lunes, 4 de enero de 2016

¡QUÉ POCO NECESITAMOS!


Paseaba lentamente, como todos los días, pero esa tarde, no sabía explicar el por qué, en su corazón revoloteaban alegres voces que  no cesaban de dejar felices sensaciones.
Intentó recordar la última vez que se sintió así, y cuando aun resonaban en su pecho los ecos de ese feliz momento, cuando se esforzaba por resucitar ese antiguo pasaje en el que saboreó la plena felicidad, brotaron aquellos deseos que arraigaron en su alma un día ya casi olvidado.
Desde aquel día, su corazón seguía siendo esa virgen morada en la que habitaban ilusiones y esperanzas; en la que aquellas promesas que juró al cielo se transformaron en heridas por no poder cumplirlas.
Hubo un tiempo en que soñó un camino y, ahora, en ese lento paseo, sintió que lo estaba cruzando.
Esas luces de colores que iluminaron, antaño, su porvenir se tornaron vagas y difusas, pero ahora, en ese mágico instante, sentía que cada mirada suya la alumbraban luces que nacían del alma.
Se sintió privilegiada por poder rescatar, revivir, aquellos sentimientos que ya empezaban a ser cubiertos por el olvido y que le ofrecían la oportunidad de volver a encontrarse con la vida.
Pero ¿por qué?
Abandonó esa postura pensativa que la recluía en sí misma, alzó la mirada y allí, en medio de ese parque solitario que solo ella habitaba a esas horas del atardecer, vio un rayo del ocaso flotando sobre las durmientes aguas de una fuente y tiñéndolas de fuego.
¡Qué sencillo es el corazón, que le basta un bello arrebol de luz para que despierten esas emociones que nos hacen formar parte de ese perseguido sueño que es el amor!
Y tan lentamente como cruzaba ese camino de la vida, se acercó a la milagrosa fuente que acababa de resucitarla.
Se sentó sobre la grisácea piedra que la custodiaba, contempló en silencio esa luz sin poder evitar una emotiva sonrisa que, a la vez, le arrancó una dichosa lágrima y, como si fuera una criatura recién nacida, acarició esas benditas aguas.
Así estuvo durante un indeterminado tiempo en el que el cárdeno rayo se dejaba querer mientras ella reconstruía su sueño.
Y cuanto más lo acariciaba, iban tomando forma esos sueños olvidados hasta que ya no veía, en esa fúgida luz, una pequeña criatura, sino el amante por el que suspiró.
Cerró los ojos y soñó, soñó abrazada a ese rayo de luz, a ese atardecer que descansaba en la fuente, a ese milagro que le había devuelto lo olvidado.
Pero así como surgió, notó que, también lentamente, se iban apagando las llamas que ardían en su pecho.
Abrió los ojos y el rayo había desaparecido.
El atardecer dio paso a las sombras de la noche y en la fuente ya no quedaban restos del crepúsculo.
Un amago de melancolía la invadió. Tendría que esperar al siguiente atardecer para saborear ese milagro. ¡Qué lento pasa el tiempo cuando se desea!
Pero ella no estaba dispuesta a dejar escapar esa oportunidad que le brindó la vida. Se aferraría a cualquier motivo con tal de eternizar ese camino que había empezado a cruzar y esos colores que le dibujaron una sonrisa.
Volvió a mirar esas benditas aguas y allí la estaba esperando: un rayo de luna dormía sobre ellas.
Y volvió a soñar, volvió a sentir que su corazón era esa virgen morada en la que habitaban ilusiones y esperanzas.
¡Qué sencillo es el corazón, que le basta una bella luz para que despierte el perseguido sueño del amor!
¡Qué poco necesitamos!


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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