lunes, 12 de octubre de 2015


A LAS ORILLAS DEL EBRO (12 de octubre)


En la orilla del Ebro sonaban lamentos que dejaban una triste música en el aire.
La desazón era la causa de que ese hombre, bregado en batallas, meditara la derrota y escondiera su mirada en las profundidades del río, como si allí se ahogaran sus esperanzas.
Llegó a España cargado de ilusiones, pensando que las almas brindarían por su buena nueva o que los corazones abrirían sus puertas ante la noticia del Amor, pero allá donde llamaba solo encontraba, como respuesta, el silencio, el desdén o una burlona risa que lo etiquetaba de loco.
Nadie quería saber nada de ese Dios al que anunciaba, de ese Cristo al que él vio, de esa nueva ruta que garantizaba llegar al Cielo y que ya aquí, en la tierra, borraría los sinsabores.
Pero la burlona vida torció los caminos y ahora era él, el que ofrecía la felicidad, quien saboreaba esa amargura que pretendía robar.
Hasta las propias aguas del Ebro parecían indiferentes.
 Apenas un respetuoso silencio en el que acallaban su gorjeo cuando lo contemplaban al pasar, para seguir saltando y corriendo en busca del mar una vez que dejaban atrás esa desconsolada figura.
 No había nadie que lo escuchara, o al menos eso parecía.
En un momento dado, esos lamentos que buscaban ahogarse se tornaron débil y apacible brisa, abandonaron el camino de las aguas y regresaron para envolverle vestidos del eco de alegres y juveniles trinos,  de sonrisas que ponían  rostro a ese Cielo por el que él suspiraba y ofrecía.
Su pecho sintió alivio; su corazón, presto a ahogarse en el río, recuperó el pulso; su alma, que empezaba a desgarrarse en jirones, brilló sobre las aguas como si hubiera dejado su estela la luna; y la mirada dejó de esconderse para volver a buscar la esperanza.
Todos esos síntomas, ese aluvión de emociones, solo podían responder a un milagro.
Allí, sobre esas aguas dispuestas a recoger sus lágrimas, se alzaba una Mujer que encarnaba lo divino.
Cualquiera que la hubiera visto por primera vez hubiera creído que ya no estaba en este mundo, pero él la conocía; había saboreado las mieles de su compañía y experimentado la ternura de sus ojos.
Un modesto pilar sostenía a la Madre de Dios, madre que  venía a socorrer a su hijo.
Fue breve el diálogo entre Santiago y María, pero suficiente para que el primero sintiera que la vida, junto a Ella, es victoria.
La Virgen abandonó su modesto trono y se desvaneció en el cielo.
Allí quedaron el Apóstol y el Ebro mirándose de nuevo, cruzando sus sentimientos y dejando, en el aire, una nueva música donde no cabía el lamento.
Las aguas rompieron su respetuoso silencio, dibujaron la felicidad en las espaldas del río y, presurosas, buscaron al mar para darle la noticia.
Y el mar llevaría la buena nueva a las vecinas tierras de América mientras en España el Apóstol encontró nuevas almas que brindaban y corazones que le abrían sus puertas.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

1 comentario: