domingo, 29 de noviembre de 2015

SIEMPRE ESTARÁ AHÍ


“Jamás  pensé que una palabra fuera capaz de agrietar este muro forjado por las  soledades.
Nunca  creí que un suspiro pudiera llenar de vida esta vacía burbuja en la que late un moribundo corazón.
 ¡Quién pudiera imaginar que una mirada bastara para resucitar esas voces que murieron apenas nacer!”
Estas eran las reflexiones de dos amantes distanciados, solitarios en sus pensamientos, pero unidos en el deseo sin ellos imaginarlo.
Construyeron un mundo en el que solo vivían ellos; cimentaron sus vidas sobre pilares de ilusiones tangibles; rasgaron las sombras que un tiempo, aun no vivido, les ofrecía; y se abandonaron, ciegos de amor, en los brazos del presente como si ya hubieran llegado a la meta de la felicidad.
Pero la incomprensión fue sembrando su cizaña entre las poderosas raíces que los sustentaban.
El olvido fue podando las  ramas de sus brazos, aquellos que continuamente se buscaban, hasta llegar a vivir solos.
Los deseos perdieron la razón y quisieron lo prohibido olvidándose de que, desde el instante en que esos amantes se miraron, ya habían quedado saciados.
Los sentimientos se rebelaron y crearon un nuevo mundo de ficticios colores.
Surgieron esas sombras que sigilosamente van erosionando la luz hasta apagarla, y se vistieron de nuevas y más agradables ilusiones que escondían su vacío.
Se quebró el amor real y nació el aparente.
Pero, en el nuevo, todo fueron fuegos de artificio, suspiros acelerados, corazones cuyas vidas se limitaban a un latido y después morían.
Sin darse cuenta, uno de esos amantes, o los dos, se suicidaron al renunciar al verdadero amor que la vida les había reservado y cambiarlo por otro ficticio.
Inevitablemente, los nuevos sueños caducaron porque nacieron muertos aunque se disfrazaran de vida; por el contrario, los verdaderos seguían vivos aunque parecieran muertos.
Y llegado a este punto es cuando surgieron esas iniciales reflexiones que invitaban a añorar ese tiempo en el que nació lo eterno.
Tal vez no se den cuenta de que ese supuesto idilio es un teatro donde la alegría, la felicidad y el placer  interpretan el papel del amor, pero, como toda ficción, llegará el día en el que caiga el telón y se queden a solas entre la oscuridad de esos bastidores vacíos que deja la fantasía.
Bueno, a solas no; siempre quedará esa inmortal luz que nació con el verdadero amor.
Sí, aunque no la oiga, siempre sonará esa voz, capaz de agrietar su muro forjado de soledades.
Aunque no lo sienta, siempre soplará ese suspiro, capaz de llenar la vacía burbuja en la que late su moribundo corazón.

Y aunque la haya vendado, siempre estará ahí esa mirada, dispuesta a resucitar las voces que un día le dijeron: “Te amo.”

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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