sábado, 27 de junio de 2015


PRIMERA COMUNIÓN


Era una mañana en la que el cielo  se vistió de gala como solo podía hacerlo en esos días en los que se encuentra, por primera vez, alguien con lo amado.
Era un día en el que Dios cruzaría, por primera vez, los vírgenes corazones de una niña y un niño, de una blanca flor y de un joven marinero.
Había llegado el momento en el que esas inocentes vidas sentirían el roce de Dios en sus almas.
Ante ellos, estaba el mismo Dios bajo el aspecto de Sagrada Forma y sería pobre escribir cualquier metáfora como la de que se sintieron más cerca que nunca de la luna.
En ese instante no existían palabras entre ellos.
Se miraron fijamente y el niño y la niña, como si no sintieran la tierra, le hablaron con la mirada, el único sentido que podía expresar lo que guardaban en sus almas.
 Dios, suspenso en el aire bajo su aspecto de pan, no se apartaba de esos infantiles ojos llenos de fe que, antes de que descansara en sus labios, ya lo consumían con la mirada.
La blanca flor de lis se recogió el vestido y juntó las manos como si la flor cerrara sus pétalos.
El joven marinero estiró su chaqueta azul como si el mar se extendiera, y también las juntó como olas que se aprietan.
Y sus labios se abrieron.
La niña, bajo su aspecto de blanca flor de lis, se asemejaba al día final en el que la tierra se abre para dar paso a Dios.
El niño, con apariencia de mar, simuló el instante en el que las aguas se apartaron  para que las cruzara la columna de Dios.
Todo era eterno en ese instante en el que Dios y los niños se fundieron.
Tan eterno, que aún vive ese recuerdo en el que dos hermanos vieron a Dios cara a cara; aún siento ese día en el que Dios, por primera vez, roza las almas.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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