domingo, 28 de febrero de 2016

VOLCANES


Tras el oscuro telón de la Nada, en  la antesala de la Creación, se escondía una parte del fuego, reservado a  habitar otras oscuridades: las entrañas.
No hallando espacio en el corazón del cielo, no siendo lo suficientemente puro para modelar el Sol, Dios lo preservó de la vista humana, abrió el pecho de la tierra  y lo esculpió junto a su alma.
Desde aquel día, ese fuego impuro es el lado oscuro, el rostro visible de la ira de la Naturaleza.
Pero ese fuego, altivo y orgulloso por naturaleza, no se resignó a vivir contra natura en las sombras.
Si por naturaleza era libre, ahora debía soportar los latigazos de la tierra que lo ocultaba.
Si por esencia era luz, ahora quedaba preso y oculto entre el guante de las profundidades.
Silenciado, apartado, expatriado de su hábitat, planeaba el momento en que pudiera romper sus cadenas y transformar ese guante opresor con el que la tierra le hostigaba en un puño de llamas que castigara y vengara su dolor.
Solo era cuestión de tiempo.
Los años fueron resquebrajando la curtida piel del mundo, empezó a asomar la vejez sobre la milenaria tierra y sus carnes dejaron al descubierto esas heridas.
La pétrea coraza que subyugaba al fuego vio cómo sus labios se resquebrajaban y abrían caminos que dejaban entrever sus interioridades. Nacieron grietas, ventanas que comunicaban los dos mundos.
Ese fuego recluso respiró aires de libertad al ver cómo se rendían los muros de su prisión e inició su fuga por las propias venas de la tierra
Y, desde entonces, ha ido saciando su venganza en caprichosos plazos, tiempos en los que ha llenado el aire de rencor e ira.
Paradojas de la vida: esos mismos labios que permanecieron sellados ocultándolo en el silencio y en el olvido, esos mismos labios que dejaban el agradable aroma de la humedad, el embaucador olor de la primavera o se vieron regados por las nostálgicas lágrimas de la lluvia, se convierten en labios de fuego que dejan, en esa carcelera tierra, un beso de muerte.
La misma Naturaleza ha sentido que ese lado oscuro insertado en su alma se ha apoderado de ella y ha visto cómo los alegres sonidos que encierra han sido acallados por las voces de ese fuego que solo habla el idioma del miedo.
Bien os eligieron, volcanes, como metáfora de la pasión, del sentimiento desbordado e impetuoso, porque ese mismo amor incontrolado esconde, bajo su atractivo aspecto, el venenoso deseo de saciar un egoísta deseo.
Y así sois vosotros, volcanes: maravillosas efigies de piedra, deslumbrantes maravillas de la Naturaleza, cuyos labios de piedra y ceniza solo dejan besos de mortal fuego.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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jueves, 25 de febrero de 2016

PASARON LOS AÑOS Y…


Nuestros primeros días descansaron  sobre el altar del cariño y la fantasía. Fueron días de paraísos que surgían en cada rincón donde habitaban nuestras manos; en los que nos burlábamos de las penas sin comprender el significado de la lágrima.
Nos bastaba la nada para ser felices. No importaba el qué ni el cómo ni el cuándo, solo que detrás de cada suceso, de cada palabra, estuvieran nuestros nombres.
¡Qué lejos quedaba la idea del dolor, la necesidad, el desamparo o la tristeza!
Saboreábamos lo eterno en un mundo ajeno a aquel en el que viven las heridas.
Nuestros sueños se sucedían en un reloj sin tiempo.
Cada mañana, esos dichosos aires regaban la tierra que pisábamos y  nuestra vida era un feliz recuerdo.
Pero pasaron los años y nuestro infantil amor cambió su brillo por el de la juventud.
El tiempo robaba un trozo de esa tierra que íbamos labrando, pero no impedía que cabalgáramos a lomos de esos corceles en que se habían transformado nuestros corazones.
Alzábamos la vista y el mundo nos ofrecía un racimo de caminos, sembrados de sueños más reales y, por eso, más maravillosos y altos.
La pasión, el sentimiento, la ausencia de temores, todo ello se fundió  en un presente en el que el mañana no existía porque sentíamos que ya lo habíamos alcanzado todo, y ese juramento de amor con el que empezamos se vistió de hechos.
Gota a gota, pasaron esos años, que pensamos fueron únicos, y aunque pareciera que morían lentamente no queríamos saberlo, hasta que cantaron su réquiem para dar paso a otra etapa en la que el amor se viste de madurez y cubre  las espinas con el manto de un amor que valora más la compañía de lo amado que los sueños.
Eternamente joven era nuestro espíritu, sonaban, en nuestras almas, aquellos acordes juveniles de ilusiones y utopías, el corcel frenaba su alegre paso y nos dedicamos a recoger esos frutos que dejamos en el camino desde que éramos niños.
Me resisto, al recordar nuestro amor desde la atalaya de los años, a pintar un cuadro de paisajes melancólicos y nostálgicos, a recordar escenas invernales, a describir aquellos tiempos con palabras polvorientas y aroma mortecino.
No, ese cuadro, el que ahora pinto al cabo de los años, lo inunda el aire de la primavera, la luz del estío, la policromía del otoño  y el fuego hogareño del invierno.
Pasaron los años y, gracias a ello, ahora puedo decir que todo ese tiempo vivido contigo solo se merece un título: “Monumento a la vida”.

Abel De Miguel Sáenz
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martes, 23 de febrero de 2016

VIDA  SENCILLA Y DESNUDA



Perdóname  si estas imágenes no te hacen justicia, pero bastan para que  mi corazón, en su pequeñez, se sienta satisfecho.
Así, te tengo presente en la luz, en el silencio, en el aire, en la tierra, en cualquier elemento que, cada día,  me acompaña. Ellos me ofrecen tu recuerdo envuelto de dulce nostalgia y febril deseo.
Un farol abandonado, moribundo entre las sombrías esquinas de una calle desierta y mojada, me atrapó entre sus débiles brazos de luz y viajé, por un fugaz instante, a esos días en los que nuestro amor se intuía.
Eran momentos en los que soñaba con ese embrionario sentimiento, conque creciera hasta parir la hermosa criatura de nuestra entrega.
Sí, esa tímida luz me recordaba a aquellas que asomaron en mi pecho cuando tuve la ilusión de que tú dejaras de ser un imposible sueño; por eso, me detuve bajo esa mendiga luz y reviví ese tiempo.
Abandoné esas silentes calles que parecían callar para respetar mis pensamientos, como si supieran que mi silencio y tu recuerdo estaban hermanados.
Y así, atrapado en ese mundo donde se ignoran las voces, reverdeció aquel en el que, por primera vez, nos besamos…en silencio.
Y mientras recordaba, una sutil ráfaga de aire peinó mi rostro. Creí que eran tus manos y sentí su roce como ese día en el que nuestros labios se enmudecieron, pues no buscaban palabras sino un simple y eterno beso.
En este loco paseo, en el que las emociones nacían y se agolpaban a la mínima excusa, llegó un momento en el que sentí, bajo mis pies, la tierra.
Mientras la luz me ofrecía los primeros momentos de nuestro amoroso parto; mientras el viento enmudecía como lo hicieron nuestros labios; la tierra cerró los suyos y dejó flotando, en el aire, un  embaucador silencio que me llenó de paz.
Esas mismas manos con las que me envolvió la luz, esas mismas con las que se disfrazó el viento, se vistieron de misterio y dibujaron, en la tierra, un enigma que solo descifra quien lo ha vivido: unos ojos y un camino.
Aquellos eran nuestras miradas; el segundo, el que ellas recorrieron cuando se buscaban.
Y bastará cualquier razón para que se desaten estos sentimientos.
Inspírame, aunque sea con el leve vuelo de tus ojos, una ilusión y deja en el aire tu sonrisa para que mi alma la secuestre de por vida.
Deja que la luz, el silencio, la tierra, la vida misma, sencilla y desnuda, dibuje, en mi alma, una pincelada de tu recuerdo.
 Cada vez que eso suceda, viviré atado a él como el musgo a la piedra.
Y perdóname si estas imágenes no te hacen justicia, pero bastan para que  mi corazón, en su pequeñez, se sienta satisfecho.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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martes, 16 de febrero de 2016

CARTA AL CIELO
(A mi sobrina Caty, fallecida ayer, con 19 años y parálisis cerebral desde su nacimiento)


Caty, acabas de despertar en una nueva vida, y la recibes como lo hacías en esta vida: con una sonrisa.
Has cruzado la primavera de esta vida que Dios te dio. Y digo “primavera” aunque, a ojos extraños, tu vida pudiera parecer un desierto desde el mismo día en que naciste.
Ese día Dios grabó la señal de la cruz en tu cerebro, te privó de razón, palabra y movimiento, pero te dejó intacto el mundo de los sentimientos; por eso tu mirada perdida sonreía cuando una mano rozaba tu rostro y dejabas, en ella, la sombra del cariño.
A veces he soñado que, mientras rezaba por ti, mirándote postrada en tu lecho, un milagro hacía que despertaras de tu mundo,  y tu cuerpo, gestos y palabras compartían nuestras emociones.
Sé que eran sueños nacidos de un caritativo, pero utópico deseo; sin embargo, hoy, desde el momento en que supe que habías muerto, he sentido en mi alma que esos sueños eran realidad cuando te he visto en el Cielo.
Cansado de dar rienda suelta a las rebeldías del corazón y de lamentar por lo que te habían privado, te contemplé en silencio  y comprendí que tu cuerpo era una fuente inagotable de bellos sentimientos.
Ahora entiendo que esa muda mirada, esa sonrisa que dejabas, perdida, en el aire, era un anticipo
de la que, hoy, nos ofreces desde el Cielo.
Siempre hubo un instante en el que las alas del deseo, de un destino distinto,  sobrevolaron mi pensamiento.
Siempre quise verte como yo quería, pero no como Dios lo había dispuesto.
No, tus padres y seres queridos no se resignaron a una desgracia: lo ofrecieron, al principio, con dolor de madre para luego amarte como un tesoro caído del Cielo, ese Cielo en el que ahora vives y desde el que cuelga tu mirada y tu sonrisa hacia aquellos que te quisieron.
Recuerdo al hablarte y pronunciar tu nombre, ese baile donde tus ojos que danzaban buscando esa caritativa voz; ese nervioso movimiento de cabeza que denotaba alegría y agradecimiento.
 Y aunque no podías extender tus brazos para ofrecer un abrazo; aunque tus labios no podían despedirse con un beso; aunque tu lengua, enclaustrada, no podía dejar una amable palabra, bastaba verte  para entender que tu alma no necesita del cuerpo para sentirse amada.
Sí, Caty, Dios te ha llamado tras darte ese don por el que se puede explicar el Amor, sin necesidad de razonamientos, argumentos ni palabras.
Ahora, desde el Cielo, sé tú quien, compasiva, te adentres en nuestras almas y nos dejes el recuerdo de esa mirada muda, de esa sonrisa perdida, de esa alegría atada a la cruz que nos permita cruzar este camino hasta que nos encontremos, en el Cielo, contigo.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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domingo, 14 de febrero de 2016



LIBRO "FRAGUA DE VERSOS"




En este otro enlace también podéis adquirir, si lo tenéis a bien, mi libro "Fragua de versos".
Muchas gracias.

http://www.aliarediciones.es/pagina-ejemplo/fragua/

sábado, 13 de febrero de 2016

NO HAY DOLOR INDIFERENTE



Bastaría  respirar el triste aire de una lágrima,
que  nace de la mortal herida del odio,
para  palpar el sufrimiento de esta tierra
en la que los dolores se comparten
aunque nos separe la distancia.

No hay pena que viva aislada,
no hay  llanto que entierre el silencio,
no hay odio que sea indiferente.
Y esa misma flecha que se clava en carne ajena
será cicatriz en nuestras almas.

A  aquel que hace, de la muerte, su alimento,
¿no sientes que tu propia vida
se acorta con cada lamento?
¿No notas que tu corazón de piedra
se resquebraja cada vez que nace una herida?

Pero llegará ese día
en el que el insaciable odio sienta hambre
y solo encuentre, por respuesta,
unas manos tendidas.

Porque esa misma sed de muerte
respirará el aire de esa lágrima que ella dejó,
palpará su propio sufrimiento
y, ante el eco de los lamentos,
su corazón de piedra sentirá dolor.

Acabará inclinando su frente
ante esta tierra en la que las heridas se comparten,
en la que no hay pena que viva aislada,
ni  llanto que entierre el silencio,

ni odio que sea indiferente.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 11 de febrero de 2016

REFLEXIONES




ALMA: Ojos con los que Dios dotó al ser humano para que intuyera lo divino más allá de la cárcel del cuerpo.

VIDA: Lienzo en blanco donde cada cual irá creando su propia obra con los colores y formas que nazcan de su alma y corazón y en el que siempre latirá la esperanza de dibujar un Cielo.

CORAZÓN: Frágil reliquia expuesta a los avatares de la vida, a sus heridas y caricias, cuyo único objetivo es el de amar y por el que está dispuesto a sobrevivir.

ESPOSA: Bálsamo en el sufrimiento, luz en los peligros, aliento en cada momento y, en la hora de la muerte, el único recuerdo que el hombre se lleva al Cielo.

PADRES: Eslabones de una cadena llamada Vida y que empieza en Dios.

AMIGO: Mano dispuesta a amortiguar una caída, o corazón  dispuesto absorber las lágrimas ajenas e iluminar las alegrías.

LLUVIA: Cortina que vela nuestros sentimientos de nostalgia y dulcifica el alma.

INVIERNO: Mano que tiñe de recuerdos nuestro corazón y lo acaricia con blancas ilusiones.

OTOÑO: Es el suspiro del año cuando agoniza su vida, y cubre la tierra de melancólicos versos vestidos de hojas.

MAR: Espejo que el alma busca para sentir, más de cerca, lo eterno, y en el que el corazón se sumerge con sus sueños.

SUSPIRO: Eco del amor conseguido o soñado que se concibe en el pecho y nace en los labios

LÁGRIMA: Centinela de los ojos que avisa que en el corazón hay una alegría o una pena.

SONRISA: Síntoma de vida que aflora en los labios cuando en el alma y en el corazón es primavera.


ESPERANZA: Eterna compañera de la vida, que nunca muere aunque, a veces, se olvida.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 10 de febrero de 2016

domingo, 7 de febrero de 2016

EL  CIELO SE HA ENAMORADO


Tal  era la fuerza de lo que sentía, que esas emociones traspasaron los umbrales del  cuerpo para perderse en las entrañas del cielo.
Y sus pensamientos se transformaron en música, en notas que iban dejando en el aire la estela de  una melodía que bien pudiera llamarse “Corazón”; y quien la oyera, no podía evitar dirigir su mirada a ese cielo por el que viajaban, no podía resistir que se escapara un suspiro, era imposible frenar una emotiva lágrima; en fin, era inevitable que sonriera al escuchar esas emociones vestidas de música.
Pero este no fue el único milagro.
La misma situación se repetía, pero esta vez en el pecho de una joven.
Los mismos sentimientos liberados sufrieron  la misma metamorfosis y realizaron el mismo viaje que el del joven amante. La misma melodía viajaba con el mismo título que aquella: “Corazón”.
Y en ese cielo se cruzaron las canciones, pero porque cada cual nació de la manera más sincera que cabe en un pecho, bien podría decirse que se cruzaron dos almas.
Cómo sería ese encuentro, que las nubes se desgarraron en jirones para dar paso a esa nueva música.
Qué intensidad encerraría, que el viento enmudeció su eco y el sol lució sus mejores rayos.
No importaba que nadie supiese los orígenes de esa historia. Bastaba respirar para saber que el cielo se había enamorado.
Y ellos, inconscientes de que sus pensamientos lo anegaban en amor, siguieron generando pensamientos, liberando música, llenándolo de versos, hasta que llegó el momento en el que escucharon las notas que el otro corazón engendraba. En ese instante se sintieron víctimas, gozosas víctimas, de un milagro, sin saber que ellos eran la causa.
Pero mientras esa música, a otros, les provocaba deleite, a ellos les atrapaba. Sintieron que estaba hecha para ellos, hasta el punto de que creyeron escuchar sus nombres entre esos versos que nacieron del alma.
Y con la obediencia de un elegido y la sin razón de un enamorado, buscaron las fuentes de ese milagro, dejaron su mirada en el aire y sus pasos empezaron a hacer camino.
El cielo detuvo al viento, contuvo la respiración y dejó que la música lo revistiera de gloria: a sus pies,  ella y él se habían encontrado.
Y esas canciones que se cruzaron, esos “Corazones” que vistieron de música unos deseos, esos pensamientos que surcaron el aire, se fundieron y encarnaron bajo la simple, pero maravillosa, forma de un beso.
Y mientras sus labios se buscaban, ese beso traspasó el umbral de sus cuerpos y  se refugió en las entrañas de un cielo que, bastaba respirar, se había enamorado.


Abel De Miguel Sáenz
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viernes, 5 de febrero de 2016

CURADOS


Aún sentía, en las palmas de sus manos, el calor de las de ella y su corazón, acelerado, se negaba a frenar el impulso de ese último beso.
Andaba pensativo, saboreando esas mieles que solo conoce quien está enamorado.
Sus pasos no buscaban caminos. Su mirada buscaba el suelo repasando cada segundo que habían estado juntos y bebiendo de esos vientos que rodeaban sus almas.
Un ligero rumor del agua quebró esa historia, por lo que alzó, disgustado, la mirada.
¿Quién tuvo la torpeza de quebrar un recuerdo que alimentaba su vida?
Un arroyo, tantas veces seductor, raptor de sentimientos, cementerio de palabras que nacieron de labios solitarios que buscaban, en sus aguas, el amor que les faltaba, ese arroyo, fue quien ensombreció la luz que le invadía.
Se acercó a él y se apoyó en un chopo que custodiaba esas aguas en las que morían los suspiros.
El erguido árbol, al sentirlo, abandonó su marcial postura, se retorció en su propio tronco, sus ramas se rindieron, como metamorfoseadas en sauce, e inclinó la cabeza para conocer qué era capaz de estremecerle de tal manera aun habiendo conocido sentimientos parecidos.
¿Qué fuerza era esa, capaz de alterar a la misma naturaleza?
El propio joven se asustó. ¿Era el sentimiento que él albergaba el que hacía posible esos milagros?
Introdujo la mano en las serenas aguas del arroyo buscando un frescor que apaciguara esas llamas y ese arroyo, placentero en su curso, melódico en su gorjeo que besaba las orillas, experimentó una sensación jamás conocida.
Las frases y suspiros que acariciaban diariamente sus aguas eran difusa sombra en comparación con lo que el roce de esa  mano le hizo sentir.
Desbordadas, alocadas, irreflexivas, asaltaron las riberas e invadieron los campos pretendiéndolos anegar en su nuevo sentimiento.
El joven empezaba a creer que ese algo que en él residía era capaz de enardecer los dormidos sentimientos. ¡Era capaz de curar los afectos!
Si el chopo y el arroyo se rendían ante esa fuerza, ¿no lo harían aquellos que enterraron las emociones?
Animado por ese poder, se propuso sanar, con un simple roce, corazones heridos y sueños olvidados.
En él descansaba “su” amor, y así como la luna arrastra a las almas que buscan los sueños, él era dueño de un sentimiento que contagiaba.
Buscó a quienes sintieran que la vida les había olvidado, a los que pensaran que la felicidad solo abre sus puertas a los elegidos; buscó, en definitiva, esas almas moribundas que se agarran a la esperanza.
Y vio cómo trocaba, en nieve, el oscuro barro de los corazones, pero las frías alas del temor le abrazaron el alma al ver a una joven pareja que compartía su tiempo, pero solo eso: el tiempo.
Sus ojos destilaban miradas opacas a la ilusión. Sus huidizas manos olvidaron la felicidad de sentirse unidas. Un frío beso de despedida dejó un silencioso eco en lugar de sonar un “te quiero”.
¿Era posible que el mismísimo amor fuera prisionero de la monotonía o que un sentimiento, nacido para dar la vida, acabara muriendo en los brazos de la indiferencia?
Se amarían, pero el amor no se da por supuesto; el amor se siente, se vive y se demuestra.
Debía salvar esos corazones que empezaban a ser náufragos, y valiéndose de las vírgenes sensaciones que él aún conservaba, dejó que su mano los rozara.
Pocos milagros hay como el de resucitar un  amor abandonado.

Y el joven continuó su camino mientras su mirada repasaba cada segundo que había estado junto a ella, bebiendo de esos vientos que rodeaban sus almas.

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 1 de febrero de 2016

ENTRE LA LUNA Y TÚ


Quiero evocar ese instante en el  que un tango rasgó el alma de la noche y la mía.
De ese quejido que quedó flotando  en el aire, nació un suspiro; de ese suspiro, que grabó en el cielo sus caricias, nació un latido; y de ese latido, que cinceló en el corazón un sentimiento, nació un poema, poema que hizo temblar las carnes de la luna cuando escuchó esos secretos vestidos de versos.
Y cuando digo “luna”, bien pudiera ser ese ángel de níveo rostro que nos mira,  complacida y serena, desde el cielo, pero hablo de otros ojos y de otra mirada.
Porque todos esos complementos que asomaron esa noche no serían más que bondades de la Naturaleza si hubieran nacido ausentes, si no estuvieran asociados a tu recuerdo.
Ese tango, ese suspiro y ese poema, aislados,  solo hubieran alcanzado la categoría de bello, pero cuando los oigo, respiro y leo, aliados a tu mirada, alcanzan la categoría de sagrado.
Como lo fue ese instante en el que tus manos se abrieron como sol que despierta y ofrece sus rayos. Ahí supe que la luz no nacía del cielo sino de ellas.
Recuerdo que, al contemplarlas, surgieron historias en las que los sueños se atropellaban. Solo fue unos segundos, pero bastaron para sentir que en esos dedos descansaban todos los libros que hablaran del amor.
Y cuando  tus ojos me invitaron a acercarme a su irresistible trampa para quedar preso entre ellos, supe que aunque me liberara, aunque no los volviera a ver, quedarían, para siempre, grabados en mi alma.
Por eso, cuando escuché ese tango, que ponía voz al suspiro, cerré los ojos para encontrarme con los tuyos y dejé que la luna hiciera el resto.
Me bastó mirarla para encontrarme contigo  y vi, en ella, ese libro de blancas páginas que conformaban tus manos; y soñé que me invitabas a leer, en sus blancas líneas, los caminos que nos esperaban.
Y porque todo esto me sugería la hermosa luna, un espontáneo beso maquilló su rostro.
¿No es este ese beso que sentiste cuando, sola en casa, también la mirabas?
¿No me dijiste que, en una ocasión, sonó en tu pecho una balada de aires argentinos que nunca oíste y te arrancó una lágrima?
Fue la misma que dejó ese quejido flotando en el aire cuando mi corazón bailaba con la luna.
Si estando distantes hemos escuchado la misma canción, respirado el mismo suspiro y has leído este poema a la par que lo escribía, es porque, esa noche, ese ángel de níveo rostro que mira,  complacida y serena, desde el cielo, eras tú.

Y cada vez que recuerde este momento, un tango rasgará el alma de la noche, la tuya y la mía allá donde nos encontremos.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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