sábado, 31 de octubre de 2015

DIFUNTOS Y SANTOS

"El entierro del conde de Orgaz", El Greco

Hay días en los que el corazón queda preñado por el dolor del recuerdo, y el alma, por la felicidad de la esperanza.
Lágrimas y sonrisas conviven en esa universal tierra que son los sentimientos.
Es inevitable que en el “día de los difuntos”  la muerte avive los recuerdos de quienes compartieron nuestra vida y deje, en nuestro pecho, un jirón por cada uno de ellos.
¿Quién no sintió que su corazón se ahogaba al mismo tiempo que naufragaba la vida de quien quisiéramos que viviera?
¿Quién no ha dejado una lágrima, aunque sea oculta en el alma, al ver que se cerraban esos ojos con los que compartimos tantas miradas?
Nadie, porque amor y dolor son flores de la misma rama, y si sufrimos es porque amamos; y si amamos es que estamos dispuestos al sufrimiento.
Pero en ese último instante en el que la muerte parece definitiva, nos rebelamos ante ella y queremos seguir soñando con la vida.
 Tal vez por eso, alma y corazón saboreen la locura donde chocan los afectos y nada más apagarse  la última voz que ese ser  dejó en la tierra, asome, soñemos, con la primera palabra que dejo nada más pisar el  Cielo.
Llevemos al extremo ese sueño y sintamos que esa palabra fue nuestro nombre y que sus ojos, abiertos, nos buscaban  para intercambiar esa mirada que compartimos en la tierra.
Pero algo me dice que ese sueño es real, porque ¿quién no ha sentido una llama de felicidad cuando, al mirar al cielo, ha experimentado la alegría de saber que está vivo? 
Difuntos y santo, son como  esos días en los que la lluvia viste de lágrimas la tierra y ésta, espera pacientemente a que muera ese dolor para  vestirse  de arco iris y  demostrar que al final  siempre hay esperanza; que tras esa luctuosa máscara queda el feliz sueño de que nos esperan en el Cielo.

Abel De Miguel Sáenz
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martes, 27 de octubre de 2015

SIEMPRE HAY UN CAMINO


Enmascarada por el dolor de un  adiós, se vistió de luz para disimular su pena, robó los musicales trinos de  las felices aves para aparentar alegría, el silencio del durmiente musgo para sentir una artificial paz, y le pidió al viento que alzara su voz para ahuyentar sus lágrimas.
 A los ojos de cualquiera, parecía que se encontraba en el éxtasis de la vida, en el cénit de la gloria, pero nadie sabía que bajo esa maravillosa visión se escondía una pena; nadie podría imaginar que una daga punzaba su pecho; y nadie sabía, ni ella misma, cuánto duraría esa lucha entre el aparente carnaval y el real sufrimiento, quienes habían elegido su alma como campo de batalla.
Y es que ese mismo viento que hizo huir las brillantes lágrimas que dejó el rocío y que le causaban pena, también le traía el recuerdo de esa voz por la que suspiraba.
La luz que la desnudó del luto con el que la visitó la noche y la cubrió de nupcias, le infundía esperanza, pero también dejaba ver la ausencia de lo amado.
No sabía si vivir en ese estado en el que lo daba todo por perdido, pero, al menos, conocía la sentencia, o dejarse llevar por esos fuegos de artificio que la hacían soñar aunque, ese sueño, no lo pudiera tocar.
Todo era drama en su alma, pues no hay mayor dolor que aferrarse a un deseo inaccesible, un deseo que alimenta la tortura de saber que nunca llegará.
Solo quedaba una salida: dejar de soñar. Sin embargo, ¿y si muerto el sueño se acababa la vida?
Entonces, prefería vivir aunque eso le supusiera sufrimiento.
Pero llegó ese momento en el que el cuerpo se rinde porque no encuentra armas que borren la sombra del dolor, ese instante en el que el que el final se ve como la única solución.
Fue, entonces, cuando surgió la poderosa Vida.
No estaba dispuesta a que la desesperación se llevara tan fácilmente a una de sus criaturas, a que cortara la posibilidad de que un corazón siguiera amando por el hecho de que no encontrara su sueño.
Sería ella, la misma Vida, quien le ofreciera otras ilusiones que iluminaran esos rincones del alma donde moría la esperanza.
Se abrió el pecho y mostró todas las bellezas que encierra, bellezas que ya existían, pero que esa joven no alcanzó a ver porque su sueño la dejó ciega.
Muerto el sueño y superado el dolor de su entierro, empezó a vislumbrar nuevas luces, luces que le enseñaban nuevos caminos donde podría encontrar, aunque con distinto ropaje, la felicidad.
Y fue capaz de descubrirlas porque su alma y corazón estaban desnudos, se habían liberado del cadáver de ese sueño que casi la ahoga, y pudo sentir, por fin, que la vida, aunque breve, es suficientemente intensa como para ofrecernos siempre un motivo por el que vivir.



Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 25 de octubre de 2015

LA TRIPLE FLOR


Hubo momentos en los que el mismo Dios se emocionó al ver su creación, y no pudiendo contener sus sentimientos vistió a esas criaturas que le robaron el corazón, con su sello divino.
Así sucedió cuando al ver la maravilla del mar recién creado, le brilló la mirada y nació la luz.
O cuando, al contemplar la piel de la Tierra, con sus multiformes colores, cerró los ojos para recrearse en ella y, en ese instante, nació la noche.
Pero las emociones divinas no se limitaron a la Naturaleza. El mismo ser humano fue capaz de arrebatarle el corazón.
Como cada día, Dios cubrió con su mirada a los mortales, supervisando sus vidas y cuidando de ellas, pero en un momento dado la detuvo, se le apretó el corazón  y dejó caer tres lágrimas.
En sus ojos brillaba la emoción cuando contempló a tres niñas.
Eran tres hermanas que componían un ramillete en el que cada flor era igual de  bella.
Begoña, Pilar y Marta (esos eran sus nombres) hicieron, de su inocencia, el arma que cautivó a Dios, y este, no pudiendo reprimirse, dejó caer tres lágrimas en la tierra.
La primera, embrujada por la dulce timidez de Begoña, la mayor, se vistió de flor cuyos pétalos elevaran un monumento a esa virtud: nació la begonia.
La segunda, atraída por la noble sonrisa de Pilar, buscó caer junto a ella, y recordando esa blanca felicidad que brillaba en su rostro, dio nacimiento a la magnolia.
Finalmente, la tercera se sintió atraída por la amorosa mirada de Marta y decidió vestirse de esa flor que, solo con verla, enamora: nació la rosa.
Pero detrás de cada una de estas flores se esconden unos rostros, unas vidas con sus almas y sus sueños, para quienes están destinadas estas letras.
Solo espero que al leerlas se dibuje en sus pétalos de niñas la más bella sonrisa que puedan ofrecer una begonia, una magnolia y una rosa.


Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 17 de octubre de 2015

ESCONDIDO


Hoy tu mano se ha abierto como flor mendiga, suplicante de una gota que anime sus tristes pétalos, y al verla he querido ser lluvia y que mi alma fuera el viento que me arrastrara a descansar sobre ella para dejar, en esa bandeja de nácar, un beso y una lágrima.
Pero en esa mano no solo descansa tu deseo; también el mío vive en ella, y lo hace desde ese día en el que esta azarosa vida interpuso, entre mi pecho y mis sueños, tu mirada.
Desde entonces, me he apropiado de todos los rostros de la Naturaleza, me he camuflado entre ellos, o he soñado ser ellos mismos para, así, sentirte cerca.
Uno de esos días en los que el viento estaba mimoso y se vistió de brisa, en los que tú le ofreciste tu rostro para sentir su suave tacto, ¿no sentiste en tus mejillas un tímido calor que te acariciaba?
¿Sí? Pues era yo quien te besaba.
O aquellos en los que una melancólica lluvia te robó los sentimientos y dejaste que tu corazón y alma se perdieran entre sus brazos de agua, ¿no sentiste, en medio de ese silencio, un torbellino de emociones mientras la contemplabas?
¿No te suscitó, esa enamoradiza lluvia, el recuerdo de una canción de amor?
¿No notaste que cada gota que caía en tu ventana se aferraba a ella resistiéndose a huir y, en su descenso, su curso trazaba el  movimiento de tus ojos como si fueran tus propias lágrimas?
Si notaste que algo milagroso rodeaba ese  momento me daré por satisfecho, pues era yo cada una de esas gotas que descansaban en el cristal, era yo quien susurraba esa música de amor.
Y porque hubiera un momento del día en el que siempre pudiera verte, osé esconderme en la luna.
¿No has sentido, alguna noche,  una placentera sensación de paz que pinta ilusiones en tu alma mientras la luna y tú cruzáis las miradas?
¿No te has acostado con el deseo de que esa postal irrumpa, vestida de sueños, en tu sueño?
Si se ha cumplido ese deseo, también lo ha hecho el mío y daré eternas gracias por haber podido adentrarme en tu silencioso mundo vestido de esa luna que era yo.
Y así pasaré la vida, escondiéndome entre el ropaje de esa Naturaleza que te rodee, para ser brisa, lluvia o luna, para ser beso, lágrima o sueño que se sientan vivos solo con estar cerca de ti.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 12 de octubre de 2015


A LAS ORILLAS DEL EBRO (12 de octubre)


En la orilla del Ebro sonaban lamentos que dejaban una triste música en el aire.
La desazón era la causa de que ese hombre, bregado en batallas, meditara la derrota y escondiera su mirada en las profundidades del río, como si allí se ahogaran sus esperanzas.
Llegó a España cargado de ilusiones, pensando que las almas brindarían por su buena nueva o que los corazones abrirían sus puertas ante la noticia del Amor, pero allá donde llamaba solo encontraba, como respuesta, el silencio, el desdén o una burlona risa que lo etiquetaba de loco.
Nadie quería saber nada de ese Dios al que anunciaba, de ese Cristo al que él vio, de esa nueva ruta que garantizaba llegar al Cielo y que ya aquí, en la tierra, borraría los sinsabores.
Pero la burlona vida torció los caminos y ahora era él, el que ofrecía la felicidad, quien saboreaba esa amargura que pretendía robar.
Hasta las propias aguas del Ebro parecían indiferentes.
 Apenas un respetuoso silencio en el que acallaban su gorjeo cuando lo contemplaban al pasar, para seguir saltando y corriendo en busca del mar una vez que dejaban atrás esa desconsolada figura.
 No había nadie que lo escuchara, o al menos eso parecía.
En un momento dado, esos lamentos que buscaban ahogarse se tornaron débil y apacible brisa, abandonaron el camino de las aguas y regresaron para envolverle vestidos del eco de alegres y juveniles trinos,  de sonrisas que ponían  rostro a ese Cielo por el que él suspiraba y ofrecía.
Su pecho sintió alivio; su corazón, presto a ahogarse en el río, recuperó el pulso; su alma, que empezaba a desgarrarse en jirones, brilló sobre las aguas como si hubiera dejado su estela la luna; y la mirada dejó de esconderse para volver a buscar la esperanza.
Todos esos síntomas, ese aluvión de emociones, solo podían responder a un milagro.
Allí, sobre esas aguas dispuestas a recoger sus lágrimas, se alzaba una Mujer que encarnaba lo divino.
Cualquiera que la hubiera visto por primera vez hubiera creído que ya no estaba en este mundo, pero él la conocía; había saboreado las mieles de su compañía y experimentado la ternura de sus ojos.
Un modesto pilar sostenía a la Madre de Dios, madre que  venía a socorrer a su hijo.
Fue breve el diálogo entre Santiago y María, pero suficiente para que el primero sintiera que la vida, junto a Ella, es victoria.
La Virgen abandonó su modesto trono y se desvaneció en el cielo.
Allí quedaron el Apóstol y el Ebro mirándose de nuevo, cruzando sus sentimientos y dejando, en el aire, una nueva música donde no cabía el lamento.
Las aguas rompieron su respetuoso silencio, dibujaron la felicidad en las espaldas del río y, presurosas, buscaron al mar para darle la noticia.
Y el mar llevaría la buena nueva a las vecinas tierras de América mientras en España el Apóstol encontró nuevas almas que brindaban y corazones que le abrían sus puertas.

Abel De Miguel Sáenz
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