lunes, 25 de enero de 2016

CUANDO LAS SOMBRAS SE ROMPEN


Cansada de que su alma viajara  siempre por los mismos caminos, aquellos en los que las rosas marchitaban al poco de nacer, levantó lentamente la mirada. Le costaba arrancarla de ese suelo en el que, día tras día,  descansaban sus pensamientos, aves de bajo vuelo que no se atrevían a mirar al cielo por parecerle imposible rozar ese mundo.
Y no lo hacía porque el lastre de su corazón era demasiada carga como para pensar que existían otros caminos; por ello vivía anclada en una estéril tierra donde la felicidad era un espejismo.
Pero llegó ese día en el que, cansada de esa monótona desilusión, cortó las amarras que impedían que su alma conociera otros mares y alzó las velas de la esperanza.
Según iba levantando la mirada sus ojos eran amaneceres que desnudaban a la noche e iban descubriendo una cadena de maravillosas ilusiones y colores.
En esa nueva etapa, contempló un sauce cuyo recuerdo asociaba al de sus ramas besando, como lágrimas, el suelo.
Pero en esa lucha por cambiar el destino, vio, en ese “nuevo” sauce apostado a la vera del río, algo que le hablaba del silencio de besos cruzados bajo su sombra, del sonido de los suspiros, de lágrimas confundidas en el agua, de palabras de fuego con eco de eternidad y del sello del juramento.
Se olvidó de la pena que le sugería y oyó las voces de las mortales pasiones que nacen cuando lo hace el amor o cuando alguien sueña con él.
Y lo mismo sucedió cuando asomó la noche.
Atrás quedaron esos aullidos que le sugería la luna; voces que sembraban el miedo y hacían, de la noche, coto reservado para la soledad.
Ahora veía, en esa misma luna, a la custodia de los amores callados, y sus aullidos eran suaves y templadas voces que hablaban de por qué un corazón llora o ríe cuando ama, o de por qué es  hielo o volcán cuando besa.
Esos descubrimientos dormían en sus brazos, y los apretaba contra su pecho para que no escaparan; pedía que esa alba fuera eterna para seguir saboreando el nuevo rostro de aquello que antes no vio; pedía que todo lo que descubría no fueran rosas que nacían en su estéril suelo y morían en el parto.
Volvía a leer el libro de su vida, pero con otros ojos.
Cuántos momentos de descanso la esperaban; cuánta soledad desaparecería de su camino; cuánta locura, que nació al soñar, sería tangible realidad.
Volvió a sentir que una templada mano acariciaba el hielo de su corazón; dio un nuevo valor a esa lágrima que, en sus ojos, asomaba y fue capaz de que conviviera con una sonrisa.

Volvió a ser alma cuando las velas de la esperanza rompieron las sombras.

Abel De Miguel Sáenz
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