miércoles, 17 de junio de 2015


FELICES PRISIONEROS


“Yo  era un corazón espinado, con las cicatrices propias de la vida, pero dispuesto a entregarse a quien quisiera amarlo.
Y me crucé con otros en la misma tesitura, pero no estábamos llamados a compartir las espinas.
Cuando el dolor empezaba a ser uno más de mis sentimientos, cuando empezaba a asumirlo, sobre esa tierra abonada por el desconsuelo surgió una inesperada flor, aunque ahora, desde esta celda, dudo si fue el feliz destino o un amargado viento quien nos citó.
Aún recuerdo ese día  en el que, en un rutinario paseo, la encontré al borde del río desplegando sus cabellos en ostentosa provocación al viento; mojando sus pies en esas aguas, a la espera de que las náyades subieran para coronarlos; sonriendo al cielo para que llevara esa felicidad por todos los rincones; y también recuerdo (es imposible arrancar esa flecha de mi corazón) el momento en el que, al sentir mi presencia, dejó  caer su cabello como cataratas de oro, y su rostro quedó cubierto por la gravedad de un funesto pensamiento.
Pero hasta en ese trance me pareció que Dios esculpió, con sus propias manos, un inmortal monumento a la belleza.
Esa duda que la embargó fue tan pasajera como una sombra en el desierto.
A partir de ahí, empezamos, los dos, a respirar un aroma que creí eterno.
En ese fugaz encuentro se revelaron todos los escondidos deseos y sentimientos; como si ella y yo lleváramos una eternidad deseando que llegara ese momento; como si nuestros cuerpos fuera la viva imagen de esos añorados sueños.
Pero ¿a qué dios herí con mis sentimientos?
¿Fue acaso  Eolo quien sintió los celos porque le robara esos cabellos para que fueran presa de mis manos y no de sus vientos?
¿Fueron las propias ninfas, que habitan en los ríos, las que se sintieron traicionadas por robarlas a las que consideraban una de ellas?
¿O fueron ambos quienes me juraron venganza por pretender, y en eso estamos de acuerdo, a una diosa del Olimpo?
Al cielo tuve que herir, porque a ese relámpago de amor que cruzó nuestros pechos le siguió la tormenta de mi presidio.
Y fue la causa de él la presencia de unos desventurados ojos que acechaban nuestro idilio, pero en cuya mirada llevaba grabada la envidia.
Como sus pretensiones no fueron correspondidas, nunca admitiría que otros brazos fueron el escudo de ella.
No podía soportar que un vasallo tuviera una perla entre sus manos y él, hermanado con la seda y el boato, las tuviera vacías.
Y como puede más la injusta palabra del poderoso que la recta del villano, me veo entre rejas acusado de un extraño robo: de robarle el amor.
Sí algo le robé, serían sus sueños.
Si algo le dolió, sería la herida de su propio orgullo.
Entiendo  su dolor, ¡cómo no entenderlo si aún recuerdo esa mendiga cesta en la que ofrecía mi corazón a quien quisiera amarlo!, pero  si el corazón que deseas llama a otras puertas que no son las tuyas, no derrumbes aquellas porque no por eso llamará a las tuyas.”
 Desde ese día compartía su mundo interior con viejas y humedecidas paredes y un resquicio de luz, pedigüeña luz, que penetraba por un mísero ventanuco custodiado por barrotes.
Le habían robado esos paseos junto a un agua, recién nacida, que se derramaba entre los labios de las rocas y buscaba su camino.
Le habían privado de ver cómo la tierra esperaba esos besos, y al aire haciendo un hueco a los gorjeos del río; pero aunque él no pudiera, sus pensamientos seguían viajando con ellos,,, y con ella.
Y tan intenso era el recuerdo que amor y naturaleza le dejaron, que no pudo evitar escribir estas letras en las que es su propia alma la que habla.
Pero como el amor no es amor cuando es forzado, al poco tiempo tuvo compañía.
Ahora era ella quien entraba en prisión por otra rara acusación: no devolverle, a ese usurpador de corazones, el amor que, decía, le habían robado.
Allí se juntaron las felices víctimas.
Esos barrotes serían los labios por los que se escapaba el aire de su vida.
Las estrechas y humedecidas paredes serían su horizonte.
Pero una vez juntos todo era, para ellos, tan inmenso que no repararon en esas limitaciones.
Seguía entrando un resquicio de luz por ese ventanuco, pero en sus pechos siempre sería de día.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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