sábado, 26 de diciembre de 2015

CORAZONES EN EL CIELO


Hubo  un tiempo en el que los ecos del silencio reinaban en la tierra; hirientes  silencios que añoraban una palabra, pues no bastaba la muda y embriagadora voz de la luna para curar las heridas que esa ausencia dejaba.
Bastó que un solo corazón guardara un pequeño resentimiento, que un alma se hallara inquieta, para que el mundo rompiera su armonía y su alegría se desvaneciera como luz entre la niebla.
Le resultaba imposible esbozar una sincera sonrisa cuando uno de sus hijos temblaba ante la desgracia o respiraba esa inquietud que deja el lado oscuro del ser humano.
Si la solución a ese doloroso mutismo era que nadie sufriera, que nadie sintiera una herida en su vida, ¿era posible romper ese maleficio que enmudecía a la tierra?
Era inevitable borrar los rastros del dolor que dejaba la vida, pero también, a esa vida, le resultó imposible acabar con esos sueños inocentes en los que no cabe el mal y que son capaces de retar a la evidencia.
Una niña que no alcanzaba a comprender las causas de ese silencio y en cuya mente solo cabían felices pensamientos, abrió sus manos como pidiendo una explicación a la vez que ofrecía, en ellas, lo que su alma guardaba.
Y de esas manos nacieron infinidad de pequeños corazones, vírgenes y translúcidos, que se extendieron por el mundo.
Cada corazón que nacía de su mano era un beso que nacía de su alma.
Llenó  la tierra de deseos, tiñó el cielo de rojo carmesí y el eco del viento se transformó en un eterno latido que dejaba los sentimientos de esa niña en cada rincón de la tierra.
Y aunque esos labios amordazados por el silencio no pudieran impulsar a esos corazones, aunque sus labios le negaran cualquier beso o palabra, seguirían naciendo corazones de esas manos porque nunca muere lo que nace del alma, de esas entrañas a donde no llegan las heridas del silencio y todo es eterno.
Así, de esta manera, murió ese hiriente silencio, derrotado por un infantil corazón en el que los buenos deseos ahogaban las miserias; en el que las heridas pesaban menos que las sonrisas.
Venció ese mundo en el que la muda y embriagadora voz de la luna, una sola alma limpia, era capaz de despertar la ilusión y la belleza en esos corazones que temblaban ante la desgracia o respiraban inquietud.

Bastó un níveo sentimiento para limpiar de sombras y pesares ese mustio paño que cubría a la tierra.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

4 comentarios:

  1. No tenía el placer de leer tus letras.
    Esto que muetras es bellísimo. Gracias por comnpartirlo.

    ResponderEliminar
  2. No tenía el placer de leer tus letras.
    Esto que muetras es bellísimo. Gracias por comnpartirlo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias. Me alegra que te guste. Un placer compartirlo.

      Eliminar
    2. Muchas gracias. Me alegra que te guste. Un placer compartirlo.

      Eliminar