jueves, 24 de septiembre de 2015


NOCHE DE LUNA Y CABALLOS


Recuerdo ese día en el que un rayo  de luna, perdido entre las sombras de una noche en calma, tropezó con mi errante corazón, fugitivo del enamorado pecho, que buscaba un suspiro entre los silencios.
Contemplé esa estela de plata, sentí que me buscaba, y según se acercaba vi un nombre escrito en ella.
Fue leerlo en el pensamiento y un blanco corcel salió de ese perdido rayo para adentrarse en mi corazón.
Lo recorrió alocadamente dejando, a su paso, una estela de fuego que me inspiraba el deseo de morir entre sus llamas, pues nunca pensé que una muerte pudiera ser tan dulce.
Era el caballo del Amor.
Preso de esta divina locura, me atreví a susurrar ese nombre escrito, en tan baja voz que apenas lo hubiera oído el mismísimo viento, pero bastó que quedara flotando en el aire esa sagrada palabra, ese nombre de mujer, para que un segundo corcel, blanco como los virginales deseos, naciera de esa hechicera estela que la luna me ofrecía.
Su paso era pausado, elegante y decidido; tan solemne y majestuoso que hasta el mismísimo caballo del Amor detuvo su alocado galope e hizo, de sus llamas, un pasillo de fuego que diera triunfal entrada al recién nacido corcel.
Se adentró lentamente en mi pecho, inclinó levemente la cabeza al pasar ante el corazón y se introdujo en el alma.
¡Oh Dios!, si deseé morir en el anterior fuego, ahora sentí que esas llamas ascendían hasta el cielo llevando en sus puntas esa palabra sagrada, ese nombre de mujer, hasta adentrarse en la misma cueva de Dios.
Y allí, alma y corazón compartían con esa palabra su divino lecho.
Era el caballo del Espíritu.
Solo sabía que seguía entre las oscuras sombras de esa sigilosa noche porque la luna me seguía tendiendo su mano de nácar enfundada bajo el guante de su rayo que de mí no se apartaba.
Y al notar que el caballo del Amor y el Espíritu convivían armónicamente en mi pecho, un impulso me hizo seguir el rastro de ese rayo, desde la tierra hasta esta esa luna de la que nacía, y al llegar mis ojos a sus puertas pronuncié con desgarradora voz ese nombre.
Debió llegar su eco hasta ella, porque de la misma luna, como si abriera su vientre de madre de la noche, nació un tercer caballo, como los anteriores, blanco, y que aglutinaba sus bellezas.
Descendió por ese tobogán de plata y, como esa primeriza estela que parecía que me buscaba, se dirigió hacia mí hasta frenarse ante mi mirada.
Estando pensativo y en silencio, Amor y Espíritu se escaparon de mi pecho para unirse con el corcel que se escapó de la luna.
Cerré los ojos por si todo era sueño, los abrí temiendo que lo fuera  y que solo viera ese rayo fugitivo, pero allí estaba: Amor y Espíritu se unieron al corcel del Cuerpo.
Y esa noche calmada en la que mi errante corazón tropezó con un rayo de luna, se hizo vida ese suspiro que buscaba entre los silencios y puse rostro a ese nombre que habitaba en mi pecho.


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lunes, 21 de septiembre de 2015





POESÍA: HIJA DE UN PASEO

Caminaba pensativo, rumiando esos sentimientos
 que se anclan en el alma compungida
y que, liberarlos, no podía o no quería.

El cielo me ofrecía su lluvia, como lágrimas compañeras;
la tierra, sus flores como bálsamo a mi pena;
la noche, sus estrellas como luces de esperanza,
pero me faltaba una palabra,
esa que los arrancara de su oscura celda.

Y busqué en las voces amigas y dispuestas,
pero eran incapaces de  curar mis heridas.
Rasgué la tela que me cubría el alma
y dejé que huyeran esos ecos que en ella bullían,
las voces que en ella latían.

Pena, Olvido, Esperanza, Silencio, Ilusión y Alma.
Estas fueron las primeras que huyeron de mi pecho,
y buscaron  refugio en una desnuda hoja
para vestirse de letras.

Robé sus iniciales para construir una nueva palabra:
P-O-E-S-I-A
¡POESÍA!
Sí, era la palabra que buscaba,
la palabra soñada y consoladora,
aquella capaz de reunir todos esos sentimientos
que nacen, viven y mueren en el alma.

No me cansé de pronunciarla;
y cada vez que sonaba, sentía que, en mi pecho,
alma y corazón se fundían y gozaban.

Desde entonces, ya no busco extrañas soluciones
que mitiguen la pena o exalten la alegría.
Me basta vestir de letra los secretos del alma,
pronunciar en baja voz esa mágica palabra,
y sentir que esas lágrimas de la lluvia son mías;
que esas flores son el aroma de mi pecho,
o que esas estrellas son mis propias esperanzas.

Sí, Poesía, tú fuiste esa palabra que buscaba,
esa amiga dispuesta, de palabra acertada,
que me hizo sentirme humano,
que liberó de su cárcel a esos sentimientos
que, un día, rumiaba en un paseo solitario.


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