viernes, 29 de enero de 2016

TORRE BLANCA - TORRE NEGRA


En la cima de un monte situado en la Tierra del Silencio, se alzaban dos torres, tan altas y lejanas que la vista, incapaz de hacer tan largo viaje, apenas las vislumbraba.
Esa lejanía las envolvía del misterio necesario para convertirlas en cuna de leyendas.
Para unos, las “Torres del viento”; llamadas así porque solo él era capaz de adentrarse en ellas.
Por sus externos aspectos, también se las conocía  como la “Torre Blanca” y la “Torre Negra”.
Cada amanecer, la luz se desparramaba buscando los infinitos caminos que le ofrecía el cielo; insaciable, su blanquecinas manos moldeaban de vida todo lo que encontraba a su paso, pero al acercarse a la Torre Negra dejaba sobre ella un beso especial, iluminaba su sempiterna y oscura sombra, cubría sus paredes con un amago de vida y el viento revoloteaba a su alrededor dejando suspiros que maquillaran de amor las penas de sus piedras.
La Torre Blanca no apartaba de ella su mirada, triste mirada viendo, en esa torre, una negra espada impostada entre el brillo y desafiando a la gloria.
Por el contrario, cuando la noche se hacía dueña de la tierra y cerraba los párpados de todo lo creado, la luna dejaba caer un beso de luz sobre la almena de la Torre Blanca.
Allí donde la vida aguantaba la respiración hasta que el día se la devolviera, la luna insuflaba, en sus agonizantes y níveas paredes, el pulmón que la permitía soñar con un tiempo mejor.
Esa torre era como un blanco diamante que luchaba porque su brillo no muriera.
Estos misteriosos momentos eran un cifrado mensaje que revelaba que cada una de esas torres ocultaba un alma; almas de nombres olvidados e historias inacabadas; vecinas, pero separadas por un invisible muro que las hacía vivir distantes y solitarias.
Pero tanto tiempo rozándola  lo sagrado, tanto recibiendo las continuas caricias del alba y el reflejo de esa compañera mirada, que la Torre Negra se rindió y nació una voz desde la oquedad de sus piedras:
“No hay luz que me devuelva la que yo vi cuando nuestros ojos se cruzaron.
Fuera de ese  amor que me negaron no hay vida, pues allá donde esté ella, lleva consigo la mía.”
Esas palabras quedaron suspensas en el aire como látigo que rompe una armoniosa balada de paz.
El propio cielo se estremeció, cubrió el inmaculado manto de su amanecer con la rojiza túnica de un adelantado ocaso y dejó flotando en su piel el aroma del resentimiento.
Pero el inconsciente viento, ignorante del miedo, del pudor y de los secretos, robó el eco de ese herido corazón  y lo llevó al interior de la Torre Blanca.
Los céfiros grabaron ese lamento en sus piedras inmaculadas, pero poderosa alma la tenía que habitar para que ese dolor no fuera capaz de mancillar su blancura ni de que se rindiera ante esa amargura.
Unas tímidas gotas asomaron entre sus piedras, aunque nadie dudaba de que esas piedras lloraban.
La Torre Blanca conservó esas palabras en su alma y esperó a que llegara la noche.
Cuando la luna, nuevamente, la besó, y aún latente en su memoria el vecino dolor, sus piedras se tornaron labios y rompieron el silencio.
Torre Negra, rasga ese oscuro velo que ciega los bellos recuerdos y alimenta los oscuros.
Desde ese día en el que apartaron nuestras manos y fuimos encerrados para que nuestras miradas no se cruzaran, nos ha llenado un tiempo vacío de respuestas que han cubierto las leyendas; pero ya que el alma no muere, siguen vivos, en mí, esos sentimientos que, un día, nos ataron.
¿Acaso es tan grande tu dolor, acaso te invade tanto, que olvidaste  mi voz?
Torre Negra,….”
Y ahora fueron esas palabras las que quedaron flotando en el aire como trino que rompe el tenso silencio de una tierra asustada.
Desde entonces, cuando nace el alba, la Torre Negra abre sus ventanas y portones, deja que esa blanca luz ilumine sus entrañas e invita a que el viento deje, entre sus piedras, sus suspiros de amor.
Ya no es triste la mirada de la Torre Blanca, ya no lloran sus piedras, y cuando, cada noche, la luna la besa, comparte ese beso de luz con la Torre Negra.
Y porque no murieron esos sentimientos, en la cima de un monte situado en la Tierra del Silencio se alzan una espada y un diamante, dos pulmones, dos almas que sobrevivieron a las leyendas: la Torre Blanca y la Torre Negra.


Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 27 de enero de 2016

RESPUESTAS UNIVERSALES


Dime si aún resuenan en tu pecho los ecos de esos felices días que nacieron en tu alma, cuando una línea blanca cruzó tu corazón y conociste, por primera vez, el valor de la alegría.
Dime si, hoy, sigue siendo virgen morada, de ilusiones y esperanzas, y si aún sientes que el tiempo sigue durmiendo en esas horas de las que te hablo.
¿Sigues sintiendo, al recordar esas incendiarias palabras, como si una corriente de aire te fuera renovando la vida hasta el punto de que cuando se apaga ese recuerdo, sientes que te asfixias?
Si sigues escuchando el lejano eco de esa voz que te convirtió en cautiva; si aún se dibuja, en tus labios, una tímida sonrisa cuando, rodeada de silencio, aflora un pequeño recuerdo de ese momento vivido, entonces, es que no has salido de ese gozoso cautiverio.
Y digo “gozoso cautiverio” porque yerra quien crea que el amor ata la libertad del “yo”, que le corta las alas y le impide hacer sus propios vuelos.
No, porque el mero hecho de amar, de sentir el roce de ese sentimiento, da tal felicidad que uno se olvida de sí mismo; es más, no concibe que pueda existir la alegría fuera de lo amado.
Perdona si soy yo quien respondo, pero estas universales preguntas hallarán, en cada corazón, universales respuestas.
Y sí, yo sigo viendo esa línea blanca y cómo la cruzan aquellos recuerdos que me ofrecieron la alegría y siguen dibujándome, en silencio, una tímida sonrisa.
No escucho el latido del tiempo: sigue durmiendo en ese día en el que todo se hizo nuevo.
Y sigo siendo cautivo, feliz prisionero, de esos ojos, que no me cortaron las alas, sino que las unieron a las suyas para emprender un nuevo y eterno vuelo.
Perdona que sea yo el que responda, pero dime ¿sigues sintiendo….?


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 25 de enero de 2016

CUANDO LAS SOMBRAS SE ROMPEN


Cansada de que su alma viajara  siempre por los mismos caminos, aquellos en los que las rosas marchitaban al poco de nacer, levantó lentamente la mirada. Le costaba arrancarla de ese suelo en el que, día tras día,  descansaban sus pensamientos, aves de bajo vuelo que no se atrevían a mirar al cielo por parecerle imposible rozar ese mundo.
Y no lo hacía porque el lastre de su corazón era demasiada carga como para pensar que existían otros caminos; por ello vivía anclada en una estéril tierra donde la felicidad era un espejismo.
Pero llegó ese día en el que, cansada de esa monótona desilusión, cortó las amarras que impedían que su alma conociera otros mares y alzó las velas de la esperanza.
Según iba levantando la mirada sus ojos eran amaneceres que desnudaban a la noche e iban descubriendo una cadena de maravillosas ilusiones y colores.
En esa nueva etapa, contempló un sauce cuyo recuerdo asociaba al de sus ramas besando, como lágrimas, el suelo.
Pero en esa lucha por cambiar el destino, vio, en ese “nuevo” sauce apostado a la vera del río, algo que le hablaba del silencio de besos cruzados bajo su sombra, del sonido de los suspiros, de lágrimas confundidas en el agua, de palabras de fuego con eco de eternidad y del sello del juramento.
Se olvidó de la pena que le sugería y oyó las voces de las mortales pasiones que nacen cuando lo hace el amor o cuando alguien sueña con él.
Y lo mismo sucedió cuando asomó la noche.
Atrás quedaron esos aullidos que le sugería la luna; voces que sembraban el miedo y hacían, de la noche, coto reservado para la soledad.
Ahora veía, en esa misma luna, a la custodia de los amores callados, y sus aullidos eran suaves y templadas voces que hablaban de por qué un corazón llora o ríe cuando ama, o de por qué es  hielo o volcán cuando besa.
Esos descubrimientos dormían en sus brazos, y los apretaba contra su pecho para que no escaparan; pedía que esa alba fuera eterna para seguir saboreando el nuevo rostro de aquello que antes no vio; pedía que todo lo que descubría no fueran rosas que nacían en su estéril suelo y morían en el parto.
Volvía a leer el libro de su vida, pero con otros ojos.
Cuántos momentos de descanso la esperaban; cuánta soledad desaparecería de su camino; cuánta locura, que nació al soñar, sería tangible realidad.
Volvió a sentir que una templada mano acariciaba el hielo de su corazón; dio un nuevo valor a esa lágrima que, en sus ojos, asomaba y fue capaz de que conviviera con una sonrisa.

Volvió a ser alma cuando las velas de la esperanza rompieron las sombras.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 20 de enero de 2016

ALMAS DE MÚSICA


Escuchándolo se sentía acariciada por misteriosas manos, que apenas la rozaban, pero suficientemente sutiles y cálidas como para que se sintiera flor rendida ante la lluvia.
Desde mi oculta mirada presenciaba, en ese rostro embaucado y soñador, el vivo retrato de quien ha conquistado un sueño.
Estaba sola, pero nadie lo diría.
Y era ese enigmático violín quien la hacía sentirse como palmera que abre sus brazos al cielo; era esa romántica balada la que consiguió que su rostro fuera fresca pradera bañada por el rocío de unas emocionadas lágrimas.
Tal era la  simbiosis, que hubo un momento en el que ese aire, en el que flotaban idilios y notas, empezó a hacerse incandescente.
La propia música se sintió arrebatada por esa joven en la que latían puros sentimientos, vivas emociones, sentimientos que, ese violín, jamás experimentó cuando rasgaban sus cuerdas.
Era imposible sustraerse a esa noche en la que la voz de un violín y una joven trenzaban, en la intimidad, una delicada y atrayente red de la que era imposible escapar.
Mis ocultos ojos no fueron capaces de ser meros testigos y acabaron cayendo en su dulce trampa.
Se apagaron lentamente para dar paso a la reflexión; claudicaron para saborear ese dulce momento  que uno nunca se cansaría de vivir y, los ojos cerrados, la voz ahogada, preñada el alma, me acerqué, sigilosamente, en espíritu, hasta formar parte de ese invisible baile.
Todo parecía un mágico mundo que flotaba sobre el suelo: pensamientos, música, aire, nosotros….
Era todo tan etéreo y liviano que todo era alma.
Y el violín dejó escapar un último acorde, su último suspiro, que  grabó la imborrable huella del amor en esa joven.
Otro suspiro fue la respuesta de ese corazón, entregado a esos mágicos y musicales brazos que la envolvían entre la eternidad.
Pero todo eso no podía caer en el olvido, por lo que el viento dejó caer su mano para recoger esas últimas voces, suspiro y acorde, que quedaron suspensas en el aire y llevárselas por sus secretos caminos.
Miré a un punto indeterminado del oscuro cielo y mis ojos acompañaron a esos amantes sonidos mientras aún sentía que esos brazos y ese rostro seguían bailando, juntos, en mi alma.
Pero con el silencio de la música no acabó todo.
Cada noche que cruzo por ese mismo sitio, el cielo oscuro, la luna callada y el viento murmurando débiles palabras, aún oigo esas palabras de amor vestidas de música y aún veo ese rostro.
Cada vez que vuelvo, los ojos cerrados, la voz ahogada y preñada el alma, siento que un violín me arranca el corazón y lo envuelve entre sus brazos para llevárselo por esos secretos caminos donde aún vive el de una joven que conquistó un sueño.


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domingo, 17 de enero de 2016

TEMBLORES


Cada día que pasaba era dar una vuelta más a esa llave que abre la fuente de los recuerdos.
Y en la locura de ese momento, llegó un día en que sintió un trémulo vaivén en su alma, como si todos esos momentos vividos despertaran bruscamente y a la vez, pidiendo urgente paso.
Y cada imagen era un pequeño temblor; cada pensamiento era como esa fina, pero fresca, brisa capaz de erizar la piel; cada momento resucitado apretaba su corazón y se sentía hoja, débil hoja, que tiembla ante las emociones de la vida.
Y recordó ese segundo  en el que dos miradas se cruzan y el corazón, pájaro en su jaula, revolotea buscando salir de su cárcel para encontrarse con lo amado.
Y una vez que lo tiene…tiembla.
Despertó ese amor que la hirió hasta hacerla sentirse como esa tierra que padece, en su seno, la lucha fratricida de sus piedras. Corazones enfrentados que buscan su hegemonía hasta que la carne se desgarra y esa piel de amada…tiembla.
Notaba que esos pensamientos empezaban a abocarla a un abismo, por lo que reclamó alegrías.
Resucitó esos paseos en los que una pincelada de viento pintaba el caos en el aire, dejaba sus aullidos entre las ramas y ella soñaba que esas voces hablaban, de espíritu a espíritu, con ella.
Esas hojas, ese viento, ese misterio,…ante todo ello, su pecho…tiembla.
En esa quimera en la que se hallaba inmersa, recordó la habitación, oscura y en silencio, asaltada por el alba, y a esa luz, fugitiva  nocturna, regresando.
Recién nacida, solo alcanzaba a vestir de penumbras ese imaginario cuarto en el que ella vivía.
Pero presa de esos párvulos rayos que esbozaban esperanza, luz y ella se abrazaron y juntas…temblaron.
Animada, rememoró esas noches en las que respiró el amor; aquellas en las que quiso, la luna, mirarse en el espejo, pero no hallando en la tierra reflejo dejó su rostro en el agua.
Y ella vio cómo el río se vestía de blanco mientras una luna satisfecha dejaba su hermosa sonrisa en ese lecho de agua.
Agua y luna, ellas y ella, se abrazaron al compás de las olas mientras sus corazones…temblaron.
Satisfecha de emociones, alma y corazón saciaron su hambre.

Y si esos temblores fueron hijos de la emoción, si ella, o nosotros, vivimos encadenados al sentimiento, en cada paso que resucite o que demos nos daremos cuenta de que la misma Vida…tiembla.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 11 de enero de 2016

HUELLAS IMBORRABLES


Abrí la ventana y un mundo de nubes, reacias a huir al cielo, escribían, somnolientas, un poema sobre esa tierra en la que dejaban, mimosas, besos de humedad.
Me recreaba en esa espesa red que me golpeaba el alma, tal vez porque fuera un simulacro de amor en el que el cielo se abajaba a la tierra para que esta lo sintiera más cerca.
Paradojas de los sentimientos, esos espesos brazos de nubes que ocultaban entre ellos todo síntoma de vida, invitaban a soñar, a imaginar, esas historias que ellos ocultaban.
Y dejé que mis ojos traspasaran ese espeso telar y viajaran por sus entrañas descubriendo los secretos que allí se encerraban.
Sabía que este juego rayaba con la locura, pero no pude resistirme a crear esas imaginarias historias de vida y amor; no fui capaz de respetar la intimidad de las nubes y rasgué su virginal velo; incluso creí escuchar latidos que me invitaban a conocerlos.
Privado de la vista, cegados los caminos, los pasos eran hijos de la intuición, ese sexto sentido que nos indica dónde ha nacido, o dónde ha muerto, el amor.
Y paseé entre esa niebla sin rumbo ni meta, pues no había mayor placer que perderse entre ese bosque de nubes y sentir, en la propia piel, el roce de ese misterio que embarga al alma, o respirar la agradable sensación de estar en un mundo donde el amor se vestía de magia.
¡Y qué poco importaba que lo que veía fuera hijo de una imaginación rendida y predispuesta a lo que el corazón la pedía!
Cada paso era una ilusión, una sensación, un recuerdo de lo vivido o una experiencia de lo imaginado.
Según avanzaba entre ese valle de nubes era todo tan real que me negaba a creer que fuera sueño; y realmente no lo era.
La silueta de una deforme piedra luchaba por resaltar su negra oscuridad entre ese grisáceo telar.
Verla fue como despertar de ese mundo y volver a lo real.
Me acerqué, si acaso, con una carga de misterio superior al que una piedra puede encerrar, pero en esa travesía entre nubes era imposible desquitarse ese esotérico pensamiento.
La palpé delicadamente, como si fuera un objeto sagrado, con el temor de herirla solo con rozarla, como si tuviera vida.
Misterios de la naturaleza, su tacto era suave, tan suave que pareciera piel, y despedía un íntimo calor, ajeno al húmedo frío que despedían las nubes que la custodiaban.
La tomé entre mis manos y, tal vez preso de esa maravillosa locura, sentí que tenía, entre mis manos, un corazón.
Ya no sé si era ella o era el mío el que latía; si era ella o era yo quien acariciaba; pero de lo que sí estaba seguro era de que ese repentino calor que sentí nacía de la piedra.
Soy incapaz de explicar la historia que encerraba; solo puedo describir lo que había grabado en su “piel”.
Las huellas de dos manos que se cubrían, dos manos que se buscaron hasta encontrarse, dormían en esa piedra en la que, al parecer, cumplieron sus sueños.
Cerré los ojos en medio de esa idílica penumbra y reviví todos las emociones que me asaltaron desde que me adentré en ese bosque de nubes 
Me sentía tan lleno, que el corazón dijo basta y el alma pidió volver, ambos querían quedarse con ese último recuerdo.
Cerré esa ventana desde la que me atreví a indagar en las entrañas de la niebla, y allí dejé a esas nubes, escribiendo un poema sobre la tierra; allí dejé, descansando sobre esa piedra, las manos de esos amantes que allí dejaron sus huellas.


Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 7 de enero de 2016

ALMA DE OTOÑO


El viento las arrastraba por el aire formando una maravillosa cortina que volaba sin rumbo.
Fijó su mirada y se adentró en ella.
A su paso se abría ese telón de hojas de otoño que la rozaban como si fueran un beso,  beso que asumía como si fuera real, beso que paliaba su sed de amor.
Bailaban, sí, esa es la palabra, a su alrededor, al compás de la música del viento dejándose llevar entre sus etéreos brazos, y ella las acompañaba con su mirada, ojos que se movían al impulso de un corazón que, en esos momentos, se sentía como ese viento que las abrazaba.
Dejaba que su oscura melena flotara en ese aire embriagado de poesía, que su piel se erizara cuando sentía la suave mano del viento, y se sintió como una de esas hojas, feliz por el mero hecho de sentirse sin cadenas.
Cada hoja era un recuerdo, o un sueño, o un suceso desconocido que la esperaba con una sonrisa.
Al pasear entre ellas, sentía que cruzaba el túnel de la vida, pero una vida que solo dejaba el sello de un incontestable amor  en el que los suspiros que dejaba eran contestados por otros igual de sentidos, y en el que bastaba dejar, en el aire, un nombre para que miles de hojas la rodearan como si fueran los brazos de ese amor invocado.
Presa de esa polifonía de sentimientos, quedó inmóvil, absorta, como si esas hechiceras hojas le hubieran robado el cuerpo y se lo llevaran a su sagrado templo en el que el viento era su dios.
Ya solo sentía el alma, pero esta también quiso ser parte de ellas, y volar hacia ese cielo que ellas inundaban, sentir ese aire que nacía del cielo y perderse por esos caminos en los que solo encontraría el amor y lo divino.
Y, ¡quién sabe!, si fuera hoja de otoño, tal vez encontrara, entre una de ellas, ese nombre por el que suspiró; tal vez él también hubiera decidido ser una hoja más para buscarla a ella.
Siguió dejando que el viento la acariciara, que las hojas la besaran, siguió cruzando ese túnel de la vida, hasta que desapareció.
Las hojas seguían bailando, formando una anárquica y maravillosa cortina de otoño; sin embargo, apartadas de las demás, tomando su propio rumbo, dos hojas viajaban enlazadas, a merced del viento, paseando juntas por el túnel de sus vidas.


Abel De Miguel Sáenz
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martes, 5 de enero de 2016

BLANCAS ILUSIONES


Noche tras noche el cielo se enlutaba, se cubría con su negro sayo y se resignaba a la oscuridad.
Siempre tendría el consuelo de la luna y de sus hijas, las estrellas, pero, también, siempre soñó con ser, aunque solo fuera una vez, día.
Quisiera estar preñada de luz, de una luz que empolvara de ilusiones su rostro, de blancas ilusiones.
Y, precisamente, era tanta la ilusión que la invadía por saborear ese fruto, que Dios le concedió esa gracia.
Una estrella dejaba débiles resplandores en el horizonte de una noche que se resistía a apagar los últimos latidos de luz.
Como llama que se extiende hasta llenar de fuego la tierra, avanzaba dejando una estela de alegría en el cielo y en los corazones de quienes la contemplaban.
La noche silenció sus secretas voces.
Mientras la misteriosa estrella cubría de ilusión, como rocío nocturno, la piel de la tierra, la noche se rindió a esa magia que la anegaba y se destapó de su habitual luto.
Solo quedaba contemplarla y esperar.
Lentamente, según se acercaba, iba perfilando su rostro y la emoción se hacía más intensa.
Y llegó el momento en el que la estrella rozó la tierra.
Tres coronas, como halo de nácar, custodiaban su níveo corazón en el que aparecía grabada la imagen del Niño Dios.
Y esa estela de ilusiones que dejó a su paso se tornó en fúlgidas luces que nacían de los ojos de esos niños que la esperaban.
Por eso, pasaré esta noche abrazado a ella; y no importa que los años pasen, porque en mi alma siempre habrá un niño que no aparte su mirada de esa estrella que hizo, que hace, de esta noche una noche de ilusiones, de blancas ilusiones.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 4 de enero de 2016

¡QUÉ POCO NECESITAMOS!


Paseaba lentamente, como todos los días, pero esa tarde, no sabía explicar el por qué, en su corazón revoloteaban alegres voces que  no cesaban de dejar felices sensaciones.
Intentó recordar la última vez que se sintió así, y cuando aun resonaban en su pecho los ecos de ese feliz momento, cuando se esforzaba por resucitar ese antiguo pasaje en el que saboreó la plena felicidad, brotaron aquellos deseos que arraigaron en su alma un día ya casi olvidado.
Desde aquel día, su corazón seguía siendo esa virgen morada en la que habitaban ilusiones y esperanzas; en la que aquellas promesas que juró al cielo se transformaron en heridas por no poder cumplirlas.
Hubo un tiempo en que soñó un camino y, ahora, en ese lento paseo, sintió que lo estaba cruzando.
Esas luces de colores que iluminaron, antaño, su porvenir se tornaron vagas y difusas, pero ahora, en ese mágico instante, sentía que cada mirada suya la alumbraban luces que nacían del alma.
Se sintió privilegiada por poder rescatar, revivir, aquellos sentimientos que ya empezaban a ser cubiertos por el olvido y que le ofrecían la oportunidad de volver a encontrarse con la vida.
Pero ¿por qué?
Abandonó esa postura pensativa que la recluía en sí misma, alzó la mirada y allí, en medio de ese parque solitario que solo ella habitaba a esas horas del atardecer, vio un rayo del ocaso flotando sobre las durmientes aguas de una fuente y tiñéndolas de fuego.
¡Qué sencillo es el corazón, que le basta un bello arrebol de luz para que despierten esas emociones que nos hacen formar parte de ese perseguido sueño que es el amor!
Y tan lentamente como cruzaba ese camino de la vida, se acercó a la milagrosa fuente que acababa de resucitarla.
Se sentó sobre la grisácea piedra que la custodiaba, contempló en silencio esa luz sin poder evitar una emotiva sonrisa que, a la vez, le arrancó una dichosa lágrima y, como si fuera una criatura recién nacida, acarició esas benditas aguas.
Así estuvo durante un indeterminado tiempo en el que el cárdeno rayo se dejaba querer mientras ella reconstruía su sueño.
Y cuanto más lo acariciaba, iban tomando forma esos sueños olvidados hasta que ya no veía, en esa fúgida luz, una pequeña criatura, sino el amante por el que suspiró.
Cerró los ojos y soñó, soñó abrazada a ese rayo de luz, a ese atardecer que descansaba en la fuente, a ese milagro que le había devuelto lo olvidado.
Pero así como surgió, notó que, también lentamente, se iban apagando las llamas que ardían en su pecho.
Abrió los ojos y el rayo había desaparecido.
El atardecer dio paso a las sombras de la noche y en la fuente ya no quedaban restos del crepúsculo.
Un amago de melancolía la invadió. Tendría que esperar al siguiente atardecer para saborear ese milagro. ¡Qué lento pasa el tiempo cuando se desea!
Pero ella no estaba dispuesta a dejar escapar esa oportunidad que le brindó la vida. Se aferraría a cualquier motivo con tal de eternizar ese camino que había empezado a cruzar y esos colores que le dibujaron una sonrisa.
Volvió a mirar esas benditas aguas y allí la estaba esperando: un rayo de luna dormía sobre ellas.
Y volvió a soñar, volvió a sentir que su corazón era esa virgen morada en la que habitaban ilusiones y esperanzas.
¡Qué sencillo es el corazón, que le basta una bella luz para que despierte el perseguido sueño del amor!
¡Qué poco necesitamos!


Abel De Miguel Sáenz
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