martes, 5 de enero de 2016

BLANCAS ILUSIONES


Noche tras noche el cielo se enlutaba, se cubría con su negro sayo y se resignaba a la oscuridad.
Siempre tendría el consuelo de la luna y de sus hijas, las estrellas, pero, también, siempre soñó con ser, aunque solo fuera una vez, día.
Quisiera estar preñada de luz, de una luz que empolvara de ilusiones su rostro, de blancas ilusiones.
Y, precisamente, era tanta la ilusión que la invadía por saborear ese fruto, que Dios le concedió esa gracia.
Una estrella dejaba débiles resplandores en el horizonte de una noche que se resistía a apagar los últimos latidos de luz.
Como llama que se extiende hasta llenar de fuego la tierra, avanzaba dejando una estela de alegría en el cielo y en los corazones de quienes la contemplaban.
La noche silenció sus secretas voces.
Mientras la misteriosa estrella cubría de ilusión, como rocío nocturno, la piel de la tierra, la noche se rindió a esa magia que la anegaba y se destapó de su habitual luto.
Solo quedaba contemplarla y esperar.
Lentamente, según se acercaba, iba perfilando su rostro y la emoción se hacía más intensa.
Y llegó el momento en el que la estrella rozó la tierra.
Tres coronas, como halo de nácar, custodiaban su níveo corazón en el que aparecía grabada la imagen del Niño Dios.
Y esa estela de ilusiones que dejó a su paso se tornó en fúlgidas luces que nacían de los ojos de esos niños que la esperaban.
Por eso, pasaré esta noche abrazado a ella; y no importa que los años pasen, porque en mi alma siempre habrá un niño que no aparte su mirada de esa estrella que hizo, que hace, de esta noche una noche de ilusiones, de blancas ilusiones.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

No hay comentarios:

Publicar un comentario