jueves, 31 de diciembre de 2015

FELIZ AÑO


Hoy es ese día en el que balances y esperanzas se funden en el umbral del año que muere y del que nace.
Tal vez una furtiva mirada busque ese tiempo que no ha de volver, y con ella huya el alma recordando esas mieles y hieles que tuvo que saborear.
Pero hoy, por encima de nostalgias, de alegrías pasadas o deudas sin saldar, el corazón late, esperanzado, soñando en lo que está por llegar.
Y no son vagos y fáciles sentimientos; no es una mirada ni sueños de poeta; son esas necesidades, pues la esperanza es necesidad, las que aprietan en el alma y nos invitan a esperar, a este nuevo año, con una sonrisa en el alma, en el corazón una ilusión, y la vida, sí la vida, en manos de Dios.


¡FELIZ AÑO NUEVO!

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 28 de diciembre de 2015

HISTORIA DE UNA LÁGRIMA


Desde que  los crearon, sus sentimientos se flecharon y, desde entonces, se buscaban sin hallar ese momento porque la caprichosa naturaleza los hizo incompatibles.
Ella era nube, tan blanca que fue fruto de una noche en la que la luna y la nieve se entregaron.
Él era viento, poderoso brazo que ahuyenta a los débiles que encuentra a su paso aunque él no quiera, y, ¡ay!, ahí radicaba su desgracia.
Ella era volátil, como una pluma de nácar suspensa en el cielo; tan frágil y delicada que solo resistía el embate de la mirada. Bastaba que un leve suspiro la rozara, para que su cuerpo se transformara en alas que huyen por esos caminos del cielo.
Él era pasión. Su voz eran arrebatos que estremecían, columnas que abrían paso por donde pisaba. Era el volcán del cielo, incapaz de controlar su desatado amor, un amor que destruía, sin querer, lo amado.
Se sentía impotente porque su propia naturaleza era la causa de que su blanca  nube huyera.
Cuanto más corría por tenerla cerca, más la alejaba, más impulsaba a esa frágil nube, quien no podía evitar que la desgracia se dibujara en su mirada al ver como el esfuerzo de su amado por tenerla evitaba ese sueño que ambos compartían.
Era una continua y desesperada búsqueda en la que el consuelo de saber que se amaban no satisfacía las heridas que dejaba la imposibilidad de tenerse.
Solo les quedaba la resignación, pero ¿puede llamarse amor a un sentimiento herido por lo imposible?
Fue entonces cuando nube y viento encontraron la solución a sus desesperadas vidas, pero esa vía exigía un sacrificio; mejor dicho, aunque exigiera un sacrificio.
Ella, por su blanca textura, infundía alegría y siempre sería virgen de lluvia. Nunca sería como sus oscuras hermanas, cargadas de lágrimas, que riegan la tierra de melancolía o nostalgia.
Sin embargo, ellas resistían la poderosa voz del viento. Ese volcán de amor las respetaba y dejaba que inundaran la tierra de lágrimas, lágrimas que no eran fruto del capricho sino de un secreto motivo.
Ella se desnudó de su blanca inocencia, renunció a su inmaculada piel y se vistió con el luto de las nubes para sentirle cerca. Fue la primera vez que sintió en su vientre el peso de las lágrimas, eso que llamamos lluvia, y la primera que sintió el roce de su amado viento sin saborear la huida.
Tan ansiado era ese momento que lo inmortalizaron.
Ella dejó caer lentamente una de esas alegres lágrimas que revoloteaban en su vientre hasta que besaran la tierra, tierra que tomó forma de labios para recibirla, pero el viento, antes de que rozara el suelo, la tomó entre sus etéreos brazos para siempre.
Desde entonces, viento y lágrima viajan juntos; desde ese instante, la hija de la luna y la nieve viaja junto al volcán del cielo.
Por ello, si alguna vez el viento te sugiere un gemido, piensa que es la voz de esa feliz nube que se vistió de lágrima, de lluvia, para encontrar a su amado.
¿Quién puede negar que no hemos sido, alguna vez, viento o nube?
¿Quién puede jurar que no nos hemos vestido , alguna vez, de lágrima para amar y ser amados?


Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 26 de diciembre de 2015

CORAZONES EN EL CIELO


Hubo  un tiempo en el que los ecos del silencio reinaban en la tierra; hirientes  silencios que añoraban una palabra, pues no bastaba la muda y embriagadora voz de la luna para curar las heridas que esa ausencia dejaba.
Bastó que un solo corazón guardara un pequeño resentimiento, que un alma se hallara inquieta, para que el mundo rompiera su armonía y su alegría se desvaneciera como luz entre la niebla.
Le resultaba imposible esbozar una sincera sonrisa cuando uno de sus hijos temblaba ante la desgracia o respiraba esa inquietud que deja el lado oscuro del ser humano.
Si la solución a ese doloroso mutismo era que nadie sufriera, que nadie sintiera una herida en su vida, ¿era posible romper ese maleficio que enmudecía a la tierra?
Era inevitable borrar los rastros del dolor que dejaba la vida, pero también, a esa vida, le resultó imposible acabar con esos sueños inocentes en los que no cabe el mal y que son capaces de retar a la evidencia.
Una niña que no alcanzaba a comprender las causas de ese silencio y en cuya mente solo cabían felices pensamientos, abrió sus manos como pidiendo una explicación a la vez que ofrecía, en ellas, lo que su alma guardaba.
Y de esas manos nacieron infinidad de pequeños corazones, vírgenes y translúcidos, que se extendieron por el mundo.
Cada corazón que nacía de su mano era un beso que nacía de su alma.
Llenó  la tierra de deseos, tiñó el cielo de rojo carmesí y el eco del viento se transformó en un eterno latido que dejaba los sentimientos de esa niña en cada rincón de la tierra.
Y aunque esos labios amordazados por el silencio no pudieran impulsar a esos corazones, aunque sus labios le negaran cualquier beso o palabra, seguirían naciendo corazones de esas manos porque nunca muere lo que nace del alma, de esas entrañas a donde no llegan las heridas del silencio y todo es eterno.
Así, de esta manera, murió ese hiriente silencio, derrotado por un infantil corazón en el que los buenos deseos ahogaban las miserias; en el que las heridas pesaban menos que las sonrisas.
Venció ese mundo en el que la muda y embriagadora voz de la luna, una sola alma limpia, era capaz de despertar la ilusión y la belleza en esos corazones que temblaban ante la desgracia o respiraban inquietud.

Bastó un níveo sentimiento para limpiar de sombras y pesares ese mustio paño que cubría a la tierra.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 24 de diciembre de 2015

NOCHEBUENA


Y hoy la noche hizo, de su habitual silencio, oración
 y cubrió su misterio con otro mayor.

Hoy, Dios asumió la mortal carne, se hizo niño 
robó, a los mortales corazones, las penas, para 

infundirles ilusiones, divinas ilusiones que jamás osaron soñar.

Déjame, Niño, que hoy mi alma acompañe tu silencio; 
que se asome a tu cuna de paja para darte un 
espiritual beso.

Perdona si una de mis lágrimas te despiertan, pero no 
he podido evitarlas, pues jamás mi corazón vio a Dios 
tan cerca.

Hoy son alma y corazón quienes toman la palabra, 
quienes dejan en los labios y pechos de José y María 
esos pensamientos vestidos de cielo que nacen al 
verte hecho niño.

Ojalá sientas, mientras duermes, el calor de esa 
lágrima, la caricia de mi alma y la cercanía de mi 
corazón: es todo lo que tengo.

Gracias, Niño Jesús, por hacernos sentir, hoy, el 
cielo tan cerca.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 23 de diciembre de 2015

CITA CON EL MAR


Cae la tarde y esos labios de arena que custodian al mar, se llenan de silencio.
Desiertos, duermen arropados por el aliento de su amante y así, solitarios, esperarán una nueva tarde para que se repita la misma historia.
Es en esos momentos, en los que el mar y la tierra se encuentran y respiran intimidad, cuando el celestino viento transforma las olas en recios castillos y las dota de voz, voz que convoca a los corazones ansiosos de sentir el infinito.
Resuena en el cielo su estremecedora llamada y una sombra avanza sin hacerse esperar y se detiene en la orilla.
No has podido evitarlo.
Has sentido que esa eternidad que gritaba en tu pecho encontró lo que le faltaba en el grito del mar.
Te has visto arrastrada por ese embrujo marino que te acompañó al nacer y al que nunca podrás olvidar.
El mar lo sabe, sabe de tu amor por él, y se viste de gala para esta cita de idilio.
En el primer cruce de miradas contemplas su piel azul decorada con breves destellos  por unos rayos furtivos que son pequeños besos de luz destinados a ti.
Vuestras pieles se erizan; las de él, al sentir tu mirada; la tuya, al sentir que tus entrañas se llenan de la suave brisa de su aroma.
Se pierden tus ojos bajo ese palio de nubes que enmarcan el horizonte y, allí, entre el azul del cielo y el azul del agua, vuelan tus sueños, dejas en el aire tus pensamientos  y se pierden tus secretos como se pierde, en la oscuridad, un beso de la luna.
Y sucede lo inevitable: de tu corazón huyen suspiros que se ahogan en el corazón azul del mar.
Él te dio la libertad; sus paisajes, vocación soñadora;  morirán los años, huirá el tiempo, y en las tardes llenas de silencio las olas seguirán besando esa orillas desde la que tú esperas.
Y el viento volverá a llamar, desde la atalaya de las olas, a los corazones ansiosos de infinito; y allí estará tu espíritu, anclado en sus fondos eternos, esperando esa cita de idilio a la que no te podrás negar, porque tu alma y corazón quedaron atados al mar desde el día en que nacieron.

Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 19 de diciembre de 2015

CISNE NEGRO


Un leve aire erizaba las aguas, el cielo las salpicaba de luz y sobre la laguna se dibujaba una cortina de tímidas olas en la que cada una era un pliegue de cristal.
¿Qué más se podía pedir para que ese paisaje formara parte de las estampas del Cielo?
Tal vez que surgiera un ángel y acariciara esa cristalina piel dejando sobre ella el destello de lo divino.
Si sucediera, esa laguna abandonaría la categoría del mundo para ser etérea, espiritual, mágica,…. divina.
Tal era la intensidad de ese deseo, tanta la ilusión dibujada en los ojos que la contemplaban, que las aguas se abrieron para dar paso al sueño.
El alba las maquillaba de luz, la laguna se adecentaba para recibir, bella y diáfana, el primer amor de la mañana, cuando un superior amante interrumpió ese beso entre la luz y el agua.
¡Oh Dios! Como si la noche se hubiera emplumado  para no faltar a esa cita, un cisne negro cruzó la laguna.
Su hermosura flotaba y  el alba sintió que el corazón se le apretaba, por lo que dejó escapar sus más bellos rayos para vestirlo de negro rubí.
Su lento paseo teñía de elegancia cuanto rozaba, infundía un sentimiento en el que belleza y paz se abrazaban y allá donde ese cisne negro dejaba su mirada, la piel de la laguna se estremecía.
El cristalino brillo que latía en el agua se volvió lágrimas y la propia brisa recitaba un verso cada vez que su lengua de aire rozaba su negro plumaje.
Según avanzaba, el cisne iba escribiendo un poema sobre esas aguas, poema que arrancaba suspiros al amanecer y enmudecía cualquier corazón que soñara.
En un momento dado todo ese milagro se hizo carne.
Como si el sueño se hubiera roto, como si hubiera abandonado el papel de fantasía, sentí que el húmedo brillo de las aguas eran lágrimas en mis ojos y que esa estremecida laguna era mi propia piel.
Y cuando aún creía ver ese eterno beso entre la luz y el agua, cuando aún recordaba al majestuoso cisne negro irrumpiendo en esa escena de amor, abrí los ojos y ya no vi un cisne; te vi a ti, envuelta en tus negros cabellos, bajando al encuentro de tu azul mirada, esa que dejaste, un día, en la laguna para que la besara una luz; y esa luz eran mis sueños, y esa laguna era yo.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 14 de diciembre de 2015

BESO DE PIEDRA


Tuviste que nacer un día en el que la mente que te inspiró tuviera sed de paz.
Por la fe que respiras, por el vuelco que, al contemplarte, sintió mi alma, tuvieron que ser los ángeles quienes te modelaron, y si fueron humanas  manos, tuvieron que limpiar primero su conciencia para que la piedra que te pariera fuera inmaculada.
Y así te ofreces: desnuda, muda y llena de silencios que hablan al alma.
Liberada de ornamentos que esclavizan bajo el yugo de la apariencia, ofreces limpios caminos por donde los ojos viajan hasta alcanzar la meta de la belleza con una simple mirada.”
Con estas encendidas palabras asediaba a la románica columna el barroco arco al que sustentaba.
Ella no estaba acostumbrada a que su desnudo tallo arrancara tales elogios, pero fue su transparencia la causa de que el arco se engalanara, de que se retorciera trazando arabescos que la deslumbraran, de que su piel la recorrieran mil confusos caminos hasta encontrar el que la llevara a ella.
Fue su humildad la que le removió el corazón y el alma; la que le estremeció hasta el punto de embellecerse con lo imposible para cautivarla.
Y el arco, como ese galán ensimismado que riega a su amada con adornadas palabras suponiendo que bastarán para traspasar su sencillo corazón, desató sus labios de piedra, desplegó sus hermosos brazos y rodeó con toda la flora que lo revestía a la inerme columna.
Pero como sucede en el amor, no vencen las estrategias sino la sinceridad.
Los dardos enamorados que nacían del arco eran artificiosos sentimientos, incapaces de hacer vibrar el nervio del amor que la femenina columna ocultaba; infructuosos intentos por ruborizarla, algo que solo conseguía el atardecer cuando dejaba sobre su desnudo pecho una cárdena luz.
El tiempo los cubrió con su mano de polvo y vieron cómo sus pieles se desgastaban y sus encantos adquirían el valor del recuerdo más que del presente.
El arco perdió la frescura mientras la columna, siempre desnuda, sin nada que perder, añadió a su austera belleza el valor del tiempo.
Ahora, ese presuntuoso arco que pretendía que sus brazos tocaran el cielo, se había vuelto humano y esos mismos brazos languidecían como ramas de sauce hasta encontrarse con la tierra.
Se rompieron sus sueños de grandeza y quedó preso de  la melancolía..
La misteriosa mano del amor ha rozado mi nervio y mis ojos han despertado buscando a su dueño.
Nunca pensé que fueras tú, arco, el protagonista de ese sueño que albergué desde el día en que nací.
Lo que tus labios me ofrecieron cuando te coronaba el éxito eran huecas palabras que buscaban más tu propia admiración que mi amor, pero ahora, desnudo del elogio, tu mortal silencio te vuelve humano,  aprecias lo que no eres tú y te hace sentirte como yo.
Ahora te pido que acaricies mis sienes con tus  polvorientos, pero bellos, brazos; que me dejes perderme entre tus sinuosos caminos hasta encontrarte y fundirnos.
Siempre soñé que tus pensamientos me vieran como una necesidad y no como un capricho.”
Y desde ese instante en el que el tiempo abortó la vanagloria y parió la humildad, arco y columna, columna y arco, sellaron sus labios en un eterno beso de piedra.

Tal vez el tiempo los destruiría, pero cuando la muerte los llamara morirían juntos dejando en la tierra ese beso de piedra.

Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 12 de diciembre de 2015

UNA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL


Siempre he imaginado el año como un camino dividido en pequeños tramos que esconden sus reliquias.
Al recorrerlo, cruzas los alegres respirares de la primavera, sientes cómo la vida te roza con las luces del verano, el pecho enmudece entre suspiros con el poético otoño y, al llegar al invierno, la naturaleza y los sentimientos se desnudan para dar voz al alma.
Allí, escondida bajo un frío manto, espera la Navidad, esa meta del año soñada por alma y corazón cuando empiezan su camino.
En la Navidad, se olvida todo aquello que esconda una sombra, se dilata el corazón y los ojos, iluminados, tiñen de infinito las ilusiones.
Hay etapas en las que, de manera natural, el cuerpo revela sus complejas emociones:
Suspiros ante el tenue roce de la brisa; una sonrisa ante el guiño coloreado de la naturaleza, o lágrimas cuando la noche, el frío y el silencio cierran filas.
Y en este proceso de sentimientos, unas las luces al final de ese túnel que cruza el año me revelan que los mejores sentimientos quedaban por nacer.
En Navidad, siento que el cielo ha abierto su mano y derrama colores e ilusiones, invisibles emociones que alimentan alma y corazón, que me ayudan a ver el rostro alegre de la vida, que desnudan los sentimientos pasajeros para vestirlos de eternidad.

Sí. Para mí, la Navidad es ese pequeño pesebre que cada pecho esconde; a veces polvoriento por el poco uso que de él hacemos, en el que nuestras más preciadas emociones ven la luz.

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 7 de diciembre de 2015

SOÑÓ QUE ERA NIEVE


Apenas había levantado el vuelo, apenas había  nacido, cuando la nieve vistió al cielo de núbil esposa ataviada con su túnica blanca.
Desde la tierra, una joven, hechizada por esos sentimientos que cierran las puertas al dolor y se las abre a la esperanza, suspiraba por formar parte de esas celestes nupcias.
Le parecía tan maravilloso como lejano, por lo que se contentó con ser uno de esos copos impulsados por el enamoradizo viento; que sus pensamientos surcaran en alegre vuelo ese envidiado cielo; que pudiera, aunque fuera en sueños, adentrarse en sus pequeñas almas y ver cómo eran por dentro.
Y en este afán de ser nieve, cenicientos pensamientos asaltaron su virgen memoria y blanquearon sus ilusiones hasta el punto de sentir, sin saber por cuánto tiempo, que sus desnudos pies pisaban una fría alfombra de nácar que la conducía a esas divinas bóvedas. 
Por un fugaz instante, fue copo; por un suspiro, nieve; por un latido se sintió novia, y cerró los ojos sin saber, sin importarle, si sus desnudos pies rozaban la tierra. Solo sabía que estaba saboreando sus vírgenes sueños.
Así permaneció, abstraída, flotante y espiritual, dejando que esa nieve, que se había adentrado en su alma, se transformara en dulce hoguera en la que ardieran sus felices pensamientos.
Fue un duelo, entre su corazón y la nieve, por ver quién era capaz de engendrar más ilusiones, de satisfacer el apetito de un corazón hambriento.
Inevitablemente, era una lucha sin fin, pues así como los sueños nacen de otros sueños, el amor es madre de otros amores.
Y llegó el momento en el que volvió a abrir los ojos con el único deseo de satisfacer la mirada con ese baile nupcial entre la nieve, el viento y el cielo.
El baile había finalizado y, a sus pies, yacían esos copos que llamaron a las puertas de su pecho para brindarle la esperanza.
Murieron besándola, se dejaron la vida, pero en el alma de esa joven grabaron para siempre unos vírgenes sueños que fueron la hoguera y el calor de su vida.

Se sintió amante y amada porque cerró los ojos y... soñó que era nieve.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 3 de diciembre de 2015

LENTAMENTE


Si un día la vida te dejó sin aliento porque sentiste que tu pecho  era incapaz de  abarcar ese torrente de emociones que nacieron al recibir el primer beso, si pensaste que tus sueños se quedaron cortos cuando  viviste ese nuevo, si tuviste la fortuna de sorber, aunque fuera por segundos, esas aguas de la vida que curan corazón y alma, tienes el privilegio de formar parte de ese racimo de elegidos que saborearon, aunque fuera por segundos, el plácido manjar de la felicidad.
Sean recuerdos o presente, cruzan a cámara lenta el alma y se deslizan, sigilosos, como esa lágrima callada que nace cuando el silencio de lo amado aprieta, o como esa gota de agua, hija del rocío, que nunca quisiera abandonar esa hoja a la que amó durante la noche.
Así, suavemente, esa brasa del pasado o esa hoguera del presente recorre nuestra alma, aviva sus sueños y le venda los ojos para que no vea cómo cruzan sobre ella las sombras del paso del tiempo.
Seguro que has vivido o soñado ese instante en el que de sus labios nacían palabras que se vestían de flechas y rasgaban el aire que os separaba.
Al principio, el aparente y débil  muro de la incertidumbre hizo que vuestros ojos se esquivaran, pero en esos mismos ojos latía un suspiro, un deseo: que un pensamiento se cruzara entre ellos y esas miradas huidizas se encontraran.
No importa que el silbido de esa flecha sea un lejano eco que sobrevive a fuerza de recordarlo.
Solo vale que esa suave mano te acaricie y no se aparte de la piel de tu alma; que su tacto sea tan lento y delicado que convierta esos reservados momentos en eternos.

Deja sobre la colina de tu vida todos esos sentimientos que te hirieron o resucitaron, y abandónalos al suave aliento del aire de los recuerdos. Sentirás, sin darte cuenta o sin quererlo, cómo aquellos que te dieron la vida recorren lentamente las colinas de tu alma, como si fueran gotas de rocío que se resisten a abandonar a aquellas hojas que, durante la noche, amaron.

Abel De Miguel Sáenz
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