sábado, 20 de junio de 2015

 BESOS DE AGUA Y AROMA


Colgaban, de las ramas, esas falsas lágrimas que la lluvia deja, tal vez, con la intención de arrancar una parte de esa melancolía que siempre nos acompaña.
Ramas que lloran al escuchar nuestros pasos, lágrimas que nos roban una parte del alma.
Pero ante esa cristalina pena que brillaba en los brazos del árbol, la tierra, recién mojada y cuya piel cubrían los restos de una inmolada agua, les ofreció ese íntimo aroma capaz de embaucar al corazón más distraído.
A ambas, ramas y tierra, les unían las lágrimas, pero en medio de ellas, asomó una blanca azucena como alborada en un día de fiesta.
Abrió sus inmaculados pétalos, como si esbozaran una sonrisa, y esos níveos labios ofrecieron un motivo de esperanza a las gimientes ramas.
Estas, desde la atalaya de su árbol, intentaron cautivar a esa virgen flor vestida de novia que descansaba en el pedestal de la tierra.
Y las ramas quisieron ser brazos que pudieran acariciarla; y la azucena quiso ser musgo para que sus pieles se rozaran.
No sé si en la vida existe un paraíso semejante al que ellas vivieron cuando se miraron.
El propio árbol sintió que su corazón alguien lo ocupaba; sintió el peso del amor y, por instinto, dejó que sus ramas se vencieran hacia lo que amaban.
Y a se encontraban esos gimientes brazos y esos níveos labios en el umbral del beso; ya rozaban el momento deseado.
Ya, ramas y flor respiraban ese aroma por el que todos suspiramos, que se llama amor; ya sentían el consuelo que todos buscamos.
Y esos miedos, inseparables de quien teme perder lo que quiere,  se diluyeron al verse tan cerca, al sentir en su propia piel esas esperanzas.
Finalmente, esos blancos labios recibieron el beso de una de esas lágrimas que brillaba en las ramas.
Si los besos devuelven la vida, ¡qué mejor, para una flor, que un beso de agua!
La azucena, envuelta aún en ese éxtasis de amor, liberó toda su fragancia para envolver a las ramas con un beso de aroma que solo puede salir del corazón.
Y así puede suceder con ese corazón que vive junto a nosotros, como árbol y azucena. Nos muestra sus lacrimógenas ramas, sus penas; nos puede ofrecer sus suspirantes pétalos, sus deseos, y, en el fondo,  nos está diciendo que le demos un beso de agua o de aroma que le devuelva la vida. 

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos



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