miércoles, 20 de enero de 2016

ALMAS DE MÚSICA


Escuchándolo se sentía acariciada por misteriosas manos, que apenas la rozaban, pero suficientemente sutiles y cálidas como para que se sintiera flor rendida ante la lluvia.
Desde mi oculta mirada presenciaba, en ese rostro embaucado y soñador, el vivo retrato de quien ha conquistado un sueño.
Estaba sola, pero nadie lo diría.
Y era ese enigmático violín quien la hacía sentirse como palmera que abre sus brazos al cielo; era esa romántica balada la que consiguió que su rostro fuera fresca pradera bañada por el rocío de unas emocionadas lágrimas.
Tal era la  simbiosis, que hubo un momento en el que ese aire, en el que flotaban idilios y notas, empezó a hacerse incandescente.
La propia música se sintió arrebatada por esa joven en la que latían puros sentimientos, vivas emociones, sentimientos que, ese violín, jamás experimentó cuando rasgaban sus cuerdas.
Era imposible sustraerse a esa noche en la que la voz de un violín y una joven trenzaban, en la intimidad, una delicada y atrayente red de la que era imposible escapar.
Mis ocultos ojos no fueron capaces de ser meros testigos y acabaron cayendo en su dulce trampa.
Se apagaron lentamente para dar paso a la reflexión; claudicaron para saborear ese dulce momento  que uno nunca se cansaría de vivir y, los ojos cerrados, la voz ahogada, preñada el alma, me acerqué, sigilosamente, en espíritu, hasta formar parte de ese invisible baile.
Todo parecía un mágico mundo que flotaba sobre el suelo: pensamientos, música, aire, nosotros….
Era todo tan etéreo y liviano que todo era alma.
Y el violín dejó escapar un último acorde, su último suspiro, que  grabó la imborrable huella del amor en esa joven.
Otro suspiro fue la respuesta de ese corazón, entregado a esos mágicos y musicales brazos que la envolvían entre la eternidad.
Pero todo eso no podía caer en el olvido, por lo que el viento dejó caer su mano para recoger esas últimas voces, suspiro y acorde, que quedaron suspensas en el aire y llevárselas por sus secretos caminos.
Miré a un punto indeterminado del oscuro cielo y mis ojos acompañaron a esos amantes sonidos mientras aún sentía que esos brazos y ese rostro seguían bailando, juntos, en mi alma.
Pero con el silencio de la música no acabó todo.
Cada noche que cruzo por ese mismo sitio, el cielo oscuro, la luna callada y el viento murmurando débiles palabras, aún oigo esas palabras de amor vestidas de música y aún veo ese rostro.
Cada vez que vuelvo, los ojos cerrados, la voz ahogada y preñada el alma, siento que un violín me arranca el corazón y lo envuelve entre sus brazos para llevárselo por esos secretos caminos donde aún vive el de una joven que conquistó un sueño.


facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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1 comentario:

  1. Delicado, puro, elegante. El alma misma reflejada en tus letras, Abel. Me has hecho elevarme con la misma música que describías. Bellísimo.

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