martes, 21 de julio de 2015


HIJOS DE UN LATIDO


Son muchos los latidos que piden paso para dejar su voz agradecida, pero solo uno es capaz de cruzar esa barrera sin pedir permiso.
Campea libremente, como si fuera aire, sobrevolando por encima del resto, ignorándolos.
Tal es su supremacía.
Y así como los demás nacen en momentos puntuales y mueren cuando se borra el recuerdo o se extingue la emoción, este, ya existía antes de que naciera el corazón.
Y aunque un corazón cerrara sus puertas o negara la entrada a todo sentimiento, sería en balde su esfuerzo, pues ya lleva inserto ese latido desde su nacimiento.
Solo espera que le haga agradable su morada, pero  nunca podrá destruirlo aunque lo niegue.
Y esa morada en la que reside podrá tener forma humana, de vocación, de paisaje, podrá revestirse de múltiples formas que le den cobijo.
Pero me atrevo a decir que si no existiera ese latido, el corazón no tendría sentido, pues sería como un gran espacio llamado “mar” donde no existiera el agua.
De la misma manera que la noche se creó como morada de la luna, pero si no existiera la luna no habría noche, así, gracias a esa voz agradecida que irrumpe y llama tenemos corazón y alma.
Y una vez que nos habita, podemos hacer que nuestro cuerpo, nuestra vida, sea, para él, lujoso aposento o ruina.
Y ahora que lo pienso, ¿esa voz que sonó en mi pecho cuando tus ojos rasgaron su velo, la hubiera oído si él no existiera?
 O dicho de otra manera, ¿hubiera sido capaz tu azul mirada de despertar esas emociones y sueños?
No, hubiéramos sido bellas estatuas, incapaces de que una sola emoción naciera de esa piedra, y nos hubiéramos mirado con la misma frialdad con que la playa y el horizonte se contemplan.
Hubiéramos sido errantes estrellas que van dejando el vestigio de su luz sin sentir más amor que el de por su propia existencia.
Por eso, gracias a él, existen todos esos latidos que quieren dejar su voz agradecida; por eso, río, sueño, lloro o sufro cuando tú eres feliz o penas.
Pero todos estos sentimientos que nos embargan al cruzarse nuestras miradas son hijos de ese latido que ya existía; al que dio cobijo mi pecho en una estancia que lleva tu nombre; son hijos, y los beso, de ese latido que da vida al cuerpo y al alma.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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