lunes, 9 de noviembre de 2015

DÉBIL, PERO VIVA


Era una mañana más de un otoño cualquiera.
Las aceras estaban inundadas de esas hojas que cantaron su réquiem cuando una impetuosa lluvia les arrancó su última esperanza de vida, y en el aire flotaba la maravillosa magia de la humedad, capaz de envolver el presente de tiempos y paisajes ignorados y soñados.
La noticia no era verlas en el suelo sino que quedara alguna pendiendo de una rama, brazo suspirante que en cada gemido las perdía.
Por eso me detuve ante una que luchaba por aferrarse a ese árbol madre, ante una que prefería ser campana, oscilante al son del viento, antes que besar la tierra  y saborear el frío suelo.
Al contemplar esa desigual batalla entre su sueño de permanecer atada y su irremediable destino, sentí reverdecer viejas luchas, escuchar una apagada voz que recordaba esas palabras que me hicieron soñar y aquellas que me robaron el sueño.
Me era tan familiar esa hoja que se debatía entre el deseo de un hogar y el destierro, que reviví esos momentos en los que el corazón luchaba contra sí mismo.
Cuando parecía que sus fuerzas se rendían y que esa rama madre no podía hacer más por sostenerla, sacaba, del vacío, un suspiro de fuerza que la mantenía con vida.
El aroma a tierra mojada me sedujo y me invitó a perderme por esas calles que destilaban paz, envueltas en aires de cuento, y allí la dejé, en su perdida batalla, en su loable lucha.
La mirada se dispersaba por esas calles y árboles que aún rezumaban el fresco aliento del beso que les dio la lluvia.
Aún podía sentir ese recién instante en el que se amaron.
Creí haberla olvidado, pero el frágil devaneo de esa hoja luchadora me acompañaba y la veía en cada signo que el cielo dejaba esa mañana en la que todo invitaba a un contemplativo pensamiento.
No fue mi propósito, pero era evidente que, esa mañana, el cielo y mi corazón se habían confabulado para que respirara su hechizo.
Regresé al ritmo de unos pasos que no buscaban más destino que el de embriagarme de esa otoñal mañana, y porque nada buscaba, volví a encontrarla. Allí estaba, a punto de ceder su vida.
No soportando esa angustia, que resucitaba la mía, decidí robarla aunque con ello le quitara su imposible sueño de permanecer abrazada a su amada rama
La guardé en el pecho, pegada al corazón, para que ambos compartieran y se consolaran.
Y hoy sigue viviendo,  en un vaso de cristal, a los pies de una ventana, para que siga viendo esa luz que cada día la besaba.

Solo me quedaba ponerle nombre y la llamé  “Alma”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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