miércoles, 15 de julio de 2015


EL MOTÍN DE LAS SOMBRAS



Las sombras, cansadas de vivir  ancladas en el mismo sitio o de hacer siempre el mismo recorrido como esclavas de quien las lleva, decidieron liberarse para tomar su propio camino.
Cada cual conocía su “mundo”,  pero ignoraba el que conocían sus compañeras, por lo que decidieron reunirse para intercambiar experiencias antes de emprender su rumbo.
Habló la sombra del águila, quien les dio una visión de los paisajes que ocultaba la tierra, sus formas y colores, los aromas que se respiran en los montes,….
Según iba detallando esos rincones, los ojos de la farola o del campanario, ancladas siempre en el mismo sitio, eran como sorprendidos amaneceres según van descubriendo lo que ocultaba la noche.
Continuó la sombra del sauce, apostada a la vera del río; inmóvil, pero sabia en sentimientos.
Habló del silencio de los besos, del sonido de los suspiros, de lágrimas confundidas en el agua, de palabras de fuego con eco de eternidad y el sello del juramento; en fin, les habló de las mortales pasiones que nacen cuando dos personas se aman, o cuando alguien sueña con ese sentimiento mientras la sombra de la lápida, curtida en dolores, se maravillaba de que algo así existiera.
Pero todas vivían a ras de suelo y ninguna pudo hablar de los secretos del cielo, hasta que a una se le ocurrió preguntarle a las sombras de la  luna.
Ellas custodiaban su rostro y podrían describir ese mundo inaccesible para el resto.
Una voz suave, templada, les contó por qué se ríe o llora, cómo arde su corazón aunque parezca fría,..
La describieron tan sentidamente, que todas suspiraron por estar allí algún día.
Finalmente, habló la sombra de las sombras, su madre: la noche.
Todas las sombras dormían en sus brazos, brazos que se abrían para liberarlas en cuanto naciera el sol.
Las engendraba en su seno, aunque sabía que el alba se las robaría y ella moriría en el parto.
 “Habláis de lo que habéis visto, pero os olvidáis del valor que tenéis vosotras mismas.
Cuántos momentos de descanso habréis proporcionado al caminante fatigado.
Cuántos miradas se habrán deleitado al veros bailando con la luz en los paisajes.
Cuántas personas solitarias hubieran deseado veros a una de vosotras, vestida de persona, haciéndoles compañía.
No os sintáis esclavas de la forma a la que estáis sujetas ni retéis al  sol.”
Las sombras, arrepentidas de esa locura que les hizo soñar con ser errantes manchas sin sentido,  volvieron al lugar del que nacieron sintiéndose orgullosas de ser una simple pero maravillosa y agradable sombra.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos


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