perdonar y olvidar, que recordar y saborear la ofensa.
Sé….que fui yo quien nos arrastró a esta encrucijada, pero eres tú quien tienes las llaves de la  salida.
Entendería que las arrojaras a las profundidades para que esa puerta no se vuelva a abrir, pero si no me doliera lo que te hice, si no te quisiera, no te suplicaría una oportunidad  ni te pediría que olvidaras.
No pienses que bajo la blanca pluma que te ofrezco, se esconde una venenosa y mortal daga.
No dudes de mi arrepentimiento, aunque aún sientas el filo de esa espada clavada.
Comprendo tu silencio y esa dolorida mirada.
Así, esperaré que tus labios pronuncien la sentencia que dicte tu alma tras deliberarlo en el corazón.
Muerte, justicia y herida, frente a vida, perdón y amor.
Ya sabes por lo que suspiro, pero si este arrepentimiento no es suficiente, lo entiendo y maldeciré el día en que te herí.
Si no alcanzo tu misericordia, espero, al menos,  que tú salgas de esta encrucijada mientras yo acabo mis días en ella.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 24 de junio de 2015

PRESENTACIÓN DE MI LIBRO

Solo quería comunicaros que os invito a la presentación de mi libro "Fragua de versos".

La presentación será:

30 de junio (martes)
Hora:  20:00
LUGAR: Biblioteca del colegio El Prado.
calle Costa Brava, 4 Madrid (Barrio de Mirasierra)

Autobús; 134 y 178 (salen de Plaza de Castilla)
Metro PACO DE LUCÍA (línea 9)

Un saludo y gracias

martes, 23 de junio de 2015


COMO UN ARCO IRIS


Nunca tuve la oportunidad de abrir esas puertas que esconden el secreto de aquello que nos hace llorar y reír, disfrutar y sufrir, amar y odiar, naciendo todos estos sentimientos del mismo lugar.
Y me imaginé que sería como el cielo, capaz de desatar su ira bajo un abanico de relámpagos, o de infundir la paz vistiéndose de arco iris.
Así, vagué entre sus espacios imaginándome que lo que allí encontrase sería lo mismo que oculta el corazón.
Descubrí insospechados rincones donde un cielo oscuro aguarda su momento para teñir de sombras la tierra y amenazarla con su aspecto.
¿Sería comparable a esos sentimientos que se ocultan reclamando un motivo para desahogar su venganza?
A su lado, aunque, en realidad, allí todos conviven, se abría un extenso campo de luz donde morían las tinieblas y el aire flotaba como si fuera música.
Al verlo, recordé esos momentos en los que el corazón pide salir del pecho para respirar ese aire que espera fuera y contagiarlo de su felicidad.
Pero junto a esa luz, deformes y ansiosas nubes buscaban un espacio en ese campo de alegría para asaltarlo.
Y pensé en esos tristes corazones  ocupados por la envidia, más preocupados de teñir con sus propias sombras la dicha de los demás.
El recorrido era inabarcable; imposible recorrer ese cielo en el que se escondían tan variados y contradictorios paisajes como los sentimientos de los que un corazón es capaz.
Salí de ese laberinto de emociones un tanto confuso, pero al  mirar por última vez ese cielo, observé que por encima de claros y nubes, una diadema de colores lo cubría. Sí, era el arco iris, capaz de albergar tristes y alegres, claros y oscuros colores, pero que en su conjunto es una belleza que despierta las que se encierran en nosotros.
Y con esa visión quise quedarme; así quiero pensar que es el corazón: capaz de transformarse en bestia o en ángel, pero que, como el arco iris, solo necesita que le abran esa puerta donde se ocultan los buenos sentimientos.
Y aflorarán, como lo hace el arco iris tras esas nubes que lo ocultan.

Abel De Miguel Sáenz
fraguadeversos.blogspot.com
Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 21 de junio de 2015


LO QUE REALMENTE QUEDA


He sacado a la luz esos  sentimientos que había ocultado la memoria y los he dejado flotando, como notas musicales que plácidamente viajan por el aire.
Y no importa en qué punto se pierda mi mirada, porque siempre encontrará a uno de ellos invitándome a que la pluma le cante un himno; un himno que resucite esas bellas sensaciones que iluminan los ojos cuando se piensa en ellos.
Y seguramente nacieron de pequeños detalles, de hechos que no se graban en la memoria de la imagen, pero que lo hacen a fuego en la del sentimiento.
Cuántas veces me habrá despertado la alegría ese viejo  parque nada más verlo.
Sí, aún veo esos paseos en los que nuestras manos eran la punta del iceberg, el último testimonio, de lo que realmente nos invitaba a unirlas.
Pero si por un accidente perdiera la memoria, seguro que ese viejo parque me seguiría despertando una sonrisa; porque lo que realmente se grabó a fuego, esos días que paseamos, fue el sentimiento de tenerte a mi lado.
Y al cruzar la esquina, donde aún sobrevive ese viejo farol que iluminó nuestro primer furtivo beso, sentiré que el corazón se encoge como si fuera ese día.
Y aunque jubilaran esa bendita luz, o fueran mis ojos los que la perdieran, seguiría sintiendo ese joven beso en mi pecho al cruzar por ese punto, porque lo que realmente recuerdo es el fuego que sintió mi alma.
Hoy ha muerto la pluma que dibuja las escenas, bajo la espada de los sentimientos.
Hoy no he querido esforzarme en recordar esos pequeños detalles de colores, formas o sonidos que envolvieron esas escenas que marcaron nuestra vida.
Hoy, he querido recrearme en esas notas musicales que siguen viajando por el aire desde que  nacieron.
Hoy he querido saborear lo que realmente quedó grabado, lo que verdaderamente recuerdo:
los sentimientos.

sábado, 20 de junio de 2015

 BESOS DE AGUA Y AROMA


Colgaban, de las ramas, esas falsas lágrimas que la lluvia deja, tal vez, con la intención de arrancar una parte de esa melancolía que siempre nos acompaña.
Ramas que lloran al escuchar nuestros pasos, lágrimas que nos roban una parte del alma.
Pero ante esa cristalina pena que brillaba en los brazos del árbol, la tierra, recién mojada y cuya piel cubrían los restos de una inmolada agua, les ofreció ese íntimo aroma capaz de embaucar al corazón más distraído.
A ambas, ramas y tierra, les unían las lágrimas, pero en medio de ellas, asomó una blanca azucena como alborada en un día de fiesta.
Abrió sus inmaculados pétalos, como si esbozaran una sonrisa, y esos níveos labios ofrecieron un motivo de esperanza a las gimientes ramas.
Estas, desde la atalaya de su árbol, intentaron cautivar a esa virgen flor vestida de novia que descansaba en el pedestal de la tierra.
Y las ramas quisieron ser brazos que pudieran acariciarla; y la azucena quiso ser musgo para que sus pieles se rozaran.
No sé si en la vida existe un paraíso semejante al que ellas vivieron cuando se miraron.
El propio árbol sintió que su corazón alguien lo ocupaba; sintió el peso del amor y, por instinto, dejó que sus ramas se vencieran hacia lo que amaban.
Y a se encontraban esos gimientes brazos y esos níveos labios en el umbral del beso; ya rozaban el momento deseado.
Ya, ramas y flor respiraban ese aroma por el que todos suspiramos, que se llama amor; ya sentían el consuelo que todos buscamos.
Y esos miedos, inseparables de quien teme perder lo que quiere,  se diluyeron al verse tan cerca, al sentir en su propia piel esas esperanzas.
Finalmente, esos blancos labios recibieron el beso de una de esas lágrimas que brillaba en las ramas.
Si los besos devuelven la vida, ¡qué mejor, para una flor, que un beso de agua!
La azucena, envuelta aún en ese éxtasis de amor, liberó toda su fragancia para envolver a las ramas con un beso de aroma que solo puede salir del corazón.
Y así puede suceder con ese corazón que vive junto a nosotros, como árbol y azucena. Nos muestra sus lacrimógenas ramas, sus penas; nos puede ofrecer sus suspirantes pétalos, sus deseos, y, en el fondo,  nos está diciendo que le demos un beso de agua o de aroma que le devuelva la vida. 

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos



viernes, 19 de junio de 2015


“EL  VALLE  DE  LOS  HERIDOS”


Sobre esa fértil tierra solo  quedaban cadáveres de árboles y un suelo despellejado, tembloroso, temeroso de que un simple paso o una leve brisa rozaran sus heridas.
El silencio tensaba ese ambiente y el leve crujido de una hoja, que buscaba su cementerio, rasgaba la tragedia que se respiraba.
La vida se ausentó tras cruzar el vendaval.
Había dejado su puño de muerte y nadie se atrevía a levantar la voz.
Su recuerdo fue una larga sombra que se extendió a lo largo de los años sin que nadie sopesara en reparar ese dolor, sin que hubiera un atisbo de  devolver, a ese sitio, la vida.
Solo servía como punto de encuentro para aquellos que, sintiendo tan profundas sus penas, se acercaban allí para ahogarlas en otra mayor.
Bien se podría llamar “el valle de los heridos”.
Y puesto que se convirtió en campo abonado por lágrimas y suspiros, ellos fueron la simiente de  la que nacieron los únicos seres vivos.
Plantas de triste belleza, como la que puede dejar la lluvia, un día gris de otoño.
 Tierra en la que el aire solo dejaba alaridos.
Apagada y sombría, el mismo sol lamentaba que sus labios de fuego dejaran un escocido beso sobre las grietas de esa tierra y buscaba esconderse entre las sombras.
Toda ella era un nido de melancolía, incapaz de despojarse de la carga bruta de ese recuerdo.
No lejos de este valle, pero desconociendo su existencia, habitaba una perdida sonrisa que allí dejó, como testamento, un amor que murió.
Pero murió bajo la hoz de los años, no porque se extinguiera, por lo que fue, la voluntad del difunto, que siempre latiera en el aire ese maravilloso recuerdo bajo la forma de una sonrisa.
Flotaba y se desplazaba como si anduviera sobre nubes: elegante, señorial y dejando una estela de paz.
No conocía más tierra que aquella en la que descansaba la tumba de quien la engendró.
Era curioso acercarse a ella y sentir que se respiraba la vida.
Era milagroso contemplar esa lápida, la faz de la muerte, y envidiar el amor que encerraba.
No era permisible que tal testimonio quedara enclaustrado en ese recinto.
Tenía que haber una cláusula, en dicho testamento, que liberara a esa sonrisa de los límites de la tumba y la permitiera huir a esos mundos donde la desconocían.
Y ese mismo viento, que dejó sin vida a la vecina tierra, arrancó de su morada a la resucitadora sonrisa y la llevó al “valle de los heridos”.
Ignorando el estado del alma del territorio en el que se adentraba, lo cruzó como solo sabía hacerlo: aireando su sonrisa.
Fue como si un rayo de luz penetrara en el infierno y las almas penantes, deslumbradas, se aterraran ante ella.
Consciente de que pisaba una tierra de dolor, sintió que su simple sombra bastaría para lamer muchas heridas.
Su voz se abría camino entre los alaridos del viento, que acabaron recluyéndose ante esa inmortal sinfonía de amor.
La tierra dejó de temblar, perdió el miedo, y sus grietas, lejos de ser temerosas llagas a ser rozadas, se convirtieron en labios deseosos de ser besados por esa sonrisa.
Ahora, el silencio dejaba de rasgar la tragedia y se convirtió en un momento de deleite para contemplar su elegante y señorial vuelo.
¡Qué lejos quedaba el triste rastrear de la hoja que buscaba su cementerio!
Hasta los propios cadáveres de esos árboles muertos se convirtieron en estrado de aves que dejaban, sobre ellos, el más bello réquiem que se haya compuesto.
Y aquellos que lo buscaban como cementerio de sus penas, volvieron a él para recordar las alegrías olvidadas.
Bien podría decirse que el “valle de los heridos” pasó a llamarse “el valle resucitado”.
Y bastó una simple sonrisa, el testamento de un amor al que solo puso fin la vida, pero cuyo sentimiento nunca murió.
Y es que el verdadero amor trasciende los años, sobrevive a la corruptible muerte, y deja una huella inmortal, capaz de cerrar incurables heridas.

facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 17 de junio de 2015


FELICES PRISIONEROS


“Yo  era un corazón espinado, con las cicatrices propias de la vida, pero dispuesto a entregarse a quien quisiera amarlo.
Y me crucé con otros en la misma tesitura, pero no estábamos llamados a compartir las espinas.
Cuando el dolor empezaba a ser uno más de mis sentimientos, cuando empezaba a asumirlo, sobre esa tierra abonada por el desconsuelo surgió una inesperada flor, aunque ahora, desde esta celda, dudo si fue el feliz destino o un amargado viento quien nos citó.
Aún recuerdo ese día  en el que, en un rutinario paseo, la encontré al borde del río desplegando sus cabellos en ostentosa provocación al viento; mojando sus pies en esas aguas, a la espera de que las náyades subieran para coronarlos; sonriendo al cielo para que llevara esa felicidad por todos los rincones; y también recuerdo (es imposible arrancar esa flecha de mi corazón) el momento en el que, al sentir mi presencia, dejó  caer su cabello como cataratas de oro, y su rostro quedó cubierto por la gravedad de un funesto pensamiento.
Pero hasta en ese trance me pareció que Dios esculpió, con sus propias manos, un inmortal monumento a la belleza.
Esa duda que la embargó fue tan pasajera como una sombra en el desierto.
A partir de ahí, empezamos, los dos, a respirar un aroma que creí eterno.
En ese fugaz encuentro se revelaron todos los escondidos deseos y sentimientos; como si ella y yo lleváramos una eternidad deseando que llegara ese momento; como si nuestros cuerpos fuera la viva imagen de esos añorados sueños.
Pero ¿a qué dios herí con mis sentimientos?
¿Fue acaso  Eolo quien sintió los celos porque le robara esos cabellos para que fueran presa de mis manos y no de sus vientos?
¿Fueron las propias ninfas, que habitan en los ríos, las que se sintieron traicionadas por robarlas a las que consideraban una de ellas?
¿O fueron ambos quienes me juraron venganza por pretender, y en eso estamos de acuerdo, a una diosa del Olimpo?
Al cielo tuve que herir, porque a ese relámpago de amor que cruzó nuestros pechos le siguió la tormenta de mi presidio.
Y fue la causa de él la presencia de unos desventurados ojos que acechaban nuestro idilio, pero en cuya mirada llevaba grabada la envidia.
Como sus pretensiones no fueron correspondidas, nunca admitiría que otros brazos fueron el escudo de ella.
No podía soportar que un vasallo tuviera una perla entre sus manos y él, hermanado con la seda y el boato, las tuviera vacías.
Y como puede más la injusta palabra del poderoso que la recta del villano, me veo entre rejas acusado de un extraño robo: de robarle el amor.
Sí algo le robé, serían sus sueños.
Si algo le dolió, sería la herida de su propio orgullo.
Entiendo  su dolor, ¡cómo no entenderlo si aún recuerdo esa mendiga cesta en la que ofrecía mi corazón a quien quisiera amarlo!, pero  si el corazón que deseas llama a otras puertas que no son las tuyas, no derrumbes aquellas porque no por eso llamará a las tuyas.”
 Desde ese día compartía su mundo interior con viejas y humedecidas paredes y un resquicio de luz, pedigüeña luz, que penetraba por un mísero ventanuco custodiado por barrotes.
Le habían robado esos paseos junto a un agua, recién nacida, que se derramaba entre los labios de las rocas y buscaba su camino.
Le habían privado de ver cómo la tierra esperaba esos besos, y al aire haciendo un hueco a los gorjeos del río; pero aunque él no pudiera, sus pensamientos seguían viajando con ellos,,, y con ella.
Y tan intenso era el recuerdo que amor y naturaleza le dejaron, que no pudo evitar escribir estas letras en las que es su propia alma la que habla.
Pero como el amor no es amor cuando es forzado, al poco tiempo tuvo compañía.
Ahora era ella quien entraba en prisión por otra rara acusación: no devolverle, a ese usurpador de corazones, el amor que, decía, le habían robado.
Allí se juntaron las felices víctimas.
Esos barrotes serían los labios por los que se escapaba el aire de su vida.
Las estrechas y humedecidas paredes serían su horizonte.
Pero una vez juntos todo era, para ellos, tan inmenso que no repararon en esas limitaciones.
Seguía entrando un resquicio de luz por ese ventanuco, pero en sus pechos siempre sería de día.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

martes, 16 de junio de 2015


AMOR DE PIEDRA


Era el atardecer y ya el día  aceleraba sus horas en busca del descanso aunque una rojiza luz aún permitía discernir los caminos.
Se detuvo ante una fuente cuyos brazos cristalinos parecían racimos de agua en los que descansaban las gotas como maduras uvas al contacto con esa cárdena luz; gotas de poesía que recitaban, con su murmullo, un poema a la vida.
Sus versos  y los del viento se confundían y dejaban, en el aire, la estela de un poemario que le encogía el alma y desnudaba sus sentimientos.
Pero a esa magia había que unirle la sombra de los recuerdos.
Y fueron ambas sensaciones las que le llevaron a ese lugar a rememorar su agridulce sabor.
Fue allí, cuando la primavera aún estaba presta a florecer en su corazón, donde nacieron los primeros brotes de un sentimiento, hasta entonces, desconocido.
Y todo sucedió, como ocurre en estos asuntos, cuando menos lo esperaba y de la forma más insospechada.
El viento había conjurado a todas las sílfides que lo habitan y las ordenó que sus cantos embriagaran de amor al primero que se detuviera a contemplar esa fuente.
La fuente en cuestión semejaba un árbol de piedra, de cuyo tronco nacían ramas por las que discurría el agua, y en cuya copa habitaba la figura de una náyade, la más hermosa que pudo crear el talento humano, que parecía dotada de sentimientos e inteligencia.
Sus ojos, aunque inertes, parecían cobrar vida cuando los miraban; y no contentos con resucitar, discernían las miradas curiosas de las enamoradizas dejando, en estas últimas, el estigma del amor por ella.
Muchos la habían contemplado expresando su admiración, pero eran loas vacías de sentimiento.
En realidad, ¿quién podía enamorarse de una mujer de piedra, por bella que fuera?
Nadie, salvo que existiera un corazón virgen en estas emociones y sus transparentes deseos solo buscaran ese sentimiento, sin más.
Y hubo un mirlo blanco, alguien perteneciente a esa especie en extinción, que se detuvo ante ella como si hubiera encontrado lo que le faltaba en la vida.
Las sílfides se aprestaron a elevar sus cantos, cantos que despertaron a la náyade, quien  rápidamente se dio cuenta de que esos ojos que la contemplaban buscaban lo que ella podía dar y resucitaron los suyos para infundir el estigma del amor en ese joven que la miraba.
Y no pudo ser más certera la flecha de esa mirada.
El joven empezó a sentir una felicidad extrema, imposible de catalogar.
Todas esas emociones, hasta entonces dormidas, alzaron la voz en violenta convulsión y llamaron a rebato a alma y corazón.
Sus ojos eran incapaces de contener tanta alegría y cada vez se clavaban más profundamente en esa mujer de piedra.
Tal fue la intensidad con la que nació ese sentimiento desconocido, que la propia náyade se sentía seducida por el canto de las sílfides, notaba que su pecho de piedra se alteraba y sintió el deseo de beber de su propia pócima.
Se estaba viviendo una historia de amor inimaginable: mortal y estatua, carne y piedra, atrapados en la misma red.
No se puede decir lo que duraron esos éxtasis pues el tiempo no se mide cuando eres preso de ellos, pero el eco de unas campanas anunció la última hora del día y el joven salió de su hechizo.
Inmóvil, como si aún siguiera soñando, empezó a despertar lentamente y miró a su alrededor para constatar que todo era real.
Allí estaba la luna, dejando su halo de nácar aunque a él le pareciera más brillante que nunca.
Una suave brisa erizaba el agua, aunque él pensara que eran las últimas palabras que la náyade dejó escritas.
Y volvió a mirar ese árbol de piedra en el que descansaba su amante.
Bien sabía que era un amor imposible, pero también supo que cuando se está dispuesto a amar, basta una belleza, aunque sea una fuente de piedra, para que todos esos deseos cobren vida.
Y allí dejó a esa náyade, con el agridulce sabor de haber experimentado ese desconocido sentimiento aunque fuera imposible perpetuarlo.
Las luminosas gotas habían perdido su cárdeno color y ahora, bajo los destellos plateados de la luna, simulaban lágrimas, pero esas lágrimas de agua solo se dibujaban en los ojos de la náyade.
¿Acaso fue real?

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos




lunes, 15 de junio de 2015


DUERME


Duérmete en mis brazos, los mismos  que te arropan cuando estás despierta, y deja en ellos tus despreocupados sueños.
Ya sentí la paz entre mis manos cuando acaricié el viento o el agua; intuí su alma esas noches en las que la luna no dejaba de mirarme, pero, ahora, al rozar tu descanso con estas mismas manos, cobran vida esas sensaciones que casi tenía olvidadas.
Ya la noche ha dejado caer sus alas sobre tus ojos y solo queda saborear este tiempo en el que tú duermes y yo te contemplo.
Una música de silencio y  misterio envuelve tu sueño y solo con mirarte siento que estamos en otro mundo, un mundo en el que todo enmudece y la vista es el único sentido que nutre al alma.
Se adueña, de los dos, un romanticismo en el que sobran las palabras porque basta respirarlo.
Ignoro lo que sucede en ese mundo oculto en el que ahora vives, pero siento que me adentro en él y lo vivo contigo, porque mientras tú, dormida, sueñas, yo, despierto, también sueño.
Y mientras mi silencio vela tu silencio, tu suave respirar y el lento movimiento de tu pecho me hacen imaginar que nosotros somos ese mar del que nacen olas al impulso de una débil brisa.
Siempre quise ver de cerca a  la luna mientras duerme, pero ha bastado que mis ojos sobrevuelen tu rostro para que haya muerto ese deseo.
Construí un sinfín de leyendas sobre el mundo oculto de la noche: duendes, voces, historias…., pero al pasear la vista sobre tu blanca y dormida piel, quedan al descubierto esas mentiras y nacen las que nunca pude imaginar.
Y según pasa este tiempo en el que tú duermes y yo te contemplo, siento que vivimos en un cenobio donde todo lo que lo envuelve es místico y hasta creo que fue un ángel quien te inspiró el sueño.
Sigue durmiendo en mis brazos y deja que esta música de silencio nos envuelva.
Deja que respiremos este mundo en el que mientras tú, dormida, sueñas, yo, despierto, también sueño.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

viernes, 12 de junio de 2015


BALADA MILAGROSA


No lo puedo evitar.
Necesito escribir para liberar este  feliz sentimiento que me embarga al escuchar esta música.
Ha sido un súbito golpe, al unísono, el que me han dado el alma y el corazón.
Y dejo de escribir para hacer esas pausas de silencio, a las que me invita esta melodía, silencios que no puedo, ni quiero, evitar.
Detengo la mano, freno los pensamientos y la mirada se pierde a lo lejos, viajando con estas notas, vacío de ideas, solo sintiendo.
En este recogimiento, donde todos los felices sentimientos se funden, solo hay lugar para el agradecimiento.
Hasta los mismos deseos y sueños mueren porque quedan sepultados por esta sensación que lo llena todo.
Y noto que esta música se adentra hasta tocarme el alma. Es ese instante en el que levanto la mirada y contemplo un cielo, embadurnado de grises nubes, que jamás me pareció tan bello.
Y así permanezco unos segundos: contemplativo y emocionado.
Ni el temor a que esto muera deja una sombra.
Es tan maravilloso, que solo siento cómo sus notas me rozan, me hablan y me seducen, hasta el extremo de pensar que más allá no hay nada por lo que suspirar.
Tengo la sensación de que esta música me está contando su propia vida.
Creo que me habla de tranquilidad, mesura, armonía, de ese equilibrio que solo está al alcance de almas purificadas y corazones inocentes.
He abierto la ventana porque quiero sentir ese viento que azota a los árboles, y sentirlo como una caricia, como si fuera la mano de esta partitura que me enamora.
Y hasta me parece que el mismo viento, al escucharla,  se ha calmado y, ahora, baila suavemente con esas copas a las que empujaba.
Las grisáceas nubes han detenido su curso frente a la ventana y le piden al viento que no las empuje hasta que termine este momento de magia.
Nubes, viento, pensamientos, mirada…
Todo se ha vuelto inmóvil, todo ha quedado paralizado por los intensos sentimientos que es capaz de arrancar esta maravillosa balada.
Solo el alma y el corazón siguen disfrutando, pero con tanta paz, que jamás pensé que la felicidad pudiera ser tan dulce.
Y mientras, escribo, sueño, medito,….siento.
Acaba venciendo el deleite de escucharla y el pecho me pide que me abandone en los brazos de la música, que las letras ya tendrán su tiempo.
Y le obedezco….

facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

jueves, 11 de junio de 2015


CENTAUROS




En el milenario momento en el que  la tierra abandonó su soledad y se fundió con el agua, algunos animales vieron cómo se rompía su convivencia para no volver a encontrarse.
Unos quedaron en la superficie; otros, en las profundidades, y entre ambos un sentimiento de distancia que los laceraba.
Y el caballo fue uno de esos a quien esta separación le rompió el alma.
Elegido para que su galope azotara la pradera, el eco de su carrera resonara en el cielo  y sus crines fueran velas peinadas por el viento; nacido para que su esbelta figura compitiera con la del árbol más apuesto y su belleza fuera motivo de disputa entre las flores por ver a quien de ellas su hocico rozaba; creado para compartir el sol y las sombras, el calor y el invierno, para rasgar el aire y beber en arroyos; no podía evitar que, bajo su mayestática figura, latiera eternamente un pensamiento y una pena.
Puro animal de tierra que nunca olvidaría que alguien como él habitaba bajo las aguas.
Caballo de tierra y caballito de mar.
Aire y fuego  hicieran lo posible por atenuar su dolor y crearon, de su propia materia, una imagen semejante a él que lo consolara.
El aire modeló a Pegaso, caballo alado que hacía, del cielo, su reino y que dejaba la sombra de sus alas según cruzaba la tierra.
Tan bello como un ángel, no bastaba para borrar esa pena; es más, ahondaba en el dolor de no poder ver al que se escondía bajo las aguas.
El fuego ideó un carro en el que transportar al sol para que recorriera el mundo dejando su estela de luz. Serían caballos, cuyas crines fueran llamas, quienes lo pasearan.
Pero esa luz no conseguía iluminar las profundidades marinas; antes bien, suponía una marca de fuego en su herida alma.
Mientras uno compartía su voz con los acordes del cielo, pero sintiendo que se perdía en el vacío, el otro paseaba entre corales y algas, sintiendo que a su alrededor no había nada.
Entre uno y otro…silencios.
Nunca podrían trotar juntos, pero siempre habría un pensamiento que viajara del aire al agua, y del mar a la tierra.
Cuando el relincho de uno resonaba en la pradera, el otro dejaba un suspiro de burbujas que inundaba las profundidades.
El aire, compadecido por ese quejido de amor, trasladaba su eco al fondo marino;  el agua, también herida,  llevaba a la superficie esa saeta.
Temblaban las manos del agua y de la tierra cuando llevaban estas ofrendas porque un sentimiento de culpa las atenazaba.
Habían rasgado el velo de ese amor que los cubrió y serían ellos quienes tuvieran que reparar esos sentimientos; quienes volvieran a hermanarlos en un mismo lazo.
Pero si ante situaciones irreversibles el amor es el único que no pierde la esperanza, tierra, fuego, aire  y agua aunaron sus ingenios y hallaron la manera de hacer posible lo imposible, de resucitar lo muerto.
 El aire recogió las voces, burbujas y suspiros que ambos caballos dejaron en sus brazos y se los dio al fuego.
Este, fundiendo todas esas pasiones, forjó dos corazones incandescentes cuyas llamas sobrevivirían en cualquier elemento.
La tierra, pensando en el ser más pasional que la habita, modeló la mitad de dos cuerpos, hombre y mujer, en las que guardaría esos corazones, y culminó el resto dándoles forma de caballo.
El agua, mientras tanto, les reveló todos los sentimientos y secretos que encierra quien vive bajo ella y les infundió su alma.
Así nacieron los centauros, pasionales desde su creación, corazón de tierra y alma de mar, dispuestos a morir en cualquier litigio donde medie el amor.
Ellos son el fruto de esa historia en la que un amor imposible entre un caballo de tierra y otro de mar se hizo realidad; una historia de amor capaz de resucitar lo muerto, de hacer posible lo imposible.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 10 de junio de 2015


TU MAR Y MI TIERRA


Cuéntame qué se ve desde el mar, es  decir, qué contemplan tus azules ojos cuando descansan en la tierra y dejan sobre ella la brisa de tu mirada.
Yo solo puedo expresar lo que siento al verlos, pero nunca oí lo que ellos piensan.
Siempre albergué el sueño de que cobijan la misma paz que mi pecho encierra cuando mi mirada cruza las aguas.  
A veces interpreto las olas, la calma y la marea que se dibujan en tu mirada como la voz de tus sentimientos, pero me falta esa palabra convincente que me diga si es verdad lo que interpreto.
Sea el mar sinónimo de tus ojos; sea la tierra espejo de mi alma.
Sea yo marinero que navega entre esas corrientes que robaron el color al mismo cielo y al que no le importaría volcar y morir, de amor, en tus azules aguas.
Déjame una señal como respuesta a todas estas dudas que se visten de ardientes deseos.
Cierra lentamente los ojos y vuélvelos a abrir si es afirmativa tu respuesta.
Haz, de ellos, un lento atardecer y una perezosa alba.
Y si no sientes lo que yo siento, ciérralos como si fuera noche en la que todo se apaga.
Al contemplarte, siento que estoy en la arena, vislumbrando ese horizonte donde muere lo finito y nace lo eterno, y una voz, la tuya,  me llama desde esos confines para que vaya a su encuentro.
¿Tú también sientes que mi voz te llama desde tierra?, ¿ oyes tu nombre, cuando me miras?
Silencio, espera y….tus ojos dibujan un lento atardecer seguido del alba.
Otra emoción que me asalta es cuando las olas dejan, en el cielo, su estampa, y en el aire, su voz.
Siempre creí que ese instante era el elegido por el mar para desahogar sus pasiones.
¿No siento, acaso, lo mismo cuando tus ojos se adentran como indómitas olas en mi pecho, y liberan las llamas de este fuego escondido?
¿Nacen esas olas en tu pecho cuando atisbas la tierra de mi alma?
Y al ocaso de tus ojos lo acompaña una nueva alba.
¡Cuántas veces, al ver la estela de la luna en el mar, creí que fuiste tú quien dejaste esa señal para que te siguiera!
Dime. ¿Cuando ves flotando en tus azules aguas esa línea plateada, piensas que son mis ojos los que te acompañan?
Nuevamente, en tu mirada muere el día para volver a nacer.
Y a todas esas bellas sensaciones que brotan cuando el mar se interpone en mi camino, a todas las que nacen cuando se cruzan los tuyos y los míos, los acompañan el ocaso seguido del alba.
Nunca se hará de noche mientras yo sea tierra, y tú, agua.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos


martes, 9 de junio de 2015


EL RAPTO DE UN SUEÑO


Buscó ese nombre que había escrito  entre la hierba que se levantaba en las orillas.
Invocó a los céfiros para que, con un soplo de suerte, le devolvieran ese suspiro perdido.
Removió las aguas con la esperanza de que una ola le devolviera las palabras que dejó flotando.
Buscaba en aquellos lugares que fueron testigos de sus sueños, pero todo era en vano.
No quería devolvérselos esa tierra que, parecía, se los había tragado.
Y pasó su vida buscando, buscando, buscando….
Hasta que llegó ese día en el que quedó atrás la primavera de los años y un maduro otoño cubría su piel con una luz taciturna.
Ya no los buscaba, pero los seguía recordando.
Y  no los buscaba porque su vientre ya era una oscura cueva de la que no podría salir más luz.
Su corazón ya no bombeaba con la misma fuerza esos sentimientos y pasiones que, antaño, lo desbordaran.
Sus lacias manos apenas valían para sostener un sueño.
Su mirada de cristal estaba presta a romperse con el simple roce de una lágrima.
Ahora soñaba con soñar.
Añoraba esos tiempos en los que una simple ráfaga de aire o el murmullo del agua encendían deseos amatorios en su joven corazón.
¿Dónde moraría ese nombre escrito y no encontrado?
¿A qué tierras se llevaron, los vientos, ese suspiro?
¿En qué mar habrían naufragado esas palabras que se ahogaron en el río?
Cercenado el camino de futuros sueños, ahora se trataba de redescubrir los antiguos, incluso aquellos, tan fugaces, que murieron por imposibles.
Pero fue uno de estos últimos el que reverdeció en su pecho.
Tal vez porque ya nada esperaba, el soñar se convirtió en un juego y no le importó agarrarse al mástil de  ilusiones inaccesibles, pero divertidas.
Y volvió a escuchar la voz de la gaviota dejando su eco entre la tierra y el mar.
¡Cuántos pensamientos habrían volado con ella!
¡Siempre hubiera deseado ser ave que pudiera hablar de tú a tú al viento, ver la tierra desde las nubes,  rozar, con sus alas, todas esas miradas que los amantes dejan que se pierdan,  atravesar caminos sin barreras y sentir que su alma estaba, de Dios,  más cerca!
¡Ay!, ¡si sus brazos se mudaran en alas y ascendiera hasta quedar flotando entre las estrellas!
Ese era el sueño que sobrevivía.
Sí, era  un imposible, ¡pero era tan bello!
Y dejó de sentirse mujer amante, de recordar amores perdidos, y luchó el resto de su vida por sentirse despreocupada ave, caminante solitaria entre los senderos del cielo.
En el fondo seguía amando y su corazón sentía la necesidad de que un amor lo ocupara.
Ya no sería un nombre, ya no sería un rostro, pero alguien, o algo, tenía que ocupar ese sueño que los años raptaron.
 Y, efectivamente, siguió amando.
Ese soñar con soñar alimentó una ilusión y bastó para que corazón, manos y miradas recuperaran un atisbo de juventud.
Y así transcurrieron sus días hasta que llegó el invierno de la vida.
En ese instante en el que todo se apaga, en ella latía una luz.
Nadie podría pensar  que ella fuera la última  hoja de un otoño ya enterrado.
En ese instante en el que se cierran todos los caminos, se oyó un eco que viajaba entre la tierra y el mar y una gaviota dejaba la estela de sus alas en busca del cielo para estar más cerca de Dios.
¿Se había cumplido su sueño?

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

domingo, 7 de junio de 2015


CORPUS CHRISTI



¿Quién pensaría que fuera posible  que el mismo Dios se escondiera tras ese pan de nieve?
¿Cuándo imaginó el ser humano tenerlo tan al alcance?
¿Hubo alguien que osara soñar que en su lengua descansara el Autor de la vida?
Intacta o fragmentada, en esa Sagrada Forma Dios se anonada para hacerse asequible a la condición humana y, a cambio de fe, recluirse en nuestra alma.
Correrán voces tachando de locura, de absurdo o de fantasía que en un trozo de pan quepa la divinidad porque los ojos y la razón lo niegan.
Pero así como damos por cierto la existencia del incorpóreo aire por el mero hecho de que las hojas se mueven cuando algo las roza o una invisible mano, de frío o calor, nos acaricia, puedo asegurar que esa forma de pan deja huellas felices cuando me roza el alma; que late un Dios al que no veo, pero lo siento.
Y de la misma manera que quiso someterse a la esclavitud del cuerpo, prolongó su presidio de amor en la celda de la Eucaristía,
Y allí seguirá, silente y escondido, esperando que esos ojos se quiten la venda de la razón y lo miren con los de esa fe que nace del alma.
Pero aunque lo nieguen, no por ello deja de existir.
¿O acaso puede negar la existencia del sol alguien que no lo vea?
“Corpus Christi”… Tus palabras resuenan y van dejando una estela de divinidad en mi pecho.
Sí, soy uno de esos “locos” que, tras esa nívea forma, descubren al Dios que eligió esa cárcel para que mis ojos de fe puedan verte, mi lengua pueda sentirte y mi alma pueda experimentar el roce de tus invisibles aires, esos aires de divinidad que me hacen feliz.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

sábado, 6 de junio de 2015


PIEDRAS PRECIOSAS


El sol asomaba entre las hojas de  helecho como maíz que se abre camino entre sus verdes vainas y, según ascendía, su resplandor iba transformando la naturaleza en fina pedrería.
Sus atributos dorados se hermanaban fácilmente con las reliquias naturales que descansaban en la tierra, por lo que no era de extrañar que, de esa fusión entre una áurea luz recién despertada y unas vírgenes bellezas, despertara, en los incrédulos ojos que la contemplaran, un  mundo de fantasía.
Y me adentré en ese mágico mundo.
 Viajando entre ramas en flor, hierbas durmientes, aromas que huían, colores que alzaban su voz y sonidos que robaron su música al Cielo, sentí que la naturaleza revivía el momento en que fue creada mientras el sol la ungía con el óleo sagrado de su luz.
Era una ostentosa manifestación de fuegos artificiales donde, a sus luces y colores, se le sumaba el aroma a milagro.
La hierba arropaba al suelo con un verde edredón sobre el que se dispersaban las lágrimas de un rocío en plena juventud.
Bien podría decirse que blancos diamantes dibujaban estrellas en esa capa de esmeralda.
Esa visión parecía el cénit de los sueños, pero un fugitivo aromas tropezó, en su huida, conmigo, ¿o me buscaba?, y me llevó a la fuente de la que había nacido.
La tierra se dividía en múltiples brazos y cada uno de ellos era un hermoso campo de lavandas que llenaba el aire de aromáticos suspiros.
Al ver cómo cada una de esas flores se abrazaba a la luz, creí haber descubierto una mina de amatistas.
Empezaba a ser consciente de que cada uno de esos paisajes podría ser el éxtasis final de una mística visión, pero cada uno de ellos era un Cielo independiente, de igual categoría y belleza.
Ahora fue uno de esos sonidos celestiales quien me sedujo: la voz del agua.
Iba dejando sus gorjeos cada vez que saltaba sobre las piedras y lamía los labios de unas orillas que dejaban una sonrisa a su paso.
Esa luz hechicera iluminaba esas aguas y dejó que un rayo las atravesara para exaltar su transparencia.
Fue como ver una veta de oro incrustada en un lecho de cuarzo.
Fue como ver el dedo de Dios adentrándose en un alma.
Aún sentía los ecos de esta última visión, pues no se puede catalogar de otra manera tales maravillas, cuando alzaron su voz los naranjos, apostados a la vera de ese río.
Parecía que paseaban, luciendo sus rebosantes y algodonadas copas preñadas de frutos.
Eran como una borrasca de verdes nubes en cuyas almas habitaban ópalos de fuego.
Inmerso en ese mundo de aromas, sonidos y colores, la tierra dejó escapar un grito.
Asustada al pensar que su corazón había huido, se tranquilizó, y después se enamoró, al ver que no era el suyo lo que adornaba la tierra, sino un campo de tulipanes.
Efectivamente, parecían una marea de corazones latiendo débilmente al compás del  viento, y sus pétalos eran venas por las que corría la sangre.
¡Olas rojas bailando sobre el mar de la tierra!
Sentí que todas las pasiones se habían hermanado en ese hermoso ramo de rubíes besado por el sol.
Ya se iba cansando, la luz, de tan largo viaje y empezaba a retirarse.
Pero si alguien piensa que cuando la noche es dueña mueren los encantos, se equivoca.
El sol abandonaría su profesión de lapidario, dejaría de tallar piedras preciosas en la naturaleza, pero sería la luna quien le tomara el relevo para imprimir, a esas joyas, su propio sello.
Serían las mismas gemas, pero vestidas con otras fantasías.
En el fondo, ya la propia luna es una de ellas.
La luna es ese punto de esperanza que se dibuja en la inmensidad del oscuro velo nocturno.
Es ese blanco ámbar que habita en las profundas sombras del  mar.
Es esa blanca y extraña perla encontrada entre ese negro empedrado de turmalinas que compone la noche.
Pero ese cielo y ese sol, hasta ahora desnudos de nubes, hasta ahora un mar de zafiro sobre el que flotaba el amarillo citrino, sentirán el roce de la otoñal mano y quedarán enterrados bajo una capa de grisáceas nubes.
Se apagarían sus vivos colores y la tierra quedaría desamparada de esa cálida luz.
Pero bastará que un solitario y áureo rayo deje una limosna, para que esas opacas nubes se conviertan en muro de brillantes espinelas; y cuando las espinelas lloren, cuando la lluvia bautice a la tierra, esta misma mudará su piel terrosa, renunciará a su apagado marrón, y se enfundará bajo la máscara del topacio.
Y no queriendo, el sol, privarse de este milagro, romperá su celda para cohabitar con el agua.
Entonces, la naturaleza verá la más preciada joya que guarda el cielo: el arco iris.
Nunca recibió mejor ni más apropiado nombre una piedra preciosa porque, en ese sublime momento,
sobre las sienes de la tierra descansará una diadema de topacio místico.
Sí, no importa quién la modele.
Esta tierra que pisamos será siempre una rica mina donde se esconden esas bellezas que las manos de una luz, diurna o nocturna, vestirán de fina pedrería.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

viernes, 5 de junio de 2015


ESTRELLA DE MAR Y DE CIELO


Hay historias desconocidas, de amores anónimos, que perviven por el sentimiento que las alimenta aunque nadie se haga eco de ellas.
Es el caso de esos seres bautizados con el mismo nombre, vestidos de similar forma, pero destinados a vivir en mundos distintos.
Era el caso de unas estrellas, iguales en belleza pero recluidas, cada una, en su palacio de oro.
Una entró a formar parte de la corte de la luna y la otra encontró su hogar entre corales y perlas.
Estrella de cielo y estrella de mar.
Cada cual fue elegida para dejar una impronta de belleza allá donde viviera, pero, ¡ay!, tierra, agua y aire alzaron, entre ellas, imposibles caminos.
Nunca unirían sus destellos en la noche, pero siempre tendrían un pensamiento que viajara desde el cielo hasta el mar para tenerse presentes.
E idearon su propio lenguaje, un conjunto de gestos y sonidos, que hiciera latente ese afecto, que manifestara que ese amor seguía vivo.
Y la estrella de mar se dio cuenta que cuando se hacía de noche en las aguas, era cuando ella vivía.
Teñía esa profunda oscuridad con sus luminosos y coloridos brazos, pero, entre ellos, siempre había una lágrima o un suspiro por no poder ver a su hermana del cielo.
Mientras, la estrella de la luna dejaba su brillo de nácar a los pies de la luna, pero también, un pensamiento por esa hermana que vivía en el agua.
En un desesperado afán por estar cerca de ella, pidió permiso a la luna para abandonar su séquito y acercarse al mar, con la ilusión, si no de verla, de sentirla o imaginarla.
En ese instante en el que se asomaba al balcón marino, sus blancos perfiles quedaron grabados en la oscura piel de las aguas y, estas, no tardaron en robar esa imagen y llevársela a su hermana.
¡Oh Dios!, ¡qué sentimiento recorrería cada una de sus puntas para que temblaran!
¡Cuánta sería la emoción para que, en medio del mar, se distinguiera su lágrima!
Acostumbrada a  rastrear entre algas y corales, hizo un ímprobo esfuerzo, solo al alcance de un corazón enamorado, y remontó las diversas capas del mar hasta llegar a ese límite donde esperaba el aire.
Fue un fugaz instante el que la luna, sabia en amores, le concedió  para permanecer en el umbral del mar, pues bien sabía que si estaban mucho tiempo juntas, cada cual acabaría renegando de su mundo y añorando vivir en el de la otra.
Estarían dispuestas a renunciar a sus reinos, aunque en el otro acabaran muriendo, con tal de vivir juntas, aunque solo fuera un suspiro.

Sabían que era imposible esa añorada convivencia, pero les bastó verse para que la estrella de mar hiciera,  de la noche del agua, su cielo; para que la estrella de la luna, hiciera, de la noche del cielo, su mar.

facebook: Abel de Miguel fraguadeversos 

jueves, 4 de junio de 2015


NATURALEZA VIVA


He querido vestirte de naturaleza y contemplarte bajo su aspecto.
No he encontrado los suficientes atributos que te definan, pero lo he compensado con el sentimiento que cada uno de ellos encierra.
 Y fruto de este loco deseo por verte en lo que me rodea, han surgido estas letras:
La amapola abría sus pétalos cuando tus labios se despegaban.
La luz que flotaba en la cima a las primeras horas del alba, buscó refugio en tu cuerpo y, al sentirla, parecías girasol que se rindiera.
La luna pedía paso cuando asomaba tu rostro entre la noche de tus cabellos y, al frente, tus ojos como pléyades divinas.
Sobre ese mar en calma que era tu mano, nacieron cinco alegres olas cuando la abrías.
Todo, en ti, es naturaleza viva y quiero pedirte permiso para adentrarme en ese bosque, llegar a ese claro de luz, que es tu alma, y respirar el puro aire que nace de ella.
Allí, en las misteriosas entrañas de tu ser, desenterraría estos encendidos secretos que me consumen y los extendería sobre el cárdeno atardecer de tu corazón.
Allí, esas lágrimas, fugitivas emociones que nacieron al pensar en ti, serían niebla que muere ante la luz que te cubre y se vestirían de risueño alba.
Porque si dejé colgada mi esperanza en las melancólicas ramas de un sauce que custodiaba mi soledad de amante, hoy he visto tus pensamientos y me parecen lianas de ilusiones que se me ofrecen para que las escale.
Al pasear por la blanca arena de tu piel y respirar su aroma, he sentido que se ventilaban esos aires que llegaron a asfixiarme; he notado que, de sus mudas arenas, nacían palabras.
Sí, al acariciarte, he creído tener entre mis manos esa caracola de mar que deja voces de infinito.
Bien comprenderás que me cueste salir de esta postal, en la que tú y la naturaleza os fundís para compartir vuestros encantos.
Pero no saldré, porque aunque vuelva a este mundo, siempre te amaré como si fueras naturaleza viva.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos