lunes, 14 de diciembre de 2015

BESO DE PIEDRA


Tuviste que nacer un día en el que la mente que te inspiró tuviera sed de paz.
Por la fe que respiras, por el vuelco que, al contemplarte, sintió mi alma, tuvieron que ser los ángeles quienes te modelaron, y si fueron humanas  manos, tuvieron que limpiar primero su conciencia para que la piedra que te pariera fuera inmaculada.
Y así te ofreces: desnuda, muda y llena de silencios que hablan al alma.
Liberada de ornamentos que esclavizan bajo el yugo de la apariencia, ofreces limpios caminos por donde los ojos viajan hasta alcanzar la meta de la belleza con una simple mirada.”
Con estas encendidas palabras asediaba a la románica columna el barroco arco al que sustentaba.
Ella no estaba acostumbrada a que su desnudo tallo arrancara tales elogios, pero fue su transparencia la causa de que el arco se engalanara, de que se retorciera trazando arabescos que la deslumbraran, de que su piel la recorrieran mil confusos caminos hasta encontrar el que la llevara a ella.
Fue su humildad la que le removió el corazón y el alma; la que le estremeció hasta el punto de embellecerse con lo imposible para cautivarla.
Y el arco, como ese galán ensimismado que riega a su amada con adornadas palabras suponiendo que bastarán para traspasar su sencillo corazón, desató sus labios de piedra, desplegó sus hermosos brazos y rodeó con toda la flora que lo revestía a la inerme columna.
Pero como sucede en el amor, no vencen las estrategias sino la sinceridad.
Los dardos enamorados que nacían del arco eran artificiosos sentimientos, incapaces de hacer vibrar el nervio del amor que la femenina columna ocultaba; infructuosos intentos por ruborizarla, algo que solo conseguía el atardecer cuando dejaba sobre su desnudo pecho una cárdena luz.
El tiempo los cubrió con su mano de polvo y vieron cómo sus pieles se desgastaban y sus encantos adquirían el valor del recuerdo más que del presente.
El arco perdió la frescura mientras la columna, siempre desnuda, sin nada que perder, añadió a su austera belleza el valor del tiempo.
Ahora, ese presuntuoso arco que pretendía que sus brazos tocaran el cielo, se había vuelto humano y esos mismos brazos languidecían como ramas de sauce hasta encontrarse con la tierra.
Se rompieron sus sueños de grandeza y quedó preso de  la melancolía..
La misteriosa mano del amor ha rozado mi nervio y mis ojos han despertado buscando a su dueño.
Nunca pensé que fueras tú, arco, el protagonista de ese sueño que albergué desde el día en que nací.
Lo que tus labios me ofrecieron cuando te coronaba el éxito eran huecas palabras que buscaban más tu propia admiración que mi amor, pero ahora, desnudo del elogio, tu mortal silencio te vuelve humano,  aprecias lo que no eres tú y te hace sentirte como yo.
Ahora te pido que acaricies mis sienes con tus  polvorientos, pero bellos, brazos; que me dejes perderme entre tus sinuosos caminos hasta encontrarte y fundirnos.
Siempre soñé que tus pensamientos me vieran como una necesidad y no como un capricho.”
Y desde ese instante en el que el tiempo abortó la vanagloria y parió la humildad, arco y columna, columna y arco, sellaron sus labios en un eterno beso de piedra.

Tal vez el tiempo los destruiría, pero cuando la muerte los llamara morirían juntos dejando en la tierra ese beso de piedra.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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2 comentarios:

  1. Es precioso Abel, Esos arcos.. Vestiste la historia de amor de arte...

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  2. Me encantó, Abel de Miguel. Me envolvió un un tiempo que arrastra viento de terracota. Precioso

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