jueves, 11 de junio de 2015


CENTAUROS




En el milenario momento en el que  la tierra abandonó su soledad y se fundió con el agua, algunos animales vieron cómo se rompía su convivencia para no volver a encontrarse.
Unos quedaron en la superficie; otros, en las profundidades, y entre ambos un sentimiento de distancia que los laceraba.
Y el caballo fue uno de esos a quien esta separación le rompió el alma.
Elegido para que su galope azotara la pradera, el eco de su carrera resonara en el cielo  y sus crines fueran velas peinadas por el viento; nacido para que su esbelta figura compitiera con la del árbol más apuesto y su belleza fuera motivo de disputa entre las flores por ver a quien de ellas su hocico rozaba; creado para compartir el sol y las sombras, el calor y el invierno, para rasgar el aire y beber en arroyos; no podía evitar que, bajo su mayestática figura, latiera eternamente un pensamiento y una pena.
Puro animal de tierra que nunca olvidaría que alguien como él habitaba bajo las aguas.
Caballo de tierra y caballito de mar.
Aire y fuego  hicieran lo posible por atenuar su dolor y crearon, de su propia materia, una imagen semejante a él que lo consolara.
El aire modeló a Pegaso, caballo alado que hacía, del cielo, su reino y que dejaba la sombra de sus alas según cruzaba la tierra.
Tan bello como un ángel, no bastaba para borrar esa pena; es más, ahondaba en el dolor de no poder ver al que se escondía bajo las aguas.
El fuego ideó un carro en el que transportar al sol para que recorriera el mundo dejando su estela de luz. Serían caballos, cuyas crines fueran llamas, quienes lo pasearan.
Pero esa luz no conseguía iluminar las profundidades marinas; antes bien, suponía una marca de fuego en su herida alma.
Mientras uno compartía su voz con los acordes del cielo, pero sintiendo que se perdía en el vacío, el otro paseaba entre corales y algas, sintiendo que a su alrededor no había nada.
Entre uno y otro…silencios.
Nunca podrían trotar juntos, pero siempre habría un pensamiento que viajara del aire al agua, y del mar a la tierra.
Cuando el relincho de uno resonaba en la pradera, el otro dejaba un suspiro de burbujas que inundaba las profundidades.
El aire, compadecido por ese quejido de amor, trasladaba su eco al fondo marino;  el agua, también herida,  llevaba a la superficie esa saeta.
Temblaban las manos del agua y de la tierra cuando llevaban estas ofrendas porque un sentimiento de culpa las atenazaba.
Habían rasgado el velo de ese amor que los cubrió y serían ellos quienes tuvieran que reparar esos sentimientos; quienes volvieran a hermanarlos en un mismo lazo.
Pero si ante situaciones irreversibles el amor es el único que no pierde la esperanza, tierra, fuego, aire  y agua aunaron sus ingenios y hallaron la manera de hacer posible lo imposible, de resucitar lo muerto.
 El aire recogió las voces, burbujas y suspiros que ambos caballos dejaron en sus brazos y se los dio al fuego.
Este, fundiendo todas esas pasiones, forjó dos corazones incandescentes cuyas llamas sobrevivirían en cualquier elemento.
La tierra, pensando en el ser más pasional que la habita, modeló la mitad de dos cuerpos, hombre y mujer, en las que guardaría esos corazones, y culminó el resto dándoles forma de caballo.
El agua, mientras tanto, les reveló todos los sentimientos y secretos que encierra quien vive bajo ella y les infundió su alma.
Así nacieron los centauros, pasionales desde su creación, corazón de tierra y alma de mar, dispuestos a morir en cualquier litigio donde medie el amor.
Ellos son el fruto de esa historia en la que un amor imposible entre un caballo de tierra y otro de mar se hizo realidad; una historia de amor capaz de resucitar lo muerto, de hacer posible lo imposible.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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