martes, 16 de junio de 2015


AMOR DE PIEDRA


Era el atardecer y ya el día  aceleraba sus horas en busca del descanso aunque una rojiza luz aún permitía discernir los caminos.
Se detuvo ante una fuente cuyos brazos cristalinos parecían racimos de agua en los que descansaban las gotas como maduras uvas al contacto con esa cárdena luz; gotas de poesía que recitaban, con su murmullo, un poema a la vida.
Sus versos  y los del viento se confundían y dejaban, en el aire, la estela de un poemario que le encogía el alma y desnudaba sus sentimientos.
Pero a esa magia había que unirle la sombra de los recuerdos.
Y fueron ambas sensaciones las que le llevaron a ese lugar a rememorar su agridulce sabor.
Fue allí, cuando la primavera aún estaba presta a florecer en su corazón, donde nacieron los primeros brotes de un sentimiento, hasta entonces, desconocido.
Y todo sucedió, como ocurre en estos asuntos, cuando menos lo esperaba y de la forma más insospechada.
El viento había conjurado a todas las sílfides que lo habitan y las ordenó que sus cantos embriagaran de amor al primero que se detuviera a contemplar esa fuente.
La fuente en cuestión semejaba un árbol de piedra, de cuyo tronco nacían ramas por las que discurría el agua, y en cuya copa habitaba la figura de una náyade, la más hermosa que pudo crear el talento humano, que parecía dotada de sentimientos e inteligencia.
Sus ojos, aunque inertes, parecían cobrar vida cuando los miraban; y no contentos con resucitar, discernían las miradas curiosas de las enamoradizas dejando, en estas últimas, el estigma del amor por ella.
Muchos la habían contemplado expresando su admiración, pero eran loas vacías de sentimiento.
En realidad, ¿quién podía enamorarse de una mujer de piedra, por bella que fuera?
Nadie, salvo que existiera un corazón virgen en estas emociones y sus transparentes deseos solo buscaran ese sentimiento, sin más.
Y hubo un mirlo blanco, alguien perteneciente a esa especie en extinción, que se detuvo ante ella como si hubiera encontrado lo que le faltaba en la vida.
Las sílfides se aprestaron a elevar sus cantos, cantos que despertaron a la náyade, quien  rápidamente se dio cuenta de que esos ojos que la contemplaban buscaban lo que ella podía dar y resucitaron los suyos para infundir el estigma del amor en ese joven que la miraba.
Y no pudo ser más certera la flecha de esa mirada.
El joven empezó a sentir una felicidad extrema, imposible de catalogar.
Todas esas emociones, hasta entonces dormidas, alzaron la voz en violenta convulsión y llamaron a rebato a alma y corazón.
Sus ojos eran incapaces de contener tanta alegría y cada vez se clavaban más profundamente en esa mujer de piedra.
Tal fue la intensidad con la que nació ese sentimiento desconocido, que la propia náyade se sentía seducida por el canto de las sílfides, notaba que su pecho de piedra se alteraba y sintió el deseo de beber de su propia pócima.
Se estaba viviendo una historia de amor inimaginable: mortal y estatua, carne y piedra, atrapados en la misma red.
No se puede decir lo que duraron esos éxtasis pues el tiempo no se mide cuando eres preso de ellos, pero el eco de unas campanas anunció la última hora del día y el joven salió de su hechizo.
Inmóvil, como si aún siguiera soñando, empezó a despertar lentamente y miró a su alrededor para constatar que todo era real.
Allí estaba la luna, dejando su halo de nácar aunque a él le pareciera más brillante que nunca.
Una suave brisa erizaba el agua, aunque él pensara que eran las últimas palabras que la náyade dejó escritas.
Y volvió a mirar ese árbol de piedra en el que descansaba su amante.
Bien sabía que era un amor imposible, pero también supo que cuando se está dispuesto a amar, basta una belleza, aunque sea una fuente de piedra, para que todos esos deseos cobren vida.
Y allí dejó a esa náyade, con el agridulce sabor de haber experimentado ese desconocido sentimiento aunque fuera imposible perpetuarlo.
Las luminosas gotas habían perdido su cárdeno color y ahora, bajo los destellos plateados de la luna, simulaban lágrimas, pero esas lágrimas de agua solo se dibujaban en los ojos de la náyade.
¿Acaso fue real?

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos




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