lunes, 11 de enero de 2016

HUELLAS IMBORRABLES


Abrí la ventana y un mundo de nubes, reacias a huir al cielo, escribían, somnolientas, un poema sobre esa tierra en la que dejaban, mimosas, besos de humedad.
Me recreaba en esa espesa red que me golpeaba el alma, tal vez porque fuera un simulacro de amor en el que el cielo se abajaba a la tierra para que esta lo sintiera más cerca.
Paradojas de los sentimientos, esos espesos brazos de nubes que ocultaban entre ellos todo síntoma de vida, invitaban a soñar, a imaginar, esas historias que ellos ocultaban.
Y dejé que mis ojos traspasaran ese espeso telar y viajaran por sus entrañas descubriendo los secretos que allí se encerraban.
Sabía que este juego rayaba con la locura, pero no pude resistirme a crear esas imaginarias historias de vida y amor; no fui capaz de respetar la intimidad de las nubes y rasgué su virginal velo; incluso creí escuchar latidos que me invitaban a conocerlos.
Privado de la vista, cegados los caminos, los pasos eran hijos de la intuición, ese sexto sentido que nos indica dónde ha nacido, o dónde ha muerto, el amor.
Y paseé entre esa niebla sin rumbo ni meta, pues no había mayor placer que perderse entre ese bosque de nubes y sentir, en la propia piel, el roce de ese misterio que embarga al alma, o respirar la agradable sensación de estar en un mundo donde el amor se vestía de magia.
¡Y qué poco importaba que lo que veía fuera hijo de una imaginación rendida y predispuesta a lo que el corazón la pedía!
Cada paso era una ilusión, una sensación, un recuerdo de lo vivido o una experiencia de lo imaginado.
Según avanzaba entre ese valle de nubes era todo tan real que me negaba a creer que fuera sueño; y realmente no lo era.
La silueta de una deforme piedra luchaba por resaltar su negra oscuridad entre ese grisáceo telar.
Verla fue como despertar de ese mundo y volver a lo real.
Me acerqué, si acaso, con una carga de misterio superior al que una piedra puede encerrar, pero en esa travesía entre nubes era imposible desquitarse ese esotérico pensamiento.
La palpé delicadamente, como si fuera un objeto sagrado, con el temor de herirla solo con rozarla, como si tuviera vida.
Misterios de la naturaleza, su tacto era suave, tan suave que pareciera piel, y despedía un íntimo calor, ajeno al húmedo frío que despedían las nubes que la custodiaban.
La tomé entre mis manos y, tal vez preso de esa maravillosa locura, sentí que tenía, entre mis manos, un corazón.
Ya no sé si era ella o era el mío el que latía; si era ella o era yo quien acariciaba; pero de lo que sí estaba seguro era de que ese repentino calor que sentí nacía de la piedra.
Soy incapaz de explicar la historia que encerraba; solo puedo describir lo que había grabado en su “piel”.
Las huellas de dos manos que se cubrían, dos manos que se buscaron hasta encontrarse, dormían en esa piedra en la que, al parecer, cumplieron sus sueños.
Cerré los ojos en medio de esa idílica penumbra y reviví todos las emociones que me asaltaron desde que me adentré en ese bosque de nubes 
Me sentía tan lleno, que el corazón dijo basta y el alma pidió volver, ambos querían quedarse con ese último recuerdo.
Cerré esa ventana desde la que me atreví a indagar en las entrañas de la niebla, y allí dejé a esas nubes, escribiendo un poema sobre la tierra; allí dejé, descansando sobre esa piedra, las manos de esos amantes que allí dejaron sus huellas.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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