sábado, 19 de diciembre de 2015

CISNE NEGRO


Un leve aire erizaba las aguas, el cielo las salpicaba de luz y sobre la laguna se dibujaba una cortina de tímidas olas en la que cada una era un pliegue de cristal.
¿Qué más se podía pedir para que ese paisaje formara parte de las estampas del Cielo?
Tal vez que surgiera un ángel y acariciara esa cristalina piel dejando sobre ella el destello de lo divino.
Si sucediera, esa laguna abandonaría la categoría del mundo para ser etérea, espiritual, mágica,…. divina.
Tal era la intensidad de ese deseo, tanta la ilusión dibujada en los ojos que la contemplaban, que las aguas se abrieron para dar paso al sueño.
El alba las maquillaba de luz, la laguna se adecentaba para recibir, bella y diáfana, el primer amor de la mañana, cuando un superior amante interrumpió ese beso entre la luz y el agua.
¡Oh Dios! Como si la noche se hubiera emplumado  para no faltar a esa cita, un cisne negro cruzó la laguna.
Su hermosura flotaba y  el alba sintió que el corazón se le apretaba, por lo que dejó escapar sus más bellos rayos para vestirlo de negro rubí.
Su lento paseo teñía de elegancia cuanto rozaba, infundía un sentimiento en el que belleza y paz se abrazaban y allá donde ese cisne negro dejaba su mirada, la piel de la laguna se estremecía.
El cristalino brillo que latía en el agua se volvió lágrimas y la propia brisa recitaba un verso cada vez que su lengua de aire rozaba su negro plumaje.
Según avanzaba, el cisne iba escribiendo un poema sobre esas aguas, poema que arrancaba suspiros al amanecer y enmudecía cualquier corazón que soñara.
En un momento dado todo ese milagro se hizo carne.
Como si el sueño se hubiera roto, como si hubiera abandonado el papel de fantasía, sentí que el húmedo brillo de las aguas eran lágrimas en mis ojos y que esa estremecida laguna era mi propia piel.
Y cuando aún creía ver ese eterno beso entre la luz y el agua, cuando aún recordaba al majestuoso cisne negro irrumpiendo en esa escena de amor, abrí los ojos y ya no vi un cisne; te vi a ti, envuelta en tus negros cabellos, bajando al encuentro de tu azul mirada, esa que dejaste, un día, en la laguna para que la besara una luz; y esa luz eran mis sueños, y esa laguna era yo.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

No hay comentarios:

Publicar un comentario