martes, 24 de noviembre de 2015

BOSQUEJOS DE LUZ


Se refugió entre los bosquejos de claridad que dejaba la noche y compartió, con ellos, su propia luz.
Alma y luna  apenas eran una tímida vela rendida a esos oscuros brazos, pero entre ambas se sintieron fuertes para liberar sus silenciosos secretos.
Una mirada fría y desocupada solo se detendría en las espesas sombras que las rodeaban; solo acertaría a imaginar las garras del asfixiante viento ahogando a la noche, pero a ellas las ignoraría.
A simple vista eran tan parecidos esos mundos que uno de ellos pasaba desapercibido; sin embargo, eran tan distintos.
En ambos, alma y luna frente a la noche, reinaba el silencio, los dos compartían la soledad, y todos respiraban oscuridad.
En ese minúsculo espacio en el que alma y luna respiraban, en el que pareciera que, por olvidado, nadie lo visitaría, el silencio era oración; la soledad, amistad con lo divino;  y la oscuridad, recogimiento.
Frente a ellas, la noche desplegaba su negro abanico ofreciendo su misterioso seno a quienes gustaran de lo desconocido.
Y era tan fuerte su atractivo que hubo quienes se atrevieron a adentrarse en ese inquietante mundo ignorando que el silencio era ausencia; la soledad, angustia; y la oscuridad, incertidumbre.
La curiosidad se trocó en intenso frío que aniquilaba los bellos sentimientos y despertaba los que nunca quisiéramos ver vivos.
Los ojos no se recreaban, sino que buscaban dónde estaría el peligro.
La tensión ocupó el lugar del aire y solo se la respiraba a ella.
¿Dónde estaba ese encanto con el que la noche se maquilló para seducirlos?
Se sintieron atraídos por la oscuridad despreciando esa tibia luminaria que alma y luna conformaban en el vientre de la noche; pero fue esa pequeña luz quien les devolvió la ilusión por la vida.
Acabaron encontrando lo que no buscaban.
¿Y no es así, también, en el amor?
Podrá ocultarnos su rostro, pero siempre hallaremos refugio en esos bosquejos que sobreviven; nos agarraremos a los débiles hilos que sobreviven en el corazón y que nos recuerdan que un día amamos y que podemos volver a hacerlo.
Y aunque sus tristes voces nos arrastren a un  “placentero” dolor con el que nos compadecemos y lamemos nuestras heridas, siempre existirán, en esa noche del corazón,  un amor y un recuerdo, un alma y una luna,  que, silenciosos y ocultos, nos recuerden que un día nacieron en nuestra alma para darnos la vida.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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