viernes, 29 de enero de 2016

TORRE BLANCA - TORRE NEGRA


En la cima de un monte situado en la Tierra del Silencio, se alzaban dos torres, tan altas y lejanas que la vista, incapaz de hacer tan largo viaje, apenas las vislumbraba.
Esa lejanía las envolvía del misterio necesario para convertirlas en cuna de leyendas.
Para unos, las “Torres del viento”; llamadas así porque solo él era capaz de adentrarse en ellas.
Por sus externos aspectos, también se las conocía  como la “Torre Blanca” y la “Torre Negra”.
Cada amanecer, la luz se desparramaba buscando los infinitos caminos que le ofrecía el cielo; insaciable, su blanquecinas manos moldeaban de vida todo lo que encontraba a su paso, pero al acercarse a la Torre Negra dejaba sobre ella un beso especial, iluminaba su sempiterna y oscura sombra, cubría sus paredes con un amago de vida y el viento revoloteaba a su alrededor dejando suspiros que maquillaran de amor las penas de sus piedras.
La Torre Blanca no apartaba de ella su mirada, triste mirada viendo, en esa torre, una negra espada impostada entre el brillo y desafiando a la gloria.
Por el contrario, cuando la noche se hacía dueña de la tierra y cerraba los párpados de todo lo creado, la luna dejaba caer un beso de luz sobre la almena de la Torre Blanca.
Allí donde la vida aguantaba la respiración hasta que el día se la devolviera, la luna insuflaba, en sus agonizantes y níveas paredes, el pulmón que la permitía soñar con un tiempo mejor.
Esa torre era como un blanco diamante que luchaba porque su brillo no muriera.
Estos misteriosos momentos eran un cifrado mensaje que revelaba que cada una de esas torres ocultaba un alma; almas de nombres olvidados e historias inacabadas; vecinas, pero separadas por un invisible muro que las hacía vivir distantes y solitarias.
Pero tanto tiempo rozándola  lo sagrado, tanto recibiendo las continuas caricias del alba y el reflejo de esa compañera mirada, que la Torre Negra se rindió y nació una voz desde la oquedad de sus piedras:
“No hay luz que me devuelva la que yo vi cuando nuestros ojos se cruzaron.
Fuera de ese  amor que me negaron no hay vida, pues allá donde esté ella, lleva consigo la mía.”
Esas palabras quedaron suspensas en el aire como látigo que rompe una armoniosa balada de paz.
El propio cielo se estremeció, cubrió el inmaculado manto de su amanecer con la rojiza túnica de un adelantado ocaso y dejó flotando en su piel el aroma del resentimiento.
Pero el inconsciente viento, ignorante del miedo, del pudor y de los secretos, robó el eco de ese herido corazón  y lo llevó al interior de la Torre Blanca.
Los céfiros grabaron ese lamento en sus piedras inmaculadas, pero poderosa alma la tenía que habitar para que ese dolor no fuera capaz de mancillar su blancura ni de que se rindiera ante esa amargura.
Unas tímidas gotas asomaron entre sus piedras, aunque nadie dudaba de que esas piedras lloraban.
La Torre Blanca conservó esas palabras en su alma y esperó a que llegara la noche.
Cuando la luna, nuevamente, la besó, y aún latente en su memoria el vecino dolor, sus piedras se tornaron labios y rompieron el silencio.
Torre Negra, rasga ese oscuro velo que ciega los bellos recuerdos y alimenta los oscuros.
Desde ese día en el que apartaron nuestras manos y fuimos encerrados para que nuestras miradas no se cruzaran, nos ha llenado un tiempo vacío de respuestas que han cubierto las leyendas; pero ya que el alma no muere, siguen vivos, en mí, esos sentimientos que, un día, nos ataron.
¿Acaso es tan grande tu dolor, acaso te invade tanto, que olvidaste  mi voz?
Torre Negra,….”
Y ahora fueron esas palabras las que quedaron flotando en el aire como trino que rompe el tenso silencio de una tierra asustada.
Desde entonces, cuando nace el alba, la Torre Negra abre sus ventanas y portones, deja que esa blanca luz ilumine sus entrañas e invita a que el viento deje, entre sus piedras, sus suspiros de amor.
Ya no es triste la mirada de la Torre Blanca, ya no lloran sus piedras, y cuando, cada noche, la luna la besa, comparte ese beso de luz con la Torre Negra.
Y porque no murieron esos sentimientos, en la cima de un monte situado en la Tierra del Silencio se alzan una espada y un diamante, dos pulmones, dos almas que sobrevivieron a las leyendas: la Torre Blanca y la Torre Negra.


Abel De Miguel Sáenz
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