viernes, 19 de junio de 2015


“EL  VALLE  DE  LOS  HERIDOS”


Sobre esa fértil tierra solo  quedaban cadáveres de árboles y un suelo despellejado, tembloroso, temeroso de que un simple paso o una leve brisa rozaran sus heridas.
El silencio tensaba ese ambiente y el leve crujido de una hoja, que buscaba su cementerio, rasgaba la tragedia que se respiraba.
La vida se ausentó tras cruzar el vendaval.
Había dejado su puño de muerte y nadie se atrevía a levantar la voz.
Su recuerdo fue una larga sombra que se extendió a lo largo de los años sin que nadie sopesara en reparar ese dolor, sin que hubiera un atisbo de  devolver, a ese sitio, la vida.
Solo servía como punto de encuentro para aquellos que, sintiendo tan profundas sus penas, se acercaban allí para ahogarlas en otra mayor.
Bien se podría llamar “el valle de los heridos”.
Y puesto que se convirtió en campo abonado por lágrimas y suspiros, ellos fueron la simiente de  la que nacieron los únicos seres vivos.
Plantas de triste belleza, como la que puede dejar la lluvia, un día gris de otoño.
 Tierra en la que el aire solo dejaba alaridos.
Apagada y sombría, el mismo sol lamentaba que sus labios de fuego dejaran un escocido beso sobre las grietas de esa tierra y buscaba esconderse entre las sombras.
Toda ella era un nido de melancolía, incapaz de despojarse de la carga bruta de ese recuerdo.
No lejos de este valle, pero desconociendo su existencia, habitaba una perdida sonrisa que allí dejó, como testamento, un amor que murió.
Pero murió bajo la hoz de los años, no porque se extinguiera, por lo que fue, la voluntad del difunto, que siempre latiera en el aire ese maravilloso recuerdo bajo la forma de una sonrisa.
Flotaba y se desplazaba como si anduviera sobre nubes: elegante, señorial y dejando una estela de paz.
No conocía más tierra que aquella en la que descansaba la tumba de quien la engendró.
Era curioso acercarse a ella y sentir que se respiraba la vida.
Era milagroso contemplar esa lápida, la faz de la muerte, y envidiar el amor que encerraba.
No era permisible que tal testimonio quedara enclaustrado en ese recinto.
Tenía que haber una cláusula, en dicho testamento, que liberara a esa sonrisa de los límites de la tumba y la permitiera huir a esos mundos donde la desconocían.
Y ese mismo viento, que dejó sin vida a la vecina tierra, arrancó de su morada a la resucitadora sonrisa y la llevó al “valle de los heridos”.
Ignorando el estado del alma del territorio en el que se adentraba, lo cruzó como solo sabía hacerlo: aireando su sonrisa.
Fue como si un rayo de luz penetrara en el infierno y las almas penantes, deslumbradas, se aterraran ante ella.
Consciente de que pisaba una tierra de dolor, sintió que su simple sombra bastaría para lamer muchas heridas.
Su voz se abría camino entre los alaridos del viento, que acabaron recluyéndose ante esa inmortal sinfonía de amor.
La tierra dejó de temblar, perdió el miedo, y sus grietas, lejos de ser temerosas llagas a ser rozadas, se convirtieron en labios deseosos de ser besados por esa sonrisa.
Ahora, el silencio dejaba de rasgar la tragedia y se convirtió en un momento de deleite para contemplar su elegante y señorial vuelo.
¡Qué lejos quedaba el triste rastrear de la hoja que buscaba su cementerio!
Hasta los propios cadáveres de esos árboles muertos se convirtieron en estrado de aves que dejaban, sobre ellos, el más bello réquiem que se haya compuesto.
Y aquellos que lo buscaban como cementerio de sus penas, volvieron a él para recordar las alegrías olvidadas.
Bien podría decirse que el “valle de los heridos” pasó a llamarse “el valle resucitado”.
Y bastó una simple sonrisa, el testamento de un amor al que solo puso fin la vida, pero cuyo sentimiento nunca murió.
Y es que el verdadero amor trasciende los años, sobrevive a la corruptible muerte, y deja una huella inmortal, capaz de cerrar incurables heridas.

facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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