viernes, 30 de diciembre de 2016

EL NIDO


“Inquieto” era un gorrión al que le gustaba mucho conocer nuevos sitios, paisajes, personas,… y siempre, allá donde llegaba, construía su nido, estaba unos días y, luego, se marchaba.
Pero un día, sobrevolando un pueblo, le llamó la atención la forma de sus casas, el variado color de sus tejados, lo pequeñas que eran y, sobre todo, le maravilló el que junto a cada casa había un frondoso y hermoso árbol que daba mucha sombra.
“Inquieto”, al verlo, pensó: “¡Qué nido más grande podré hacer en esos árboles!.”, y sin pensárselo dirigió su vuelo hacia el primer árbol que encontró.
Estaba junto a una casa de tejados de madera limpísima y paredes blancas como la nieve. Todo respiraba limpieza, como si acabara de  nevar sobre ella o el viento la hubiera limpiado, de un enorme soplo.
Ya estaba poniendo las primeras ramas de su nueva casa cuando, de repente, un hombre lo espantó a gritos.
¡Ay!, “Inquieto” no sabía que hay personas que lo que tienen solo lo quieren para ellos, y, eso, era una pega de ese lugar en el que acababa de aterrizar.
Todas las casas parecían recién hechas, todas tenían un hermoso árbol, pero todas, también, tenían un dueño al que no le gustaban las visitas de extraños.
En fin, a “Inquieto” no le quedaba más remedio que irse de allí y buscarse otro sitio.
Ya estaba saliendo del pueblo cuando una casa muy distinta a las demás llamó su atención.
Sus paredes, tan viejas como el tejado, y la madera, con tantos huecos como una dentadura rota, le daban un aspecto fantasmal, pero, eso sí, junto a ella había un hermoso árbol donde podría construir su nido, por lo que “Inquieto” no dudó en posarse en sus ramas.
Tan contento estaba que no se dio cuenta de que nadie le gritó cuando empezó a construir su nido. Era normal, pues la casa estaba…. ¡abandonada!
“Inquieto” era el pájaro más feliz del mundo con su nuevo nido y  no paraba de revolotear y sembrar el cielo de las alegres notas que salían de su pico.
Todo era maravilloso.
Su nido estaba muy cerca del cielo y veía a las personas salir de sus casas, dar paseos por los prados y…ver a los que llegaban.
Pasaron los días y llegó el invierno.
Los caminos eran alfombras de nieve, custodiados por esos guardianes de blanco uniforme que eran los árboles.
Pese a la soledad del paisaje, en el aire latía una escondida alegría, como si algo maravilloso estuviera a punto de pasar.
“Inquieto” se escondía entre las ramas buscando un poco de calor, pero  animado por esta misteriosa felicidad se animó a dejar su música en el aire; sin embargo, de repente, dejó de cantar y se hizo el silencio.
¿Qué había pasado?,  ¿por qué “inquieto” se calló?
Un hombre joven, en cuyo rostro barbado se dibujaba la bondad, tiraba de una mula en la que iba sentada la mujer más hermosa: su rostro era casi de niña, su pelo brillaba, en medio de la noche, como el sol y toda ella respiraba una infinita ternura.
Ambos reflejaban cansancio y una cierta preocupación, pues parecía que, esa noche fría, no encontrarían dónde pasarla en un lugar cubierto.
A “Inquieto” se le encogió el corazón, pues él ya tenía su nido, pero ellos no.
Superado  ese momento de tristeza, se le ocurrió una idea: ¡la casa abandonada en la que él construyó su nido!
Sin pensárselo, “Inquieto” voló hasta ellos y empezó a cantar y a hacer los vuelos más graciosos que se le ocurrieron para llamar su atención.
Conseguido su objetivo, empezó a volar, lentamente, mientras ellos, que al principio solo le seguían con la mirada, decidieron caminar en la dirección de “Inquieto”.
Al ver la vieja casa, el joven matrimonio se llenó de alegría. ¡Habían encontrado un “nido” para el hijo que esperaban!
¡Con qué cariño y alegría la limpiaban, arreglaban lo que estaba roto, la decoraban!, y sobre todo, ¡con qué ilusión “Inquieto” los ayudaba! ¡Estaba tan feliz como ellos!
Pasaron varios días hasta que llegó una noche de tiempo horroroso.
A la lluvia, se unió un fuerte viento que quería derribar todo lo que se encontraba a su paso, incluido el nido del pequeño gorrión, y lo consiguió.
 “Inquieto se había quedado sin “casa” y nunca más supo qué fue de aquellas ramas con las que construyó su nido.
Se perdieron en el oscuro cielo de esa noche de invierno.

Bueno, eso es lo que él pensó, porque todas esas ramas, empujadas por el fuerte viento, se encontraron con las estrellas y se fundieron con ellas hasta formar una estrella mayor.
En el momento en que todo esto sucedía, el joven matrimonio sintió una alegría infinita: acababa de nacer su hijo.
El cielo se llenó de ilusión, desapareció la oscuridad y todo quedó iluminado por la luz de la nueva estrella que anunciaba la primera Navidad.
Allá donde se mirara, la estrella que había nacido del nido de “Inquieto” iluminaba la tierra.
La estrella se detuvo sobre la casa abandona en la que nació ese niño, en la que “Inquieto” construyó su nido, ese nido que el viento le robó.
Y si “Inquieto” se apiadó de esa joven pareja cuando los vio solitarios y sin hogar, ellos hicieron lo mismo con el pequeño gorrión.
Al enterarse que se había quedado sin nido, le ofrecieron su hogar para que viviera con ellos.
Y esta historia de amor quedó inmortalizada en un cuadro que pintó un señor que se llama Murillo: “La Sagrada Familia del pajarito”; allí 
están sus protagonistas.


Abel de Miguel 
Madrid, España


miércoles, 28 de diciembre de 2016

CUANDO  HABLAN LOS OJOS


Quise  encontrar, entre todos tus  encantos, uno  que englobara el amor y el dolor que nace en un pecho que ama.
Tras  una intensa lucha entre las virtudes que te adornan por ver cuál de ellas era la elegida, la capaz de compendiar lo que te amo, elegí tu mirada.
Sí, una mirada es capaz de revelar los más ocultos sentimientos, aquellos que no se atrevieron a alzar la voz y que gritan en silencio; capaz de desnudar la conciencia propia y ajena con solo dejar que los ojos, altavoces del alma, hablen.
Amorosa, dolida, humillada, penitente, generosa, cautivadora, hiriente, soñadora, nostálgica, suplicante, exigente, feliz, así puede llegar a ser una mirada; tan infinita como ese universo de sentimientos que cruzan un corazón desde que nace hasta que muere, desde que ama hasta que olvida y vuelve a amar, desde que alma y ojos se encontraron para compartir sus experiencias.
Pero si la he elegido es porque, al recordarla, siempre surge bajo ese velo de paz que lo acompaña, teñido de las tranquilas aguas azules que son tus ojos y recitando versos que solo puede leer quien ama.
Una mirada va más allá del recuerdo.
¿O no has sentido que tu corazón se encogía cuando esos ojos clavaron en los tuyos el brillo de sus lágrimas y los acompañaba una dulce sonrisa porque no encontró otro medio para decir cuánto te amaba?
¿No se te rompió el alma cuando respiraste un aire triste y descubriste que la causa de su pena fue una mirada herida, convencida de que no era amada?
Dime que a ti también te atravesó un rayo de luz cuando esos ojos por los que soñaste te suplicaron un beso o te pidieron que la abrazaras.
Yo siempre he soñado con tu mirada; siempre he dejado que me envolviera y, con ella, a solas, he hablado de lo humano y lo divino, he desnudado mi alma y he encontrado, en el fondo de tus marinos ojos, los secretos que me ayudan a amarte.
Sí, la mirada es el único camino que un pecho siempre encontrará abierto para liberar el frío y el fuego que lo habita; para decir, a quien se cruce con ella, que los ojos tiene alma, que las heridas duelen, que las ilusiones existen y que, ¡cómo no!, para decirte, cuando los labios no se atrevan, que los ojos también besan….con una simple mirada.
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Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 26 de diciembre de 2016

AL CALOR DE LOS SUEÑOS


Se acostó durmiendo entre sábanas  que, esa noche, respiraban sueños, saboreando el imaginario beso que le había  dejado un recuerdo y cerró los ojos para recluirse en esos pensamientos.
Esbozaba una feliz sonrisa que delataba que seguía soñando.
Permaneció con la lamparilla encendida; temía apagarla, temía que con la luz también se fuera ese mágico momento y la oscuridad borrara esos fuegos artificiales que acababan de prender en su pecho.
Así, entre luces, hundió la cabeza en la almohada como rayo de sol que se sumerge en las aguas para iluminar sus ocultos tesoros y siguió viajando por el mundo de los recuerdos.
Según nacían, su cuerpo se movía ligeramente, estremecido, emocionado, y apretaba la manta contra su cuerpo, como si esa manta fuera el sueño que acababa de recordar y no quisiera que se escapara.
En ese estado de íntima felicidad era imposible que el sueño la venciera porque dormirse sería morir.
Confiada en que esa felicidad no se le escaparía, apagó la luz.
Y empezaron a nacer esos momentos, veladas, besos y paseos que compartieron con la oscura noche.
Estaba tocada por la mágica vara del amor y no importaba lo que la rodeara: todo era una fuente de bellos sentimientos.
De vez en cuando, unos leves suspiros huían de sus labios y hacían temblar, tímidamente, las blancas sabanas como tiembla el mar cuando siente el roce de la brisa.
A tal extremo llegaron los sueños que, incapaz de recluirlos en el mero pensamiento, a cada recuerdo que nacía lo acompañaba una palabra o un nombre.
Su corazón necesitaba dar voz a esas imágenes que lo cruzaban y encendían.
Y como olas que dejan en el aire el eco de sus aguas, así, sus labios llenaban el oscuro cuarto de palabras que flotaban alrededor de su cama.
Y cada palabra era uno de esos momentos que grabaron el amor en su alma: una fecha, un paisaje, una canción, una mirada, una sonrisa, una caricia, un “te quiero”, un……
Una catarata de vivencias, reducidas a palabras, comprimidas en segundos, hizo que su cuerpo se rindiera al más profundo sueño del que nunca quisiera despertar.
Y aunque dormir sería dar muerte a ese milagro, bien sabía que nunca la “muerte” se presentaría tan dulce; así que volvió a estrechar las blancas sábanas y la suave manta contra su cuerpo, dejó que por última vez se estremeciera y cerró los ojos abandonándose al sueño.
Ya dormía, ….pero en sus labios aún se dibujaba una tímida sonrisa.
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Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 23 de diciembre de 2016

UN DÍA ESPECIAL


Si algún día  perdiste la esperanza, si hubo un tiempo en el que sentiste que la vida te  cerraba sus caminos y tú creíste que te abandonaba, si alguna vez pasaste por ese trance, hoy es el momento que Dios preservó para curar esas heridas.
Pues bastará que una simple mirada perdida, de esos ojos que buscan una paz interior, se clave en un Niño, para que tu alma se emocione, tu corazón sonría y se derrumben los temblorosos pilares de las dudas.
Sí, hoy, el mismo Dios que te ocultaron las sombras de la vida se hace cercano, se pone al alcance de tus manos, se hace pequeño para que tus labios lo abarquen con un beso, se hace tan humano que creerás que todo es sueño.
Pero no; ese niño es el mismo Dios al que apelamos en las necesidades o el que nos roba una agradecida mirada cuando  un milagro ha rozado nuestras vidas.
Hoy lo tenemos más fácil.
Hoy, una mirada silenciosa y enamorada a ese Dios hecho niño, será suficiente para que mueran las dudas en tu alma y sientas que el Cielo está muy cerca.
¡FELIZ NAVIDAD!
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Abel de Miguel

Madrid, España

domingo, 18 de diciembre de 2016

LÁGRIMAS FURTIVAS


Me delataron unas furtivas lágrimas que el corazón no fue capaz de contener; emociones que dejaron al desnudo mi alma y retrataron unos sentimientos que nunca murieron porque siempre tuvieron sueños o esperanza.
Aún recuerdo ese momento en el que una invisible luz traspasó mi pecho y dejó, en él, todos esos recuerdos e ilusiones que, al evocarlos, pintaban un paraíso en mi vida.
Podría, ahora, recorrerlos uno a uno, pero ¿qué sentido tiene recordarlos cuando ya son realidad, cuando al mirarte a los ojos y encontrar ese amor buscado ya puedo tocarlos?
Así que viajaré por el mar de tu mirada y, allí, los iré rescatando y besando como quien encuentra ese cielo que le animó a seguir viviendo.
Y mis lágrimas serán felices náufragas entre las azules aguas de tus ojos; que no quisieran ser rescatadas, sino morir en ese plácido mar que ilumina tu rostro y enciende, en el mío, luces que anuncian un milagro.
Y una de ellas, la que nació cuando tus labios me dejaron el sello del primer beso,  se adentró en tu corazón, alteró tu plácida mirada y arrancó, de ese mar en calma, una pequeña ola vestida de lágrima.
Sí, tú también sentiste lo mismo, tú también escuchaste esa  voz nacida del alma que ordenó a las emociones que resucitaran.
Otra, la que vio la vida en nuestro primer baile, cuando nuestros cuerpos parecían estrellas que se movían, lentamente, alrededor de la luna, dejó el eco de esa música en tus azules ojos, los cuales empezaron a moverse, como si buscaran esa balada, hasta que se dibujó, sobre ellos, una leve niebla de emociones que acabó por vencerlos.
Y, nuevamente, en los dos, volvieron a surgir aquellas mismas silenciosas lágrimas que coronaron ese encuentro en el que la luna nos brindó sus brazos y la noche, su música.
Así, una a una, puedo recorrer ese universo de sentimientos que me invade cada vez que tus ojos asoman en mi corazón; puedo palpar recuerdos y emociones sin importarme que unas furtivas lágrimas me delaten y dejen desnuda mi alma.
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Abel de Miguel

Madrid, España

domingo, 11 de diciembre de 2016

ESTELAS  EN LA TIERRA



Fue, la luna, la última testigo de cómo nuestras sombras, errantes, se perdieron por  esos caminos de plata que ella dibujaba con sus luces y que nosotros, que apenas los intuíamos, transformamos en estelas de tierra; estelas que nos sedujeron a seguirlas como si nos condujeran a nuestro destino .
Salimos, esa noche, con la esperanza de encontrar un silencio que embargara nuestras miradas, que llenara de emociones nuestros pechos y dejara, en cada una de nuestras almas, el poso de un momento eterno.
Y nos dejamos llevar por esas mágicas sensaciones que una noche tranquila y serena es capaz de infundir en quienes las buscan y están preparados para recibirlas.
El murmullo del durmiente río, incapaz de acallar sus melódicas voces de agua, ecos que dejan, en el oscuro aire, la sensación de que la vida está despierta, nos acompañó incluso cuando dejamos de oírlo.
Recordarlo era resucitar esa misma alegría que vivimos cuando pronunciamos nuestros nombres bajo el influjo de unas miradas entregadas y rendidas, pues bien creímos que el río nos llamaba mientras le acompañamos en su curso.
Por extraño que pareciera, cuanto más dormía la naturaleza más vivos y despiertos estaban nuestros sentidos.
El leve crujido de una rama o el leve crepitar de una hoja eran suficientes para acentuar ese maravilloso silencio en el que nuestros pensamientos viajaban juntos por esas estelas en la tierra, y ese leve atisbo de vida nos hacía sentir que estábamos solos, inmersos en el universo de la noche, ese mundo tan propenso a que nazcan los sueños y la imaginación vista de fantasía el más insignificante suceso.
Y seguíamos dejándonos seducir por esas estelas; avanzábamos, por ellas, con el presentimiento de que, a cada paso, nos reservarían un motivo que ensancharía nuestros corazones.
Al sentirnos llenos de tantas emociones detuvimos nuestros pasos en uno de esos claros que la luna graba, con fuego de plata, en la tierra y donde se reunían y morían todas esas estelas que nos acompañaron en el camino.
Allí alzamos las miradas, hasta que se cruzaron bajo la luna y el silencio; entonces, entendí por qué habíamos llegado a nuestro destino.
Sí, la Naturaleza dormía, pero en el centro de ese claro de luna, en medio de esa paz, en el mismo corazón de la noche y en el más profundo rincón de su alma, tus azules ojos dibujaron el día.
Y esa Naturaleza despertó de su mágico sueño para contemplar un milagro:
Dos almas errantes que encontraron su destino gracias a esas estelas en la tierra que dibujó la noche.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 8 de diciembre de 2016

INMACULADA CONCEPCIÓN


Si hubo un día en el que el mundo recobró su primigenia  belleza, si existió un momento en el que Dios volvió a sentir las mismas  emociones que le invadieron cuando creó al hombre, fue cuando en el vientre de Ana asomó la vida de María vestida de pureza.
La Tierra recuperó sus latidos, el cielo ahuyentó los humanos lamentos que lo ocultaban y el mismo ser humano sintió, por primera vez desde Adán y Eva, que su alma era espejo de Dios.
Bastó que una mujer, pensada en el rincón más amoroso de la mente divina,  saboreara los primeros síntomas de la vida.
Sí, ella estaba destinada a ser  Madre, Trono y Salvación; por lo tanto, Dios no escatimó en bellezas y dio todo lo que era y tenía cuando concibió a María.
Y, así, su alma, más que de nieve, era transparente; su corazón, tan mortal como divino; su belleza, su belleza quedó reservada para esas almas sensibles, capaces de encontrar, en lo trascendente, una palabra que la abarcara.
Cada vez que sintamos el peso del pecado, la herida del dolor o las penas de esta vida,  bastaría recordar ese instante en el que una mujer, María, alteró el corazón de Dios y fue capaz de hacer que sus manos creadoras temblaran de emoción en el momento de su concepción.
María, Virgen y Madre, deja que sea una de esas blancas estrellas que adornan tu corona aunque desdiga de tu hermosura y así podré revivir ese día en el que Dios, al crearte, lloró de alegría y la Naturaleza, al contemplarte, se rindió ante tu INMACULADA CONCEPCIÓN.

Abel de Miguel

Madrid, España


miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENCONTRARÁS  TU CONSUELO


He  dejado en el cielo mis súplicas, invisibles deseos que viajarán hasta aquellos  corazones que aún guarden oscuros rincones en los que, un día, hubo luz o nunca la conocieron.
Va atravesando el cielo y solo se detiene cuando desde la tierra le llega el triste eco de un suspiro, el aroma de una lágrima, la feliz brisa de un sueño o el confuso eco de una esperanza que siente cómo su vida se apaga.
Cada vez que una de esas emociones rasga las fronteras de la tierra, uno de esos vigilantes deseos, que he dejado latiendo en el aire, desciende y se adentra en ese corazón necesitado.
Cada cual tiene un color, una forma y un olor:
El que acalla el sordo dolor de quien no encuentra quien le consuele porque el que podía hacerlo fue el que se la rompió, ese, es un deseo con forma de manos desnudas y abiertas; de piel azul y verde para ofrecer el consuelo del cielo y el alivio de la esperanza; y como ese dolor suele nacer en  corazones heridos por el amor, su aroma es el del primer aire de la mañana, ese que nace abrazado al alba y es capaz de dibujar una vida nueva en el alma.
El que borra las lágrimas desconsoladas, aquellas que nacen sin pensar en morir, las que asesinaron un sueño o una realidad, ese, es un blanco pañuelo tejido con los finos y delicados hilos de la comprensión.
Al abrirlo, aparecen numerosos corazones, desde el más encendido, hasta el que más sufrió. Y dentro de ese amplio espectro, esas incontroladas lágrimas encontrarán el más apropiado para su consuelo.
Su aroma salino evoca esas horas frente al mar, en las que todo lo cura un respetuoso silencio.
Y el que alienta la esperanza de un insatisfecho suspiro o  abre los horizontes de un sueño que se apaga, ese, siempre surge vestido de horizonte, de un generoso horizonte en el que el cielo se desnuda hasta mostrar su alma.
Al verlo, esos suspiros y sueños que sintieron cerrados sus caminos, encuentran que siempre se abrirán otros nuevos.
Es un deseo incoloro, de piel transparente en la que sus colores serán los sueños de cada uno.
Y su aroma es una loca tormenta de primaverales olores que excitan una ilusión o hacen olvidar la pena.
Y así, una infinidad de deseos sigue cruzando esos cielos, buscando heridas, y cuando alguien no crea encontrar el que cure la suya, siempre encontrará uno vestido de labios, que le ofrece un beso o una sonrisa.

Abel de Miguel

Madrid, España.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Y LA NOCHE ESCRIBIÓ UNA CARTA


Era una noche recién estrenada; tan  joven que aún se podían vislumbrar los últimos retales de luz que dejaba un difunto  atardecer.
El cielo había heredado las negras nubes que no se apartaron de él durante el día, el aire seguía derramando el frescor de una lluvia que se resistía a ser consolada, y la noche, ¡qué noche!, era un maravilloso poema que te invitaba a que lo leyeras con los ojos del alma.
En estas circunstancias, saqué aquella carta que escribió un corazón encendido, recién bautizado de amor, vestido con la ilusión de un niño y tembloroso, como hoja de otoño, entre aires de emoción.
Empecé, más que a leerla, a recrearme en cada letra, a dejarme arrastrar por el torbellino de recuerdos que nacían de cada palabra; empecé a sentirme aire y, según leía, tuve la sensación de ser alma libre que viajaba, contigo, entre esas líneas, entre esos caminos que nos llevaban al cielo del que, en ellos, te hablaba.
Y tras leer la última palabra doblé lentamente la carta, miré al cielo y dejé caer la mirada, lentamente, hasta que descansó en esas líneas en las que dormía mi vida o, tal vez, eran ellas las que habitaban en mi alma.
Una mirada pensativa, soñadora, nostálgica, hechizada por esos sentimientos que solo entienden quienes los han mamado, se perdía en la oscuridad y volvía a leer, en las negras páginas de la noche, esa carta que, un día, te escribí con el alma.
Eran palabras vestidas de estrellas y, no sé si fue sueño o locura, pero creí ver tu blanca mano escribiendo en la piel de la noche.
¡Oh Dios!, ¡qué momento, ese, en el que un alma busca un sueño y es él quien te encuentra!
Y la noche siguió llorando, dejando que sus lágrimas de agua se besaran con el viento sin saber, o tal vez sí, que de cada beso nacía un suspiro, de cada suspiro un recuerdo, y que cada uno de esos recuerdos fue capaz de volver a escribir, en la misma piel de la noche, esa carta que te escribió un corazón rendido.


Abel de Miguel

domingo, 20 de noviembre de 2016

UNA SIMPLE CARICIA


Abrió sus manos como ave que ofrece su inmaculado plumaje y se entrega sin preguntar su destino; al rozarlas, sentí que la fría nieve me revelaba su secreto: bajo su blanca y fría piel escondía un calor que siempre la acompañaba.
Era un calor tibio, tranquilo, sereno, de esos que invitan a resguardarse entre sus invisibles y transparentes muros, pero que, a la vez, ofrecen una intimidad jamás vivida.
 Ante tales premisas, el corazón salió de su refugio y aceptó el reto de adentrarse en ese escondido mundo que anunciaba sueños y sentimientos jamás conocidos.
Y mis manos se sumergieron bajo las suyas como pez que se adentra en el mar sabiendo que le espera la vida, como aire que se adentra en la cueva buscando el hospitalario calor en el que descansar; como rayo de luna que, escapándose de su mundo de sombras, encuentra un mar sobre el que descanse su estela de plata.
Jamás podré describir en su plenitud ese momento en el que unas manos, unas sencillas manos, te rozan y te descubren que la felicidad se esconde en frascos pequeños. En ese instante nuestras manos fueron blancas alas de las que nacían mudos sentimientos que se leían en nuestras miradas.
Era imposible separarlas, pues cada cual debía estar sintiendo el mismo cielo, un cielo que temíamos que se disolviera en el momento en que ellas se separaran.
Y así estuvimos hasta que supimos que el poder de esas caricias trascendería ese momento y se grabaría, a fuego, en nuestras almas.
Sabíamos que cuando estuviéramos lejos, el recuerdo de nuestras manos fundiéndose nos apagaría la ausencia y nos devolvería la vida.
Y ahora, cuando te escribo desde la distancia, siento ese milagroso roce y qué poco me cuesta creer que lo hago desde ese mundo que conocí cuando nuestras manos se unieron.
Sí, no me cuesta nada porque, desde ese día, aún vive en mi alma el fuego que prendieron tus blancas alas, el calor que se cobijaba bajo su limpia piel, el recuerdo de esos mudos sentimientos que se dibujaron en nuestras miradas.
Jamás podré olvidar ese momento en el que unas manos, unas sencillas manos, son capaces de devolver la vida a un corazón deshabitado y de dibujar el cielo en su alma.


Abel de Miguel

miércoles, 16 de noviembre de 2016

ESTARÁN AHÍ


No me importa quedar sepultado bajo adversas historias que consigan borrar, del horizonte de mi vida, la última luz.
Dejaré que las horas me envuelvan bajo el peso de su acelerado tiempo o que el porvenir abra su abanico y solo me muestre negros colores.
Poco importa, porque siempre tendré motivos para quebrar cada muro que se interponga en mi alegría.
Son muchos los recuerdos que me habitan, son muchas las razones que el pasado encierra para que el corazón siempre encuentre una fuente en la que saciar su sed.
Evocarte es viajar a ese mundo que escondo en lo más íntimo de mi, abrir ese baúl en el que guardo aquellos momentos que nos hicieron sentirnos privilegiados ángeles habitando en la tierra.
Los recuerdos son un mundo, y cada vez que uno de ellos nos asalta es como empezar uno de esos matutinos o taciturnos paseos en los que nuestros almas salen desnudas, los corazones abren sus puertas y los pensamientos son blancas hojas en las que dejamos que el viento, la luz y el paisaje escriban esas emociones, deseos, suspiros y sueños que, un día y ahora, llenan nuestra vida.
Esos días, esos momentos que se grabaron en nuestra alma, son esa estela plateada que la luna dibuja sobre el oscuro lienzo del mar grabando, en sus lúgubres aguas, un milagro.
Y hace falta muy poco para rescatarlos.
Basta que un rayo de luz se escape entre las espesas ramas, que el viento gima suspiros que rompen el silencio, que el agua libere su alegre voz entre cascadas y peñas, que nos roce una parte de la vida, para que ese baúl rompa sus cerrojos y desempolve esa suave melodía que un recuerdo nos dejó.
Sí, desde el momento en el que mi corazón juró que amaría, va guardando en sus rincones esos momentos que lo tiñeron de felicidad; y mientras la vida pase, los irá despertando para que le ayuden a no olvidar ese juramento que te dio.
Siempre tendremos un tiempo para poder viajar por ese mundo  que los días nos reservaron; siempre podré seguir…habitando en tu recuerdo.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 4 de noviembre de 2016

SIEMPRE LO TENDREMOS



No sé si el sueño te ha abandonado o aún sientes el eco de esas voces de la noche, que perviven y lentamente se  apagan, pero quiero decirte que hoy, al abrir los ojos, nos espera la mañana con ese cielo gris o azul, no importa, pues solo vale que allí está para que crucemos, con él, las miradas y escribamos en su piel, limpia o de nubes, nuestros primeros pensamientos.
Sí, el cielo será nuestro mensajero, en sus etérea espaldas leeremos nuestros “buenos días”; en su piel grabaremos ese primer beso que nos dedicamos en la distancia; allí, basta con mirarlo, nos hablaremos.
Por eso, cuando abras los ojos y el sueño silencie su eco, volverás a sentir que la mañana, o sea, la vida, te ofrece un nuevo día en el que se repetirán esos mismos sentimientos con los que nos acostamos.
Y si encuentras un cielo desnudo, ausente de palabras, es porque no encuentro aquellas que expresen este sentimiento que el tiempo nos ha permitido revivir.
Cansado de buscar, le he pedido al corazón que desempolve la caja donde guarda, no los recuerdos, sino esos valores que me enseñaron a vivir, y allí te he encontrado a ti, a quien, un día, la vida me permitió compartir tu tiempo, miradas, palabras,....
Siento, en este momento, que los ojos me brillan y la piel quiere participar de esta emoción contenida, tal vez, por eso, ahora, unas nubes crucen el cielo que miras.
Han sido tantos años que solo puedo dar gracias a Dios por resucitar, en mi pecho, tu memoria.
Ocultos, desde la eternidad, en la mente de Dios, es decir, en el vientre del Cielo, esperábamos nuestro momento; momentos de pequeñas perlas que se cubrieron con nuestras ilusiones y sueños.
Puede que a los ojos del mundo seamos, simplemente, dos personas que se aman, pero, a los nuestros y a los de Dios, somos corazones y almas que esperaron en el cielo para amarse en la tierra.
Y en nuestros pechos sentiremos, al vernos, una corriente de felicidad que anega nuestro ser mientras nuestros ojos se iluminan de esa luz que solo ven los que así se aman.
Y de esas pequeñas perlas nacerán otras perlas, tan maravillosas como las que nos adornaron al conocernos; y si alguna viene envuelta en espinas, porque la vida así lo quiera, juntos las sufriremos y nos lameremos las heridas; porque, incluso esas, serán nuestro refugio, consuelo y pañuelo.
Sí, si alguna vez ves al cielo desnudo de palabras, no te inquietes; abandona tu corazón en ese vacío y sentirás el abrazo de quien te ama en silencio.
Siempre tendremos el cielo para compartir nuestros momentos, para escribir, en su piel desnuda o habitada de nubes, esas palabras que delatan que nos queremos.

Abel de Miguel Saénz


jueves, 27 de octubre de 2016

VUELOS QUE SE CRUZAN


Todos los momentos vividos tienen  un destino.
Los hay que, aunque lejanos, siguen  latiendo en el alma como esas eternas brasas  del primer beso o el inmortal eco del primer “te quiero”.
Otros, porque hirieron, yacen moribundos, resistiéndose a morir, en esos oscuros rincones del corazón en los que aún no ha llegado la luz del perdón.
Los hay que, por el contrario, dejaron tan profunda huella en las pasiones, que olvidarlos sería arrancar una parte de la vida.
Pero mientras estas sensaciones acompañan, con su vuelo, nuestro tiempo, mientras estas sombras se encadenan a nuestra memoria y pecho,  en su vuelo se cruzan pequeños seres alados, blanquecinos, alegres y juveniles, que son los sueños.
Hijos de una efímera ilusión y de un ancestral deseo, cruzan el alma dejando, a su paso, una fresca brisa que prolonga el deseo de vivir.
Pero siempre habrá un momento en el que las blancas alas de los felices sueños, las oscuras sombras de los que no se cumplieron, las cárdenas luces de aquellos recuerdos que tiñeron de sangre el amor, y los primaverales colores de los que, un día,  nos ayudaron a vivir, todos ellos, se fundirán y cruzarán sus vuelos en un solo instante; entonces, nuestro corazón saboreará las antagónicas sensaciones que dejan la vida y la muerte, el amor y el olvido, la ilusión y el pesimismo, el vacío eco de una lágrima y los triunfales cantos de una sonrisa; todas esas emociones resucitarán a la voz de un recuerdo o de un sueño, y sentiremos que somos pasión en estado puro; que no hace falta nada para que encontremos un motivo que haga que el corazón trabaje y el alma despierte.
Somos emoción en carne viva, tan viva que hasta esa piel que nos cubre se contagia de este mundo que habita en nuestros pechos; de este mundo en el que las blancas alas de los sueños y las difusas de los recuerdos conviven y cruzan sus vuelos.


Abel de Miguel Saénz

jueves, 20 de octubre de 2016

UN SIMPLE DEDO DE LUZ 


Cruzaba el mar con la  misma suavidad con que el rocío se desliza, al alba, sobre los pétalos recién  despertados.
Su dedo de luz dejaba  una dorada estela que, enmarcada por los azules labios del agua, simulaba esa feliz cicatriz que deja un beso en el alma.
No podía, no quería, apartar la mirada de ese naciente milagro que, cada día, se forja cuando el sol despierta, acaricia, al mundo con sus manos.
Quise, en la locura de los sueños, imaginar que el mar eran tus ojos; que habían esperado, cerrados, toda la noche a que llegara este momento para que el sol los despertara y se encontraran con mi mirada, la cual había pasado toda la noche en vela protegiendo tu sueño.
Ahora, desnudados los sentimientos ante la virgínea claridad, superada esa nocturna etapa en la que la oscuridad nos priva de vernos, en la que tenemos que recurrir a la imaginación y a los pensamientos para sentirnos cerca, sé que nunca existirá ese momento en el que pueda olvidarte, pues para olvidarte sería necesario que me arrancaran el alma o mi corazón fuera de piedra, y, aun así, bastaría esta primera caricia que el sol deja sobre las aguas para que tus ojos, ese beso y tu recuerdo devolvieran, a esa alma y corazón, la vida.
Solo tus verdaderos ojos, los que se cruzan en mi vida, superan esta metáfora del mar.
Solo tu presencia es capaz de anular este mágico instante en el que el sol dibuja un milagro sobre las aguas, pero cuando no te tenga, cuando no te sienta, recurriré al alba y a los azules labios del mar para tenerte tan dentro de mí como si te abrazara.
No, no habrá nunca tiempo para olvidarte porque allá donde mire encontraré una metáfora para amarte.

Abel de Miguel Saénz


lunes, 17 de octubre de 2016

CUANDO EL VIENTO HABLA


Su único fin era encontrar el lado  más bello de todo cuanto la rodeaba y, un día, subió a la cima de un monte con  el fin de descubrir los nuevos rostros  de esa belleza.
Las vistas que se le ofrecían eran el preciado tesoro que un alma busca cuando desea la paz, el modelo perfecto del pintor que quisiera plasmar un milagro, las idóneas musas con las que un escritor sueña o el espacio perfecto para que un corazón se sintiera eterno.
La rodeaba el silencio, y cada lugar en el que su mirada descansaba era fuente de pensamientos que se transformaban en deseos.
Pero cuando ese silencio se hacía dueño de su alma e iba escribiendo las infinitas bellezas que contemplaba, una leve voz, como un tímido suspiro, tiñó ese ambiente de magia.
Lejos de interrumpir la armonía contemplativa, esa voz la hirió de amor.
Era el viento, pero no una simple corriente de aire; ese viento era los mensajes que traía y llevaba entre los parajes por los que cruzaba, y los dejaba en el aire para que alguien los recogiera.
Maravillada por sentirse privilegiada conocedora de las voces de la naturaleza, esas que solo escuchan quienes se adentran en la intimidad de su alma, quiso formar parte de ese diálogo; ser, ella, una de esas voces, por lo que liberó sus sentimientos para que el viento los recogiera y los llevara a la naturaleza contemplada; mientras, ella esperaría a que el viento le trajera la respuesta.
 Y cuando sus ojos escribieron una mirada de pureza en un exiliado nevero que sobrevivió a las luces de la primavera, el viento le devolvió ese sentimiento que nació en ella cuando, por primera vez, besó.
Reconfortada, sintiendo que en su pecho nacieron nuevos labios que reclamaban más aire, buscó otro paisaje que los saciara.
 Su mirada, una mirada que flotaba somnolienta, se dejó caer entre los verdes brazos de una hierba que dormía junto al lecho de su amante, el agua.
Una felicidad que debía llevar guardada por un inmortal recuerdo, se dibujó en sus ojos, algo a lo que el viento no fue ajeno.
Poco después, cuando en sus sueños aún se abrazaban ese recuerdo y la hierba, el viento le recitó las mismas palabras que ella oyó esa mañana en la que alguien le prometió amor, un amor que aún le seguía dejando el calor de los sueños.
Y recorriendo los más variados paisajes que, desde ese cima, se le ofrecían, fue recopilando las más hermosas sensaciones que puede imaginar un alma o atesorar un corazón.
Llegó la hora de abandonar ese privilegiado lugar en el que la Naturaleza se confiesa, pero, durante el resto de su vida, la acompañó ese viento, esas secretas y silenciosas voces que solo escucha quien vive por buscarlas; esas bellezas que solo descubre quien se propone encontrar el lado de bello de lo que le rodea.


Abel de Miguel Sáenz

viernes, 14 de octubre de 2016

EL MAR, TÚ Y YO


Era  una noche de gala, de esas en las que la luna escribe versos de silencio que  colman el cielo y la tierra, y el mar ve cómo se tiñen de plata sus estelas.
El  viento, siempre dispuesto, recogió los sentimientos que flotaban en el oscuro aire y su etérea pluma los grabó en el corazón de las aguas, en el corazón de un mar, hasta entonces sumido en sueños, que empezó a palpitar cuando las olas empezaron, lentamente, a mecerse.
Pero ese idílico y nocturno mundo que luna y agua habían fraguado nació con un fin y tenía un destinatario: ese marino que, cada noche, velaba sus aguas en soledad.
  Podría parecer, a ojos extraños, una bohemia figura perdida en un infinito mundo; podría sugerir ser un alma perdida en el espacio, pero ese marino era ese lado oculto de la vida que todos llevamos dentro, era un privilegiado.
Él, mejor que nadie, podría decirnos cómo suenan esas voces que el silencio deja en el alma cuando un corazón, en carne viva, ahoga ilusiones y miserias en el fondo de esas aguas.
Él, solo él, es capaz de sostener la mirada ante ese infinito espacio  que la luna enmarca con sus brazos de plata y hacer que ella se sienta desnuda cuando la atraviesan esos pensativos ojos que tantas veces han leído la vida en esas oscuras aguas
Y cada noche que un barco faene entre esas corrientes de luto, allí estará la luna escribiendo versos de silencio, el viento recitándolos y un marino desnudando su alma para que queden, en ella, grabados; también el mar se rasgará sus aguas cuando el marino deje, sobre él, su mirada.
No hace falta poner rostro a ese hombre que vela las noches del mar, pues basta que mires mi corazón para que conozcas su sed de amar.
No es necesario explicar que esas oscuras aguas son tus cabellos; o que tras ese velo que teje el silencio nocturno se esconden nuestras miradas; o que esos invisibles versos que escribe la luna sobre las estelas de plata, son esos pensamientos que cada día nacen en nuestras almas y cruzan el mar del tiempo, de la vida, levantando pequeñas olas que son los deseos.
Sí, si alguna vez contemplas una sombra que viaja en la oscuridad, dejándose querer por la luna y acariciar por las aguas, intenta robarle el alma para saber lo que es amar.


Abel de Miguel Sáenz

lunes, 10 de octubre de 2016

HACE TIEMPO QUE HUIMOS


Vivíamos  atados a un sueño, a un simple atardecer o a un suspiro de tiempo contemplando la lluvia.
Éramos  fruto de ilusiones compartidas que solo necesitaban sentirse juntas para sentirse vivas.
Nos olvidamos del color de la tierra, dejamos de sentir la pluma de sus praderas o la férrea piel de sus rocas porque nuestro suelo era el cielo, ese cielo en el que, primero, aterrizaron nuestras miradas, después, nuestros corazones y, finalmente, nuestros cuerpos.
Sí, vivíamos lejos de este mundo en el que nos conocimos porque desde el primer momento concebimos nuestro amor como un milagro, y los milagros anidan en tierras que solo son visibles a los espíritus.
Y no nos importó renunciar a aquellas emociones que nacen de la carne, que transforman la piel en un nido de sentimientos o hacen que el corazón sea un volcán que inunde de lágrimas los ojos.
No nos importó porque, a cambio, experimentamos ese sutil, delicado y etéreo amor que nace de las almas, capaz de elevar el humano amor a las cimas de lo sagrado.
Y a día de hoy, aunque nuestras manos sientan sus cercanías, nuestros labios unan sus fronteras o nuestros ojos intercambien sus pensamientos, seguimos creyendo que hace tiempo huimos de este mundo y vivimos en esa parte de la creación que Dios vetó a los mortales para que solo la habitaran los enamorados.
Y ahora, cuando tus ojos vean estas letras, ten la seguridad de que te escribo desde este cielo en el que moramos.
Cierra los ojos, abandónate en el silencio, sumerge tu imaginación en el mundo de las almas, recuerda ese atardecer en el que el cielo se teñía de oro o esa lluvia en la que cada gota era una mano de vida que acariciaba nuestros rostros, y volverás a respirar ese sagrado aire que nos transporta a esos parajes en los que las emociones se transforman en milagro.
Siempre viviremos bajo la coraza de nuestros cuerpos, rodeados de hermosas sensaciones, de paisajes que nos recuerden momentos compartidos, pero todo eso serán recuerdos, vagos recuerdos que se diluyen cuando, al cruzar nuestras miradas, nos demos cuenta de  que, desde que nos conocimos, huimos de este mundo para habitar esa parte de la creación reservada a los enamorados; ese mundo capaz de elevar el amor a la cima de lo sagrado.


Abel de Miguel Sáenz