sábado, 4 de julio de 2015


LUZ SAGRADA


Pensaba en esas luces que descansan  en la tierra, síntomas de vida  que se  adentran en el pecho sin poder evitarlo, hasta que me detuve ante una, tal fue su agradable sorpresa.
Bailaba nerviosa, como un corazón cuando piensa en lo amado, y sus destellos eran voces, latidos dispersos en el aire ofreciéndose a quien los observara.
En realidad, esas voces solo las escuchaba quien estuviera contagiado de sus mismos sentimientos; y tal vez por eso creí que me hablaban.
Tenía que nacer de algo mágico o sagrado para ser capaz de arrebatar la atención, sustraer la mirada, anular la razón y resucitar las emociones.
Era tal su intensidad,  que, al mirarla, toda mi vida se reveló en el alma, reducida en un compendio de sentimientos que nacieron y murieron en un suspiro de tiempo.
Me sentí niño recién nacido, desnudo ante la vida, hoja de otoño en las manos del viento; me sentí como si, de mí, todo lo supiera.
Y solo dos seres son capaces de conocer los pretéritos secretos del alma y los que se incuban en el momento: Dios y la mujer a quien se la entregas.
Pero si estas sensaciones se desataron como lava enfurecida escapando de su volcán, con la misma inmediatez desaparecieron los destellos, dejaron de sonar esas voces de luz, como si la madre tierra hubiera abierto sus carnes para esconderlas en sus entrañas.
Todo es más sencillo de lo que aparenta; toda esa magia era real…. y fatal.
Solo sucedió que mientras conservaste tu último hálito de vida, quisiste regalarme todas nuestras emociones vividas y compartidas y te vestiste de enamorada luz; pero en el instante en que tus ojos se cerraron para siempre y esa mano que te cogía empezó a sentir el frío de la muerte, se apagaron todos los destellos y se acallaron esas voces de luz.
¿Para siempre?
No, pues me basta recordarte para que todos los días vea esa luz bailando nerviosa como un corazón cuando piensa en lo amado; basta que te piense para que escuche la voz de esos destellos, latidos dispersos en el aire ofreciéndose a quien esté contagiado de sus mismos sentimientos.


facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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