martes, 27 de octubre de 2015

SIEMPRE HAY UN CAMINO


Enmascarada por el dolor de un  adiós, se vistió de luz para disimular su pena, robó los musicales trinos de  las felices aves para aparentar alegría, el silencio del durmiente musgo para sentir una artificial paz, y le pidió al viento que alzara su voz para ahuyentar sus lágrimas.
 A los ojos de cualquiera, parecía que se encontraba en el éxtasis de la vida, en el cénit de la gloria, pero nadie sabía que bajo esa maravillosa visión se escondía una pena; nadie podría imaginar que una daga punzaba su pecho; y nadie sabía, ni ella misma, cuánto duraría esa lucha entre el aparente carnaval y el real sufrimiento, quienes habían elegido su alma como campo de batalla.
Y es que ese mismo viento que hizo huir las brillantes lágrimas que dejó el rocío y que le causaban pena, también le traía el recuerdo de esa voz por la que suspiraba.
La luz que la desnudó del luto con el que la visitó la noche y la cubrió de nupcias, le infundía esperanza, pero también dejaba ver la ausencia de lo amado.
No sabía si vivir en ese estado en el que lo daba todo por perdido, pero, al menos, conocía la sentencia, o dejarse llevar por esos fuegos de artificio que la hacían soñar aunque, ese sueño, no lo pudiera tocar.
Todo era drama en su alma, pues no hay mayor dolor que aferrarse a un deseo inaccesible, un deseo que alimenta la tortura de saber que nunca llegará.
Solo quedaba una salida: dejar de soñar. Sin embargo, ¿y si muerto el sueño se acababa la vida?
Entonces, prefería vivir aunque eso le supusiera sufrimiento.
Pero llegó ese momento en el que el cuerpo se rinde porque no encuentra armas que borren la sombra del dolor, ese instante en el que el que el final se ve como la única solución.
Fue, entonces, cuando surgió la poderosa Vida.
No estaba dispuesta a que la desesperación se llevara tan fácilmente a una de sus criaturas, a que cortara la posibilidad de que un corazón siguiera amando por el hecho de que no encontrara su sueño.
Sería ella, la misma Vida, quien le ofreciera otras ilusiones que iluminaran esos rincones del alma donde moría la esperanza.
Se abrió el pecho y mostró todas las bellezas que encierra, bellezas que ya existían, pero que esa joven no alcanzó a ver porque su sueño la dejó ciega.
Muerto el sueño y superado el dolor de su entierro, empezó a vislumbrar nuevas luces, luces que le enseñaban nuevos caminos donde podría encontrar, aunque con distinto ropaje, la felicidad.
Y fue capaz de descubrirlas porque su alma y corazón estaban desnudos, se habían liberado del cadáver de ese sueño que casi la ahoga, y pudo sentir, por fin, que la vida, aunque breve, es suficientemente intensa como para ofrecernos siempre un motivo por el que vivir.



Abel De Miguel Sáenz
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