lunes, 28 de diciembre de 2015

HISTORIA DE UNA LÁGRIMA


Desde que  los crearon, sus sentimientos se flecharon y, desde entonces, se buscaban sin hallar ese momento porque la caprichosa naturaleza los hizo incompatibles.
Ella era nube, tan blanca que fue fruto de una noche en la que la luna y la nieve se entregaron.
Él era viento, poderoso brazo que ahuyenta a los débiles que encuentra a su paso aunque él no quiera, y, ¡ay!, ahí radicaba su desgracia.
Ella era volátil, como una pluma de nácar suspensa en el cielo; tan frágil y delicada que solo resistía el embate de la mirada. Bastaba que un leve suspiro la rozara, para que su cuerpo se transformara en alas que huyen por esos caminos del cielo.
Él era pasión. Su voz eran arrebatos que estremecían, columnas que abrían paso por donde pisaba. Era el volcán del cielo, incapaz de controlar su desatado amor, un amor que destruía, sin querer, lo amado.
Se sentía impotente porque su propia naturaleza era la causa de que su blanca  nube huyera.
Cuanto más corría por tenerla cerca, más la alejaba, más impulsaba a esa frágil nube, quien no podía evitar que la desgracia se dibujara en su mirada al ver como el esfuerzo de su amado por tenerla evitaba ese sueño que ambos compartían.
Era una continua y desesperada búsqueda en la que el consuelo de saber que se amaban no satisfacía las heridas que dejaba la imposibilidad de tenerse.
Solo les quedaba la resignación, pero ¿puede llamarse amor a un sentimiento herido por lo imposible?
Fue entonces cuando nube y viento encontraron la solución a sus desesperadas vidas, pero esa vía exigía un sacrificio; mejor dicho, aunque exigiera un sacrificio.
Ella, por su blanca textura, infundía alegría y siempre sería virgen de lluvia. Nunca sería como sus oscuras hermanas, cargadas de lágrimas, que riegan la tierra de melancolía o nostalgia.
Sin embargo, ellas resistían la poderosa voz del viento. Ese volcán de amor las respetaba y dejaba que inundaran la tierra de lágrimas, lágrimas que no eran fruto del capricho sino de un secreto motivo.
Ella se desnudó de su blanca inocencia, renunció a su inmaculada piel y se vistió con el luto de las nubes para sentirle cerca. Fue la primera vez que sintió en su vientre el peso de las lágrimas, eso que llamamos lluvia, y la primera que sintió el roce de su amado viento sin saborear la huida.
Tan ansiado era ese momento que lo inmortalizaron.
Ella dejó caer lentamente una de esas alegres lágrimas que revoloteaban en su vientre hasta que besaran la tierra, tierra que tomó forma de labios para recibirla, pero el viento, antes de que rozara el suelo, la tomó entre sus etéreos brazos para siempre.
Desde entonces, viento y lágrima viajan juntos; desde ese instante, la hija de la luna y la nieve viaja junto al volcán del cielo.
Por ello, si alguna vez el viento te sugiere un gemido, piensa que es la voz de esa feliz nube que se vistió de lágrima, de lluvia, para encontrar a su amado.
¿Quién puede negar que no hemos sido, alguna vez, viento o nube?
¿Quién puede jurar que no nos hemos vestido , alguna vez, de lágrima para amar y ser amados?


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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