lunes, 2 de noviembre de 2015

PUNTO DE ENCUENTRO


Me he prestado a que descubras en mis ojos ese supuesto secreto que crees que encierro, y te he ofrecido mi alma, desnuda de sueños, para que tú mismo descubras lo que por ti siento.”
Estas palabras de la luna ruborizaron al sol, quien había dudado de la fidelidad de la dama de la noche, y, avergonzado,  dejó caer unos fúlgidos rayos sobre el horizonte, allá donde los mortales ojos no ven, sino que imaginan, para que dejaran el eterno recuerdo de que, un día, hirió a un amor.
Tal vez por eso, al contemplar un atardecer  participamos de su belleza y deseamos, a la vez,  que nuestra alma se esconda con ese sol herido, compartiendo su silencio.
Porque ¿quién no ha sentido en esos momentos el latigazo de una quietud que remueve el corazón, azota la conciencia y despierta al alma hasta llevarnos a etéreos pensamientos en los que se funden Dios, la vida y la persona amada?
Yo  sí lo he sentido, y he agradecido que, un día, el sol hiriera a la luna y dejara, en esos apasionados rayos, su pena y su vergüenza.
Me alegra que dejara esa estela de moribunda luz con la que envuelve la vergüenza de su corazón, porque quienes desconocen esa ofensa, solo ven belleza en esos rayos de luz.
Y tal vez Dios quiso que las heridas de la Naturaleza sean, para nosotros, causa de emociones que nos despiertan la vida.
Nunca pensé que una tarde lluviosa de un cielo herido me removiera el alma hasta el punto de ser feliz viendo cómo él lloraba.
Nunca imaginé que un agonizante cielo, víctima del frío, al vestir sus últimos suspiros con la blanca muerte de la nieve, fuera capaz de inundar de emociones mi pecho.
Pero no todo son contradicciones entre los sentimientos de la Tierra y los nuestros.
Hay momentos en los que la felicidad desborda los mortales pechos, inunda el aire de alegres latidos y la Naturaleza se contagia pariendo la primavera.
Las fuentes de las emociones y las raíces de los dolores serán distintas a las nuestras, pero cuando nos encontramos mueren las preguntas sobre quiénes las causan y, simplemente, las vivimos.
Y es que todo corazón que haya saboreado llantos o alegrías, siempre habrá encontrado en ese cielo o en esa tierra que también rieron y lloraron, un aliado de sus sentimientos.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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